A los autoproclamados conocedores de la naturaleza femenina, la sabiduría se les revela entre sábanas. Las teorías que su pluma exhibe al mundo emanan como inalteradas confesiones de diario íntimo. Los expertos en los secretos de Venus se saborean la iniciación de las púberes, sucumben a la ingenuidad perversa de las veinteañeras, se entregan al placer pragmático de las de treinta y a la sensualidad maternal de las cuarentonas. Parece que las siguientes décadas no merecen oda alguna, a no ser, claro, una inspirada en causas nobles o en retratos tomados años atrás o en externar un “qué bien se conserva”.

La voz escrotal se complace cuando una dama le muestra alguna que otra protuberancia interesante; cuando tilda a las feministas de frígidas o lesbianas y cuando explica su descontrol con un: “así somos los hombres”. En el momento que la glándula juzga, se vuelve todopoderosa, pues perdona, incluso, ese turbio pasado de la “hembra mezquina” porque, a fin de cuentas, alguien saldrá beneficiado con la experiencia acumulada. O pregúntenle a Arjona.

Si, en efecto, todos los varones son así, no debieran sorprenderse cuando la grafía mujeril los describe idénticos, ya con más, ya con menos, ya sin años. Los parámetros-cama se antojan insuficientes para declarar que los veinteañeros son muy parecidos a los treintones o, más bien, a los cuarentones, aunque con mucho de ancianos y más aún de infantes. Tal vez a los hombres les sea indiferente -o, incluso, favorable- que siempre se les considere traviesos, fuertes y ojoalegres. Después de todo, ¿de qué sirve ser mujer si ahí está Liv Tyler?

No más diagnósticos hormonales.