Esta tarde, al andar, me ha procurado una emoción distinta, de signo positivo. El cielo de Los Ángeles, de ordinario tan azul, estaba gris perla; el tiempo, fresco y quieto. Y he caminado, desde Westwood, a lo largo de Wilshire Boulevard, hacia el este de la ciudad; naturalmente, sólo las primeras millas de un camino que me es ya familiar, pero que en rigor he visto hoy por primera vez. Porque siempre lo había recorrido en coche o en autobús, y hoy lo he andado, descubriendo en él una inesperada belleza. A los dos lados de la anchísima vía, pequeñas casas, blancas casi todas, a veces rosas, amarillentas, verdes, con maderas oscuras en ocasiones. Jardines delante de ellas, donde se mezclan el verde y el amarillo con las flores rosadas o violetas; y las aceras… Bueno, es un decir; las aceras son césped, casi una inacabable franja de pradera, y en medio de ella una angosta de cemento y asfalto; ¿para qué más? […]
He podido andar durante una hora, siguiendo las curvas elegantes de Wilshire, sus desniveles, sin encontrar otra persona a pie. ¿Para qué otras aceras, para quién? La finísima belleza de esta tarde no la veía nadie; miles de hombres y mujeres navegaban, río abajo, río arriba, hacia Westwood, hacia Santa Mónica, hacia la ciudad vieja —vieja de anteayer—, acaso hacia Hollywood o Beverly Hills; pero el contorno no era para ellos; dentro de sus coches, en apretadas filas, velocísimos, atentos a las luces del tráfico, que cambian silenciosamente, a sus señales mutuas, sólo recibían lo que yo conocía antes: el destello […]
Nadie, nadie en las aceras; para mí los dos lados; sólo de tarde en tarde un señor con un paquete, que ha dejado su coche, se dirige a su casa; o una dama sale de la suya y sube a un automóvil color cereza; y otra, con blusa y pantalones, recoge del césped el periódico de la tarde, que han arrojado, y vuelve a entrar; a lo sumo, ya cerca de la zona comercial, una vieja señora anda pausadamente; pero tampoco pasea: lleva en la mano una carta con un sobre aéreo y se encamina al buzón de la esquina.
Dicen los estrategas que las armas mecánicas no son suficientes, que sólo la infantería ocupa el terreno, sólo ella posee y domina. Y el ser de infantería, al andar despacio, mirando y remirando, me ha hecho esta tarde, entre las cinco y las seis, dueño de Los Ángeles.
Fuente: Julián Marías, Los Estados Unidos en escorzo. Emecé Editores, 3.ª edición, Buenos Aires, 1964.