Hace doscientos años, poco después de la Independencia, un puñado de idealistas ilustrados y facciosos redactó el primer borrador de un documento que desde entonces ha sido reescrito por completo en al menos dos ocasiones y sometido a incontables enmiendas y tachones: la interminable Constitución mexicana. En el choque entre adjetivo y sustantivo se esconde la paradoja del derecho en México: ¿cómo es posible que una ley fundamental, que por definición se asume definitiva y permanente, sea al mismo tiempo un texto inconcluso y por lo tanto provisional?
La frecuencia con la que hemos reformado nuestras constituciones se debe en parte a que nuestro sistema jurídico surgió de una tradición que, a diferencia de la common law anglosajona, no concibe a la norma suprema como un decálogo de preceptos generales que se adaptan con facilidad a nuevas circunstancias, sino como un entramado de disposiciones particulares que debe cambiar para seguirle el paso a la sociedad. Pero la mutabilidad de nuestra Constitución se debe, también, a la inestabilidad política que ha sido el signo de nuestra vida pública desde 1824, así como a nuestra testaruda insistencia en que basta cambiar la ley para transformar la realidad. Nuestra Constitución detallista es una fotografía instantánea de un momento en el pasado, por lo que sus redactores corren detrás de la sociedad y siempre llegan tarde; nuestra Constitución idealista es un retrato especulativo de un futuro imaginario, por lo que sus redactores rebasan a la sociedad y llegan demasiado pronto.
Es verdad que algo parecido podría decirse del orden jurídico de muchos otros países. Pero en semanas recientes los mexicanos hemos sido testigos de los peligros que surgen de tratar a la ley fundamental como un borrador permanente. Ahora que una facción autoritaria se ha valido de toda suerte de artimañas para modificar nuestro orden legal de manera radical y para fines funestos, hemos tomado el aniversario de la Constitución de 1824 como una ocasión para reunir una serie de ensayos, diversos en sus perspectivas pero animados por preocupaciones similares, que exploran el devenir histórico de nuestra ley fundamental para arrojar luz sobre la crisis que hoy enfrentamos. Entre sus autores hay historiadoras, abogados, sociólogos, juristas, activistas por los derechos de las mujeres y un ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Hacemos votos para que estos textos sirvan para dejar constancia de un momento trágico en la larga y accidentada historia de nuestra interminable Constitución.
Elegía por una Constitución difunta
Fernando Escalante Gonzalbo
Contrapesos fundacionales: 1824
Catherine Andrews
Esbozo de una antropología constitucional
José Ramón Cossío
Los militares, las mujeres y la Constitución
Estefanía Vela Barba
Los abogados: un talón de Aquiles
Juan Jesús Garza Onofre
La imposición legal de la tiranía
José Antonio Aguilar Rivera
En el umbral de la autocracia
Saúl López Noriega • Javier Martín Reyes
