Revista Mensual de Excélsior, núm. 74.

Para este No. 74 NeoPlural mejoró su diseño aunque ciertas tendencias al congestionamiento sigan siendo predominantes. Desde la portada, “a golpe y golpe el corazón marcado”, Nicolás Guillén evoca rítmico a Juan Marinello. Más adelante, los editores saludan con palabras algo vagas pero siempre ortodoxas “el sexagésimo aniversario de la revolución socialista de octubre”. El plato fuerte del número es un fragmento sabiamente cortado del capítulo IV de Oppiano Licario de José Lezama Lima. En seguida aparese el cubano Manuel Moreno Fraginals quien con el pretexto de ser contemporáneo de Lezama se lanza a analizarlo “como hecho histórico-social, como fenómeno cultural de trascendencia excepcional en la historio cubana”, si bien “su concepto de la cultura, que nunca se preocupó de elaborar, era eminentemente clásico”. Pero lo fundamental del comunicado sobre Lezama es la estratégica concepción de un Lezama compartimentado (“no hubo evasión de la realidad, sino compartimentación”): el poeta y el animador, el escritor secreto y el afable y simpático chismoso, el subversivo célibe y el patriarca generoso. Por su parte, en una larga entrevista Julio Cortázar logra sobreponerse a las preguntas de su interlocutor para tocar un problema central: “La peor culpa de un intelectual es contribuir a la confusión. Si su vocabulario se suma a lo que ya es confuso, el papel del intelectual se torna negativo (hecho bastante frecuente en nuestros países, donde a falta de un pensamiento profundo funciona una jerga exterior que pretende sustituirlo).”

Se trata justamente del género de confusiones desplegado por el uruguayo Alfredo Gravina en “Literatura nacional y universalidad”, donde la emprende contra Vargas Llosa, Fuentes y Donoso “atornillada en las singularidades” -palabras suyas- de una prosa peor que la de cualquier candidato a gobernador. La confusión viene de que Gravina aclara, con rigor digno de mejor mesianismo, su concepción de universalidad “Como si un lector francés o inglés de esos que se deslumbraron con las novelas del “boom” y pronto se aburrieron precipitando su caída, valiera por mil soviéticos. “Seguramente Gravina es un buen hombre pero no le recomendamos que continúe leyendo si de veras piensa que la Ilíada presenta “una carnicería de hombres y dioses olímpicos con nombres extravagantes”. Sucede que el sureño encuentra más familiar a Viracocha que a Zeus y que teme ser confundido con “quienes cultivan su vocación en las bomboneras del ego (sic) y no en los numerosos sitios del pueblo”.

NeoPlural ofrece en su parte central un ejercicio de Jaime Labastida sobre “Ciencia y economía política” en Marx. El profesor parafrasea a Galvano della Volpe a quien refuta con Alexandre Koyré. Vuelve más adelante sobre della Volpe vía Werner Heisenberg para terminar arremetiendo contra “Kant (y sus discípulos actuales, aun dentro del campo marxista)”. Leído el artículo quedamos convencidos de que el profesor Labastida sí teje fino aunque cambie de hilos (la ciencia de Galileo no es la de Marx y el abstracto/concreto de Feuerbach no es tan fácilmente traducible a lo teórico de Heisenberg).

Otros artículos en el mismo número: “El cine y la toma de poder” de Julio García Espinosa donde éste lanza su anatema contra la crítica cinematográfica y se pregunta lleno de ansia tercermundista por encontrar un nuevo lenguaje que podría impedirnos hacer un film que fuera el análisis de otro film”. Patricia Fuentes Alcocer presenta buena información y maneja algunas estadísticas reveladoras en “La salud pública en México”. Al referirse a “la armonía” entre autoridades pacientes y trabajadores reitera un modelo ya conocido “la armonía” no puede ser de ninguna manera `la armonía’ entre las clases sino `la armonía’ interna del proceso capitalista de producción que permita mantener el ritmo de explotación en el mejor nivel posible”. La sección de “Libros” es exactamente representativa de los criterios de un NeoPlural “que está en la Universidad los círculos de dirigencia oficial y privada y en general donde quiera que se padezca la funesta manía de pensar”. Dos casos al azar: Silvia Durán incursionó en la crítica literaria y deja ver sus criterios: “una de las características que le dan buena calidad (a los cuentos de Guillermo Samperio) es que lo individual no es más que manifestación de lo social y viceversa”. Eduardo Mejía salta contra Guillermo Cabrera Infante y sus Exorcismos de estilo argumentando que estas parodias son “pirotecnia” y “juego inútil”, que al autor cubano ya sólo le queda “la habilidad para resolver crucigramas” y que “en su ansia reaccionaria, se ha olvidado de la literatura” (las palabras subrayadas funcionan como incógnitas).