Alimentos enviados a santos

SANTA BRÍGIDA DE KILDARE HACE QUE UNA VACA DÉ TRES GRANDES CÁNTAROS LLENOS DE LECHE (430-523 d. C.).— Santa Brígida, cuando cierta vez la visitaron varios obispos, se encontró sin nada que ofrecerles para tomar. Mandó que ordeñaran a una vaca, ya ordeñada dos veces aquel día, pero que a la orden de santa Brígida proveyó leche con abundancia, tanta que llenó tres grandes cántaros. En Bélgica aún se hacen romerías a Hamey en honor de esta santa, para que proteja la fecundidad de las vacas.

SAN HERMELANDO OBTIENE MILAGROSAMENTE UNA LAMPREA QUE SIRVE DE ALIMENTO A TODA UNA COMUNIDAD (año 718).— San Hermelando estaba en Aindrette, cerca del Loira, cuando uno de sus monjes le dijo que había visto una lamprea en la mesa del obispo de Nantes. “¿Y creéis, hermano, que Dios no puede enviarnos aquí un pescado igual?”, respondió san Hermelando. Apenas dijo estas palabras saltó del Loira una lamprea, que se plantó junto al monje. San Hermelando la cortó en tres trozos, de los cuales mandó repartir dos entre la comunidad, y alcanzó para todos.

UN GRAJO SUSTENTA A SAN PABLO EL ANACORETA DURANTE SESENTA AÑOS (431 d. C.).— Contaba san Antonio 90 años de edad cuando fue a visitar a san Pablo, el anacoreta, que tenía 113 y vivía en la Baja Tebaida. Mientras conversaban se posó un grajo sobre la rama de un árbol y, dando un pequeño vuelo, puso a los pies del eremita un pan entero. “Ved, hermano”, exclamó san Pablo, “qué amoroso y atento es el Señor. Hace más de sesenta años que esta ave me trae a diario la mitad de un pan; sin embargo, hoy, que somos dos, dobló Dios la ración”.

DOS OSOS SUSTENTAN A SAN MARINO (731 d. C.).— San Marino era monje y vivía en el monasterio dedicado a la santa Virgen en Mariana, Italia. Dejó el convento, se retiró a una cueva en la cima de un peñasco y la santificó con un ayuno de tres días. Hubiera continuado su ayuno, pero Dios le envió dos osos, cada uno con un panal lleno de miel, que pusieron a sus pies. Después se inclinaron para lamerlos, como si lo invitasen a probar de lo que le habían traído; el santo se prestó a eso y dijo a los osos que volvieran. Estos animales, de ahí en adelante, fueron todos los días a llevarle al santo dos pequeños panales; y durante cuatro años estas fieras, vueltas mansas, dieron al eremita pruebas constantes de acatamiento.

Fuente: José María Eça de Queiroz, Diccionario de milagros. Traducción y prólogo de Juan Lázaro. Editorial Rey Lear, Madrid, 2011.