Me fui a la cama, me dormí enseguida y me sumí en sueños de locura. Soñé que era unas cuantas horas antes, que llegaba a Trento, que me dominaba la misma expresión de extrañeza, y tanto más porque veía paseando por las calles flores en lugar de personas.
Pasaban refulgentes claveles, abanicándose con voluptuosidad; coquetas balsaminas, jacintos con preciosas cabecitas vacuas, y detrás una turbamulta de narcisos bigotudos y de desmañadas espuelas de caballero. En una esquina dos margaritas disputaban. Por la ventana de una casa vieja, de aspecto enfermizo, miraba un alhelí, adornado graciosamente con mil colores, y detrás oíase una voz olorosa de violeta. En el balcón del gran palacio situado en la plaza hallábase reunida toda la nobleza, esos lirios que ni trabajan ni tejen y, sin embargo, ostentan el lujo del rey Salomón en toda su magnificencia. También me pareció ver allí a la frutera gorda; pero al mirar atentamente vi que era un ranúnculo, que empezó a gritarme: “¿Qué quiere ese capullo sin madurar, ese pepino amargo, esa flor ordinaria y grosera? Aguarda, que voy a regarla”. De miedo salí corriendo hacia la catedral, y casi atropello a un viejo pensamiento cojitranco, al que seguía una vellorita con su devocionario. Pero en la iglesia me sentí muy bien; en la fila estaban sentados muchos tulipanes de varios colores, moviendo devotamente la cabeza. En el confesionario estaba sentado un rábano negro, ante el cual se arrodillaba una flor cuya cara era imposible ver. Pero desprendía un olor tan conocido y penetrante que pensé en el alhelí de la habitación donde reposaba la difunta María.
Cuando salí de la catedral me encontré con un entierro en el que iban muchas rosas con velos negros y pañuelos blancos. Ay. En la caja iba una rosa temprana que conocí en el pecho de la pequeña arpista. Tenía un aspecto mucho más amable, pero estaba pálida como la cera: era el cadáver blanco de una rosa. En una capilla fue depositado el ataúd; allí fueron llantos y gemidos, hasta que al fin salió una vieja rosa parlera y empezó una larga prédica fúnebre, hablando de las virtudes de la difunta, de un valle de lágrimas terrenal, de una existencia mejor, de fe, esperanza y caridad; todo eso con una voz gangosa, en un estilo acuoso y diluido, tan largo y aburrido que me desperté.
Fuente: Enrique Heine (1797-1856), “Italia 1828”, en Alemania / Cuadros de viaje. Traducción de M. García Morente y J. Pérez Bances. Porrúa, México, 1991.
