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Jean Meyer. Historiador.  Su último libro es Hidalgo (Editorial Clío). 

Cuando cayó el muro de Berlín, François Fejtö se preguntó qué haría Metternich, de vivir en ese tiempo. ¿Cómo redibujaría el mapa de Europa el artesano del mapa de 1815? Entre otras cosas, “a los pueblos de Yugoslavia, en peligro de libanización, aconsejaría detenerse antes de cometer lo irreparable: ni el más enérgico, el más sabio de los hombres políticos puede impedir la autodestrucción de Estados multinacionales sin más legitimidad que la fuerza bruta”. Milosevich y Tudzhman, los presidentes excomunistas de Serbia y Croacia, no captaron el mensaje y lanzaron a todos los pueblos de la exYugoslavia al desastre. 

La crisis del Estado yugoslavo estaba inscrita en su estructura misma: compuesta de seis repúblicas y de dos provincias autónomas hasta 1989, Yugoslavia contaba con seis naciones oficiales, 18 minorías nacionales, cinco idiomas oficiales, tres religiones y dos alfabetos, el latino y el cirílico. 

Creada después de la Primera Guerra mundial sobre los escombros de los imperios difuntos, Yugoslavia albergaba pueblos que habían vivido una historia diferente: Eslovenia y Croacia en el imperio austro-húngaro, Serbia, Montenegro y Macedonia en el imperio otomano, y, entre los dos, Bosnia-Herzegovina, tomada a los turcos por Viena, a fines del siglo XIX. Desde la muerte de Tito, inventor del sistema federalista, único denominador común de ese mosaico de pueblos, la crisis era latente. La precipitó la perestroika soviética, la caída del muro de Berlín, en 1989, la desaparición de la URSS en 1991. En 1991, precisamente, es cuando empieza la guerra, a iniciativa de la República serbia, la más poderosa de todas las repúblicas, dueña del ejército mal llamado yugoslavo y, últimamente, de unas instituciones federales vaciadas de toda realidad. 

La guerra empieza en 1991, en Eslovenia. Desde 1987, esa pequeña república colindando con Hungría, Austria e Italia se había lanzado a la perestroika: pluralismo político, economía de mercado, Estado de derecho. La vecina Croacia, con más lentitud, tomó el mismo camino, mientras que Serbia se oponía a todas las reformas. El número 2 serbio, el comunista Slobodan Milosevich, trepándose en el nacionalismo serbio en pleno auge, eliminó a su presidente, con el uso demagógico de la “cuestión de Kosovo”, minando la Yugoslavia que pretendía conservar. 

En 1989 las dos provincias de la Voivodina (al norte, sobre la frontera húngara, con una importante minoría magyar) y de Kosovo (al sur, sobre la frontera albanesa, con una población albanesa en 90%) perdieron su autonomía y fueron incorporadas al Estado serbio en 1990. Los albaneses de Kosovo empezaron a sufrir una terrible represión que dura hasta la fecha. Respondieron con la elección (no reconocida) de su líder Ibrahim Bugova y el boicot total de las instituciones políticas, administrativas y escolares serbias. Ese golpe de Estado dado por Milosevich destruyó el Estado federal yugoslavo. 

El proceso de desintegracion politica

Empezó tan pronto como el presidente serbio Milosevich rompió el equilibrio al acabar con las autonomías. En la provincia de Kosovo instauró un gobierno dictatorial y militar que oprimió a la mayoría albanesa, con el pretexto de defender a la minoría serbia.

Cuando Serbia, la más importante república de la Federación, se anexó Voivodina y Kosovo, se apropió de sus votos dentro de la presidencia colectiva que dirigía el Estado desde la muerte de Tito. Serbia disponía así, con el voto de su aliado Montenegro, de cuatro votos sobre ocho. Su política de destrucción de la autonomía de la mayoría albanesa en Kosovo despertó el miedo y el coraje en Eslovenia y Croacia, así como la angustia en Bosnia-Herzegovina y Macedonia. Apareció claramente el programa nacionalista y agresivo de la Gran Serbia. Su nacionalismo militante despertó los otros nacionalismos. Eslovenia fue la primera en salirse de la federación, con un costo mínimo: unos balazos, 80 muertos. Serbia quedó con cuatro votos de siete, dueña del Estado y con el apoyo total de un ejército dizque federal, que de hecho era serbio. El ejército atacó Eslovenia (unos días), luego Croacia (unos meses de verdadera guerra en 1991-1992), luego Bosnia-Herzegovina (1992-1995). En cada una de las etapas, el horror fue en aumento. Ese ejército enorme, costoso, necesitaba de un Estado a quien pertenecer; por eso le convenía el proyecto de la Gran Serbia. 

La guerra

Los eslovenos fueron los primeros en abandonar la federación; cuando los croatas pretendieron hacer lo mismo, el conflicto degeneró en grande. La guerra, nacida de la voluntad de Milosevich de crear la Gran Serbia, se extendió a Bosnia-Herzegovina, territorio poblado de Musulmanes (con M mayúscula, o sea una nación, que no se debe confundir con los musulmanes, m minúscula, creyentes islámicos), serbios y croatas inextricablemente mezclados desde hace siglos. A partir de 1991 cada verano ha visto grandes ofensivas militares; la cuarta ofensiva serbia, la de julio de 1995, después de lograr la conquista de Serebrenitsa y de Zhape, en Bosnia, desencadenó una ofensiva croata, victoriosa, si bien limitada a los territorios croatas perdidos en 1991-1992. 

La impotencia de la comunidad internacional, Naciones Unidas, Europa, OTAN ha tenido efectos devastadores. Quizá, si en el verano de 1991, al principio de la guerra, el ejército serbio hubiese sufrido golpes serios, Milosevich hubiera renunciado a su gran plan. En su voluntad de realizar la Gran Serbia, de hacer vivir en un Estado común, en la continuidad territorial, a todos los serbios de la exYugoslavia, actuó muy bien y ganó victoria tras victoria. 

Su programa era “rectificar” las fronteras, extendiendo al máximo el territorio de la Gran Serbia según dos axiomas: “donde hay una tumba serbia está Serbia” (argumento histórico para  Kosovo); “donde hay un serbio, está Serbia”, argumento demográfico frente a Croacia, Voivodina, Bosnia-Herzegovina. Esa teoría no admite que las minorías serbias, aunque se encuentren fuera de Serbia, sean sometidas a otro Estado que no sea Serbia. Como en Eslovenia no había serbios, Milosevich la dejó independizarse. Donde había serbios, el ejército serbio (el ex-ejército yugoslavo) y las milicias serbias se lanzaron (1991-1992) a la conquista de grandes territorios en las repúblicas vecinas, antes de pasar a la etapa final: dividir Bosnia entre Serbia y Croacia como lo habían ofrecido al croata Tudzhman desde un principio. Milosevich hubiera podido caer a la hora de la des-sovietización general; con su escalada nacionalista a partir de 1987 se mantuvo en el poder, despertando los viejos demonios del odio, soltando los recuerdos históricos, reabriendo las heridas mal curadas. Para las nuevas generaciones ese pleito horrible entre chetnik serbios y ustashi croatas (1941-1945) no existía ya. Entre 1950 y 1990 se habían formado 1,000,000 de matrimonios serbo-croatas. 

De repente el país cayó en una guerra bárbara, desatada por unos políticos y unos militares deseosos de conquistar territorios y de cambiar el mapa demográfico, bajo el falso pretexto de proteger minorías serbias, supuestamente amenazadas de genocidio. El ejército exfederal había preparado una guerra-relámpago contra Croacia para poner al mundo frente a un hecho consumado. La resistencia desesperada y desigual de los croatas fue una sorpresa que cambió el curso de los acontecimientos y llevó después al ejército a atacar Bosnia-Herzegovina, el mejor ejemplo de coexistencia, de convivencia armoniosa entre todos los grupos étnicos y todas las regiones. 

Ciudades y pueblos bombardeados, cañoneados, civiles asesinados en masa, sin consideración de sexo ni de edad, mujeres violadas, destrucción sistemática de la riqueza agrícola, industrial y urbana, aniquilamiento del patrimonio arquitectónico: el horror no tuvo límites. Los dirigentes serbios practicaron desde el primer día la “limpieza étnica”, es decir sacar de los territorios conquistados a todos los que no eran serbios. Los croatas siguieron su ejemplo y lograron una Croacia ahora “étnicamente pura”. Esa empresa iba acompañada de todos los horrores que sufre una población civil tomada como rehén por bandas armadas. 

Eso que llaman “purificación étnica” era una empresa tanto más monstruosa que las poblaciones “mezcladas” vivían en forma pacífica, que los hijos de las numerosas parejas “mixtas” bosnio-serbo-croatas no tenían referencia étnica y que en Bosnia la “mezcla” era inextricable: en esa república no existía la bipolaridad serbo-croata, sino una convivencia pacífica de muchas naciones y religiones. Recordarán esas imágenes conmovedoras de cientos de miles de habitantes de Sarajevo desfilando, enfrentando la amenaza de los francotiradores asesinos, para proclamar su deseo de vivir en paz, como hermanos. Y las oraciones en las mezquitas, sinagogas, iglesias católicas y ortodoxas… En Sarajevo hubo serbios para luchar, codo a codo con bosnios y croatas, contra el ejército serbio. 

Ganadores y perdedores

Milosevich acabó primero con la oposición democrática en Serbia y se ganó el apoyo del ejército; entendió que tanto Europa como los Estados Unidos hacían suyas las palabras de Bismarck en el siglo pasado: “Bosnia-Herzegovina no vale los huesos de un solo granadero de Pomerania”; usando su superioridad militar se apoderó de la cuarta parte de Croacia y del 70% de Bosnia, creando minirrepúblicas serbias y preparando su unión final con Serbia; al mismo tiempo controlaba Kosovo y amenazaba a Macedonia, pero, hábilmente, se reservaba la posibilidad de renunciar a alguna conquista a cambio del reconocimiento de la Gran Serbia.

En julio de 1995 los serbios de Bosnia decidieron acabar con los últimos enclaves musulmanes y después de la toma de Serebrenitsa y Zhape, su general Mladich declaró: “en el otoño tomaremos Gorazhde, luego Bijach, luego Sarajevo y terminaremos la guerra en Bosnia”. No contaba con la ofensiva del ejército croata. Quizá Milosevich contaba con ella para deshacerse del líder civil de los serbios de Bosnia, el tristemente famoso Karadzhich, psiquiatra y poeta, apóstol de la “limpieza étnica” total, único rival potencial de Milosevich.

En 1995, los serbios perdieron por primera vez la iniciativa estratégica; el ejército bosnio, apoyado discretamente por los Estados Unidos y por el dinero árabe-iraní, era ya una verdadera fuerza, por lo menos en cuanto a infantería; la alianza renovada con los croatas podría, eventualmente, proporcionar los tanques, la artillería, los aviones existentes. Para poner fin a la cotidiana erosión de sus posiciones por los tenaces infantes bosnios, el general serbio Mladich tomó el 11 de julio la “zona de seguridad de la ONU” en Serebrenitsa: desapareció a 6000 hombres, lo que le valió ser calificado de criminal de guerra por La Haya. Luego marchó sobre Zhape, otra zona de seguridad. Europa, la ONU, los EU no hicieron nada. Cuando los serbios atacaron la “zona de seguridad” de Bijach, los croatas, seguramente con el acuerdo por lo menos tácito de Alemania y de los Estados Unidos, lanzaron una gran ofensiva. A principios de agosto barrieron a los serbios de Krajina, con los cuales tenían una cuenta pendiente desde 1990-1991. Limpiaron la humillación inicial sufrida en la ciudad de Knin. Por su lado, los bosnios recuperaban parte de su territorio. Les tocó ahora a los serbios sufrir el horror de la “limpieza étnica”. 

El 28 de agosto una bala de cañón cayó sobre un mercado en Sarajevo, matando a muchos civiles. Fue la oportunidad que esperaban los Estados Unidos, vía la OTAN, para, por primera vez, golpear en serio a los serbios. Faltaba un tratado de paz. Croacia estaba dispuesta a firmarlo: había conseguido su meta, recuperado su territorio, ya sin serbios; Milosevich, en nombre de Serbia, estaba deseoso de poner fin a la guerra, ya que había conseguido sus objetivos; en 1993 no había logrado una paz muy ventajosa por la terca negativa de los serbios de Bosnia, que habían dejado de ser sus dóciles instrumentos; ahora habían sido derrotados y Milosevich no los había ayudado; el único que no quería la paz en ese instante era Izetbegovich, el presidente bosnio, deseoso de recuperar el terreno perdido.

Los Estados Unidos se los llevaron a todos a una base militar en Dayton, Illinois, y, tras un encierro de tres semanas, impusieron la paz.

Un año después, en noviembre de 1996, se puede decir que esa paz ratificó las conquistas serbias, la victoria de dos presidentes despóticos, Milosevich y Tudzhman, el triunfo del peor nacionalismo, la desaparición de Bosnia. Hay tres Bosnia, la de los serbios, la de los croatas y la de los bosnios Musulmanes o musulmanes. ¿Cuál es el destino de estos últimos? ¿El de ser los palestinos de Europa? 

Saldo

Termina una época, termina un mundo, el de la coexistencia más o menos pacífica de serbios, croatas y bosnios. Esa Bosnia-Herzegovina plural era una afrenta y un reto insoportable para el serbio Milosevich y para el croata Tudzhman, partidarios de la supremacía étnica, dispuestos un tiempo, y quizá de nuevo, a repartirse Bosnia. De la misma manera, en muchas partes del mundo, en Líbano por ejemplo, en el Cáucaso también, así como en Africa, asistimos a los desastres producidos por una concepción simplificadora del Estado nacional. 

El concepto explosivo del Estado-Nación, engendrado por la Revolución Francesa, culmina bajo nuestros ojos azorados en una triple exigencia de unanimidad: raza, lengua, religión-cultura. Y todos los que no son supuestamente de la misma “sangre”, que no hablan el idioma único, que no practican la religión única verdadera, ¡para fuera o al paredón! ¡La maleta o el ataúd! 

El mundo vive la hora de los realistas fatalistas y de los criminales de guerra. Entre 1990 y 1992 las organizaciones internacionales definieron una hermosa Carta de los derechos de las minorías nacionales, étnicas, lingüísticas y religiosas, justo cuando empezaba esa guerra. Pero la suerte de las minorías depende exclusivamente de la buena voluntad de los Estados y de su grado de democracia. En medio siglo, el tribunal internacional de La Haya no ha tratado una sola vez un problema de minorías. Por lo tanto nos limitamos y nos limitaremos a lamentar las tragedias y a discutir para saber, según el número de las víctimas (¿50,000 ó 200,000 en Bosnia?), si se trata de un genocidio (con g minúscula) o de un Genocidio (con G mayúscula), como en Ruanda ayer y en Camboya anteayer. 

El saldo internacional de la guerra de Yugoslavia no es más brillante; para los que cuentan con Europa para que juegue un papel político mayor en el mundo, la decepción ha sido enorme. Se entiende que los países europeos hayan estado divididos, al principio, sobre la línea a seguir; pero a fin de cuentas Europa no tomó ninguna iniciativa y cada uno de sus países, después de experimentar el fracaso de la Comunidad y de la ONU, descansó sobre los Estados Unidos. Aquellos, muy reacios a cualquier intervención en ese avispero, tuvieron finalmente que hacerlo. La acción europea era apropiada y necesaria en esa región, en el corazón de Europa. La pasividad, el temor a tomar cualquier iniciativa, el miedo a una intervención colectiva sin la participación de los Estados Unidos, todo eso paralizó a los europeos. El resultado fue, cuatro años después de la caída positiva del muro de Berlín, la destrucción del puente de Mostar, símbolo de la tragedia.

La ausencia de las superpotencias (la URSS se derrumba en agosto de 1991, la URSS con la cual Milosevich contaba para triunfar, se derrumba 40 días después del inicio de la guerra, quizás un derrumbe anterior le hubiera quitado valor a Milosevich); la impotencia de los europeos y de la ONU permitieron a Serbia perseverar en su agresión, con toda impunidad. Años después, el embajador norteamericano Zimmerman se arrepiente de no haber aconsejado una intervención militar, en 1991, cuando los serbios bombardeaban Dubrovnik. Las gesticulaciones diplomáticas, los cascos azules, las sanciones económicas (todo esto, para evitar el uso de la fuerza) no frenaron para nada la ofensiva serbia de 1991 a 1995. La ayuda humanitaria a la ciudad de Sarajevo, sitiada durante 40 meses, las famosas zonas bajo protección de la ONU, como Serebrenitsa, ofrecida a la masacre de julio de 1995, no fueron más que un intento de disimular la impotencia, los errores, la falta de valor. Eso no se llama política ni estrategia. 

Una pregunta final: ¿por qué, casi al mismo tiempo, el agresor irakí Sadam Hussein, al invadir Kuwait, provocó la formación de una gran coalición bajo la batuta de los Estados Unidos, el envío de un poderoso cuerpo expedicionario y la exitosa operación “Tormenta en el Desierto”? ¿Por qué la invasión de Croacia, la destrucción de la ciudad de Vukovar (10,000 muertos), la agresión contra Bosnia, no provocó semejante reacción?

En 1991 Serbia inició una guerra contra las otras repúblicas de la federación en la ex Yugoslavia. Este artículo repasa los hechos que han ocurrido desde entonces: la desaparición de la convivencia pacífica entre serbios, croatas y bosnios, el empuje genocida de los Estados-Nación y el triunfo del concepto de pureza étnica. ¿Por qué ha tenido que pasar todo esto?