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Jacques Lafaye. Historiador. Es autor del estudio clásico sobre la formación de la conciencia nacional  Quetzalcóatl y Guadalupe (FCE).

La multiplicacion de los mexicanos

Estar en el guayabo supera sin disputa todos los placeres de la vida, sin exceptuar tomar tequila con limoncillo y montar a caballo en silla inglesa, que no es decir poco. Esta verdad primaria no trae como consecuencia necesaria la llamada “explosión demográfica” que ha hecho pasar a la población mexicana de menos de cincuenta millones en el censo de 1970 a una previsión de cien millones en el ya cercano año 2000. Fuerza es llegar a formular varias preguntas, entre tarugas e indecentes si bien en el fondo científicas. 

La primera es si existe alguna correlación entre la frecuencia de las relaciones sexuales (heterosexuales por supuesto, que hasta que los progresos de la manipulación genética lo permitan, no procrean los jotos) y la tasa de fecundidad; los científicos del mundo entero están de acuerdo sobre este particular. Dicho de otra forma, una sola copulación en momento oportuno es suficiente para engendrar un nuevo mexicano (o mexicana) cada año en una misma mujer mexicana, importando poco quién sea el padre. No se rían. Más bien lloren si llegan a calar en la profundidad abismal de esta observación para el futuro de la Nación. 

La segunda interrogante es si el mexicano que, como todo el mundo sabe, es muy macho, es también más viril que el resto de la humanidad. Esta no es pregunta ociosa, sino a la vez científica y psicosocial. Sin regresar a los clichés de Samuel Ramos, podemos adelantar que el ser macho es sentirse inseguro. Dominar a la mujer es sentirse más seguro de sí, la manera más a la mano es hacer prevalecer la superioridad física que, por lo general, tiene el hombre respecto de la mujer. Tata Dios le ha dotado al varón del carajo, con el que por la persuasión o la fuerza, puede colarse en la papaya cálida y babosa de la hembra del hombre. Así es como se quedan clavados uno con el otro en un acto (“el Acto” por antonomasia según la lengua alemana), un acto dos veces vital. Vital por obedecer a un instinto vital y también porque engendra vida. Ergo (ya termino con el silogismo), el mexicano, por macho, (o sea, débil) engendra vidas por su seguridad personal y al hacer esto acrecienta la inseguridad social; vamos a ver cómo y por qué. 

Pero antes de pasar a ello es imprescindible hacer un apartado sobre la fecundidad. Obviamente el esperma del mexicano es denso y su capacidad fecundante es superior a la de europeos y (¡qué gran tema de orgullo!) también gringos. La mujer mexicana tiene nubilidad precoz, por la magia del trópico y la herencia hispánica (a no ser que por la gotita de sangre negra, de la que habló Bonfil) y suele tener su primer embarazo muy joven, debido a condiciones socioculturales específicas. Dado que la edad de la menopausia tiende a ser más tardía en la vida de la mujer mexicana como en las de otras naciones, podemos apuntar, como hipótesis teórica, que una mujer mexicana está capacitada para dar a luz en el curso de su vida fecunda más de treinta hijos o hijas, en los casos más favorables genéticamente, y más bien trágicos en lo personal. 

A pesar de lo fácil que sería fustigar las funestas consecuencias del machismo tradicional de este país hemos de elevarnos primero a las cumbres de la problemática demográfica en general. Primero se impone la necesidad, por simple justicia, de rescatar al desafortunado señor Malthus (tan mal interpretado) cuya buena intención fue mejorar la condición de los miserables obreros industriales del siglo pasado, esto mediante la limitación de los nacimientos. Este émulo malogrado de Marx (persiguió los mismos fines por vía distinta) se ha quedado con el mote despectivo de “malthusiano”, o sea algo tan criminal en la demografía como lo “maquiavélico” en la política. Se trata de una gran injusticia en ambos casos, fruto de la ceguera y la mala fe. 

La gran novedad en la historia de la biología humana es que la tecnología de la goma industrial y la bioquímica ya ponen a disposición de la mayor parte de la humanidad en edad de procrear, medios mecánicos y químicos de evitar el embarazo, sin hablar del asunto tabú de la interrupción de embarazo. Este objeto de angustia de la mujer por siglos, ya se ha quitado o mejor dicho se podría quitar. Ya no es problema científico técnico, sino educativo y psicosocial; en el caso mexicano su enfoque refleja la gran disyuntiva ideológica y religiosa que opone a parte de la población con otra desde que ha nacido políticamente el México independiente. 

Le pido disculpas al distinguido lector por tener que hacer más rodeos antes de pasar a lo que a él le interesa en forma exclusiva, México. A ello voy yo, pero por muy único e inconfundible que sea México no escapa de ser parte de la humanidad, una humanidad cada día más solidaria, si no es por gusto, por necesidad. No se puede entender la cuestión demográfica mexicana más que en comparación y correlación con la de otros pueblos. Ocurre ahora que los pueblos de Europa occidental que durante varios siglos tuvieron un excedente demográfico, ya tienen un déficit demográfico; no equilibran las defunciones con otros tantos nacimientos y por consiguiente tienen una pirámide de edades más ancha en la cumbre que en la base, al contrario de México hay más ancianos que niños y adolescentes en Europa. Sólo la inmigración compensa en Francia y Alemania el déficit del crecimiento natural. No es cierto que esta situación en dos de las naciones más ricas e industrializadas del mundo sea lo ideal, si bien México peligra por la situación contraria. A México se parece más la China en este aspecto. Mao Tsé Tung se había aferrado a la idea de que la riqueza principal de una nación es una población abundante; tiene gracia constatar una vez más que los regímenes más revolucionarios en su fraseología han sido los más apegados a ideas obsoletas. Muerto ya Mao, los dirigentes chinos tuvieron conciencia del error del Gran Timonel y cambiaron brutal y autoritariamente la política demográfica. Se prohibió a los jóvenes tener relaciones sexuales antes de casarse; se les exigió esperar hasta ya muy adultos para casarse; se limitó el número de niños por pareja a uno solo. El resultado de estas medidas fue aterrador; aumento de la prostitución clandestina; existencia de una población infantil no declarada al estado civil; exterminación masiva de niñas recién nacidas (porque los padres chinos, que en ello se portan como meros mexicanos, si tienen derecho a un único hijo prefieren que sea un varón); desequilibrio del sex ratio en las nuevas generaciones de tal forma que (¿dentro de veinte años?) va a ser forzoso animar a los padres a tener sólo hijas, a las mujeres a tener varios maridos para que no queden tantos hombres solteros …sólo el Dragón sabe qué otra revolución cultural, o moral y sexual, van a tener que inventar los nietos de Mao. 

¿Qué han hecho los gobiernos mexicanos frente a una tasa de fecundidad récord y el consiguiente crecimiento demográfico alarmante ya desde los años cincuenta? Pues sencillamente nada; así evitaron caer en los graves inconvenientes que están afectando a la China neocomunista. Pero éste no fue el propósito, nomás se taparon los ojos, hasta que un día del 74 …amaneció el presidente Echeverría, fundador de la Universidad del Tercer Mundo, con la iluminación de que un crecimiento demográfico tan excedente y excesivo es un rasgo típicamente tercermundista. Ergo, México, país en proceso de modernización acelerada, democracia social en el camino de perfección, no podía seguir con el lastre de la demografía loca. Se decidió tomar medidas que, sin tener los efectos perversos de las chinas, fueran capaces de frenar la natalidad. La primera fue una prudente campaña de prensa a favor de lo que se calificó púdicamente como “la paternidad responsable”; por muy púdica, la campaña no dejaba de reflejar en un espejo convexo (igual que las Leyes de Indias con sus prohibiciones) la realidad social, o sea la multitud de los padres irresponsables. Hubiera venido de perla el slogan comercial (que inventarían mucho más tarde): “Que padre es mi mamá”. De hecho muchas familias mexicanas de entonces (¿y de ahora?) integraban a una mujer soltera (que se las daba de “viuda” en los censos de población, por decencia) con una parvada de niños, cuyos respectivos papás habían salido de viaje definitivo (muchos de estos por seguir sembrando hijos en su camino, otros por morirse apuñalados en una cantina un sábado por la noche). “Yo no tengo viejo” decían las desgraciadas, y es cierto que entre accidentes de trabajo y tráfico (muchos debidos a imprudencia y descuido), riñas y balaceras, los jóvenes no siempre llegaban a ser viejos. A las parejas más estables y responsables (que también hay mexicanos buenos) se les propuso el slogan: “La familia pequeña vive mejor”. Con estas campañas y otros incentivos económicos se ha logrado frenar un tanto la expansión demográfica, pero es que ésta no puede frenar como un buen coche, sólo frena como un barco cuya inercia cinética es invencible. 

Hoy día, casi un cuarto de siglo más tarde, el mexicano común y corriente come más, bebe menos, no tiene el gatillo tan fácil, vive más años. Pero ¿es más responsable? Ello no es obvio. Muchos nacimientos son fruto de encuentros (¿se pueden llamar “amoríos”?) furtivos entre adolescentes o mujeres jóvenes oriundas de pueblos, las cuales, separadas de sus familias, viven como asistentas en familias de clase alta o media alta (del DF, notablemente) y hombres no necesariamente tan jóvenes y faltos de experimento, como pueden ser vendedores ambulantes. Con la ocasión y el pretexto de vender alguna prenda o joya de baratija a crédito vienen a cobrar su cuota, y si no la llega a pagar la clienta cobran sobre la bestia, aprovechando que en los fines de semana “los Señores están en Aca”. Con frecuencia se aprovechan para pepenarse algo de platería (que a eso llaman matar dos pájaros de un tiro), que los Señores, si tienen un poco de paciencia, van a poder comprarse por segunda vez (pero baratito) en La Lagunilla. Volviendo a la “novia” que nos ocupa, le ha pasado lo irreparable, no bien se da cuenta se asusta y avisa al “novio”, que por supuesto le había jurado que se iba a casar con ella en cuanto fuera posible. Apenas se entera éste cuando se esfuma, sin tardar pasa a otra con idéntico resultado, le “hace el favor” y se zafa. Ahora, ¿qué pasa con la futura “mamá mal de su grado”? Esta va a hablar con la señora que, por católica, la va a regañar por su conducta pecaminosa, prohibiéndole el aborto por ser pecado aún más grave. O bien, si la señora es adepta de la moral social pragmática spenceriana (sin saber siquiera quién fue este señor), no va a aceptar la idea de una asistenta minusválida en varios meses, ni menos la perspectiva de un niño chillón que después va a hacer pendejadas en los venideros años, total que va a despedir a la culpable sin previo aviso y bajo pretexto de castigo moral. La tercera hipótesis (nada inverosímil) sería un compromiso humano en el que la asistenta se quedará en casa de los Señores, con la promesa formal de portarse formalmente en adelante; el fruto del pecado se mandará al pueblo donde lo van a criar los abuelitos, con otros de otras hijas suyas, también exportadas a la ciudad. Así va a pasar y al año siguiente va a surgir otro macho seductor… ¿Cuál es la ética, o cuando menos la psicología, del macho? O bien son conscientes de que no tienen la capacidad económica de mantener una familia, lo cual sería mero realismo, o bien es algo más profundo, la convicción de que el “tener muchos huevos” se demuestra con tener muchos hijos (y que se las arreglen las “viejas” con su progenie, que ya van acostumbradas). El auténtico macho mexicano (que macho y mexicano da lo mismo) nunca “se raja” frente al reto de su semejante, pero sí “se zafa” de cara a su paternidad.

Afortunadamente la población entera de este país superpoblado no está constituida exclusivamente de pelados, machos cínicos y jóvenes pobres y abandonadas. Que aun en tales casos siempre hay salidas; se llegan a vender bebés recién nacidos a parejas afortunadas con la lana pero desafortunadas con la fecundidad. Algunos más listos que otros hasta se ahorran el esfuerzo de procrear, robando en la maternidad niños ajenos para venderlos al mejor precio; se sabe que tales prácticas son vigentes en otras naciones de América del Sur y en mayor escala; en México cuando menos los persiguen y los castigan si los alcanzan. No se avergüencen de ser mexicanos, que también hay papás responsables, que tienen coches grandes y “casas chicas” como para abrigar y transportar hijos legítimos e ilegítimos. Estos también, aunque al estilo responsable, contribuyen a la superpoblación de la nación. Muchos, es cierto, se contentan con una sola pareja, pero por amor o desamor (a no ser que por distraidos) dejan que la casa se llene de niños. Esta actitud puede obedecer a los preceptos del Sumo Pontífice (quien se ha hecho famoso con este capítulo de la moral católica), que es aceptar (pasiva o generosamente, como quieran) a todos los hijos que Dios mande. Muchos curas prohíben a sus parroquianas no sólo el uso de píldoras anticonceptivas, sino hasta de protecciones digamos que mecánicas. Por otra parte hay una creencia popular según la cual tener muchos hijos es señal de buena salud en la mujer, y a la inversa. La mujer que ya no comparte esta visión, se queda medrosa, en muchos casos, frente al marido, la familia política y el confesor. Otra ética de tradición ranchera y machista, ésta (por consiguiente genuinamente mexicana) está resumida lapidariamente por este dicho: “La mujer y la carabina, cargada y en un rincón”. Aunque pueda parecer obsoleta esta ética que algunos van a considerar cínica y contraria a los derechos de la mujer, no es cierto que esté ausente de la mente incluso de una parte de la sociedad que se considera a sí misma educada. Lo que está a la vista es que en la sociedad los abuelitos festejan sus cincuenta años de casados rodeados de docenas de nietos y nietas, que salen todos orgullosos en la photo souvenir. (Dios me truene si no se desliza algo de envidia en lo que estoy canturreando). Según lo ha llegado a comentar uno de aquellos abuelos felices y longevos, médico por añadidura: “No habrá nunca bastante gente decente en este país”. De eso en realidad se trata, de que México no sea una nación de meros “nacos”, de que nunca más se le pueda ocurrir a un escritor extranjero lo que a Marcel Proust, quien para calificar a gente maleducada acudió espontáneamente a esta comparación: “Parecían mexicanos”. Los mexicanos de hoy ya no son impresentables, son innumerables, y lo son gracias a la Santa Virgen, su protectora, así como a millones de mexicanas que, con toda seguridad, ya no son tan vírgenes, pero con alta probabilidad sí han de ser santas por la existencia que tienen que aguantar. 

Guadalupe, Sor Juana  y otras señoras

Aquellas figuras femeninas que presiden el destino de la nación, digan lo que digan, por muy santas que sean suelen ser de dos caras. Es que para ellas, como en la tradición búdica (que diría Octavio Paz), se debe distinguir el grande y el pequeño vehículo. El gran vehículo de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac lo inventó el presbítero Miguel Sánchez al identificar la imagen con la mujer del Apocalipsis en la visión del apóstol San Juan. Y no me digan que no viene al caso puntualizar que eso pasó en 1648, o sea más de cien años después de las prodigiosas apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego (otro Juan para otra aparición mariana). Encaramada en la tradición más canónica de la Sagrada Escritura, reforzada en la Nueva España por el libro famoso del venerable Gregorio López sobre el Apocalipsis, la Virgen de Guadalupe bogaba ya en la conciencia de los devotos a unas alturas vertiginosas. 

Y no obstante, el pequeño vehículo de Guadalupe, la Madrecita de Guadalupe, lo reveló el sermón del franciscano Bustamante, sus protestas vehementes, ya en 1556; en términos más moderados pero en el fondo idénticos, el mismo Padre Sahagún confirmó el decir del Provincial de su orden; la encuesta ordenada el mismo año por el arzobispo Montúfar no hizo la demostración de que los franciscanos estuvieran en el error. Los religiosos de aquel tiempo se expresaban sin rodeos: “ahora decirles [a los Indios] que una imagen pintada por un Indio hacía milagros, que sería gran confusión y deshacer lo bueno que estaba plantado”; se debe entender que las órdenes mendicantes habían plantado la fe de Cristo, haciendo clara distinción entre Dios y las imágenes objeto de devoción, como las de la Virgen María y el apóstol Santiago, para atajar el paso a nuevas formas de politeísmo idolátrico. En ese contexto se explica la conclusión indignada (off the record, se diría hoy) de Bustamante, según testimonio recogido por la encuesta de Montúfar: “que fuera bien que al primero que lo inventó [los presumidos milagros terapéuticos del prodigioso ayate] le dieran ciento o doscientos azotes”, lo cual, no lo olvidemos, era una sentencia a muerte. 

Lo que ha pasado después es como un cuento de hadas: la Virgen de Guadalupe del Tepeyac fue reconocida patrona de la Ciudad de México (en 1737), y luego de muchas otras ciudades de Nueva España y del movimiento de Independencia que por transustanciación guadalupana hizo de la colonia una república independiente. No menos hijos de Guadalupe fueron los nuevos mexicanos que sus antepasados criollos; Guadalupe fue la bandera de Hidalgo, de Zapata y también de los cristeros (aunque estos le dieron preferencia a Cristo Rey). Todo ello es poco si se piensa en que la misma Santa Sede, tan lenta en moverse y tan reticente en cuestiones de prodigios, concedió (sólo en 1754) un oficio canónico guadalupano, que fue una especie de autentificación de la tradición, si bien fue “du bout des lèvres”. La imagen del Tepeyac llegó a conquistar el propio territorio de la primitiva Virgen de Guadalupe de la Vieja España, la de Extremadura. 

Un abismo separa la realidad moderna de los muy modestos orígenes de la devoción, confesada sin querer por otro humilde testigo interrogado en el curso de la encuesta del arzobispo Montúfar: “dice que iba a Nuestra Señora de Guadalupe, porque tenía una hija mala de tos”. Hasta el día de hoy no dejan de toser la prensa escrita y televisiva cada vez que un cura, o laico iluminado, descubre algún códice que aboga a favor de la tradición aparicionista; en seguida renacen las polémicas y se blande todavía el arma absoluta de la excomunión… Pero, como para hacerle una higa a los devotos, en este país donde tiembla el suelo, en aquella ciudad capital edificada en la arena de las antiguas lagunas, hasta el templo del Tepeyac se iba a hundir. Pues han edificado otro nuevo, símbolo entrañable de la voluntad de vivir de los habitantes del DF, “la región de mayor opacidad del aire” como la tendría que calificar hoy en día otro Humboldt, suponiendo que el mundo fuera capaz de engendrar nuevos Humboldt. Si escasean los genios, en cambio sobra el mal gusto, e incluso el dinero de la agricultura, para edificar un templo de Guadalupe de tamaño descomunal en una pequeña ciudad del Occidente mexicano (habitualmente más devoto de otras imágenes de la Virgen); con armazón de cemento armado y chapa de cantera tallada al estilo neogótico francés, podrá competir con lo más kitsch que se da en todo el universo orbe. Y por si fuera poco han despejado la plaza frente a la nueva basílica, para lo cual se ha arrasado un parque floreado y arbolado, arbolado con flamboyanes o, como los llaman los indios de Michoacán, “tabachín”. Con razón van repitiendo que: “Como México no hay dos”, y es justamente efecto de la gracia de la Virgen María de Guadalupe que eligió al Anáhuac para su morada en este nuestro bajo mundo. 

A Sor Juana, la hermana menor de la Guadalupe, la inventó una inglesa en sus días de mediados del siglo XVII, por así decirlo. Así fue cuando la esposa del virrey, quien era una Lancaster (Alencastre en la versión hispanizada), tuvo una súbita pasión intelectual por una joven abandonada oriunda de Amecameca, le hizo lugar en la Corte virreinal y más tarde, viéndola peligrar por su encanto y belleza, la apadrinó para que se incorporara como novicia al convento de San Jerónimo de México. Bajo el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Asbaje, hija espuria de un militar, iba a encantar y encandilar a toda la sociedad y singularmente a la Universidad, sosteniendo controversias con teólogos, tocando música, escribiendo poemas y hasta obras de teatro. Ella misma ha evocado con gracia el proceso de idolatría de la que fue objeto en vida: 

Era de mi patria toda 

el objeto venerado 

Llegó la superstición 

popular a empeño tanto, 

que ya adoraban deidad 

el ídolo que formaron.

Medio siglo más tarde, y en el mismo Madrid, se publicó un libro de homenaje titulado: Fama y obras póstumas del Fénix de México, la Décima Musa, poetisa americana, sor Juana lnés de la Cruz (…). El libro está dedicado “a la Soberana Emperadora del Cielo y la tierra, María Nuestra Señora”. No viene al caso celebrar ahora el genio literario de Sor Juana, ya señalado por Alfonso Reyes y estudiado más ampliamente por Octavio Paz en un libro famoso, lo que interesa es notar que la misma Sor Juana, con sana modestia, se reía de ser una estrella (palabra que fue inventada mucho más tarde para aplicarla a bailarinas y actrices de cine). Pero, sic transit gloria mundi, llegó a palidecer hasta borrarse la estrella juanesca. En el siglo de la Ilustración, el de Voltaire y sus secuaces, no era de sorprender, y después de la Independencia de México, con liberales y científicos, positivistas y comunistas, ¿quién se iba a acordar de una monja teóloga y poetisa? En este nuestro siglo, hubo un solo señor, Méndez Plancarte (por sus pecados era sacerdote, lo cual le quita mérito en este caso particular), quien se tomó la pena de preparar con esmerado cuidado una edición de las obras completas de Sor Juana, y una editorial, el Fondo de Cultura, que se dignó acoger en sus colecciones a un autor que, fuera del bachiller Rojas Garcidueñas y el doctor Ernesto de la Torre, ya casi nadie leía; bueno, también algunos poetas como Jaime García Terrés… Me refiero a los años sesenta y setenta, la edición de las Obras completas es del 76. Para todo mexicano algo culto, el único Fénix de México era Quetzalcóatl, tal como lo había inventado un coetáneo y amigo de Sor Juana, don Carlos de Sigüenza y Góngora, exjesuita y profesor de matemáticas, curioso de antiguallas mexicanas.

A Sor Juana la había creado la esposa de un virrey; la iba a resucitar la hermana de un presidente, para que vean cuánto los enlaces matrimoniales y familiares de los hombres poderosos pueden determinar el destino terrestre y hasta póstumo de una esposa mística de Cristo, como fue Sor Juana. En pocos años, durante el sexenio de López Portillo, se reconstruyó el convento de San Jerónimo, que mejor se llamaría ahora de “Santa Juana”, o mejor dicho en un Estado laico “la Madre Juana”, expresión lo bastante ambigua como para favorecer una canonización patriótica. Lo que había pasado en los siglos ilustrados es que el convento se había convertido en teatro de variétés y más tarde en salón de baile popular. Ahí está en adelante, como nuevo, el santuario sorjuanesco, que fue destinado para escuela de bibliotecarias y taller de restauración de manuscritos históricos. Todo lo cual estuvo a cargo de una señora, una auténtica señora como Sor Juana se lo merece, de nombre Guadalupe, para que nada desentonara ya en la celebrada casa. Pero todo cambia rápido en el México moderno, sobre todo los presidentes que ni duran seis años de poder efectivo. El siguiente presidente no fue tan devoto de Sor Juana; murmuran los malintencionados que en Harvard, donde estudió, adoran al famoso becerro de oro del que se habla en la Biblia. Yo que lo vi allá soy testigo de que comió puros tamalitos, acompañados con música de mariachis traídos de Cocula. Discúlpeme el lector de que, por mero viejo, me deje llevar de los recuerdos de una vida nómada. 

Volviendo ya a Sor Juana, el desdén del nuevo presidente de entonces no la llegó a perjudicar tanto, porque su trayectoria vital (ya olvidándonos de que fue monja y teóloga) encaja no del todo mal con los modelos intelectuales de las corrientes feministas que prosperan en Estados Unidos y, como otras cosas, franquean el río Bravo sin decir “aguas”, puesto que es más fácil pasar de norte a sur que de sur a norte. No perdamos de vista que Juana de Asbaje no fue reconocida por su padre, fue víctima de un confesor mocho que la obligó a separarse de su preciosa biblioteca, murió en una epidemia …hasta se sospechó que fuera lesbiana, lo cual sería un must; lamentablemente esta última circunstancia no parece probable. Pero con todo, Juana de Asbaje tiene suficiente background para ser considerada víctima de una sociedad y una época en las que machos y gachupines (que todo es uno) ejercieron su tiranía sin freno. De manera que, en los años ochenta y noventa, la figura de Sor Juana ha cobrado una dimensión nacional. El gobierno de Tlaxcala ha conmemorado el tercer centenario de su defunción con una solemnidad comparable a la de Hidalgo o Juárez en otros estados. Y como Sor Juana fue un genio completo se ha podido publicar su libro de recetas de cocina y sobre todo de pastelería, en el que destacan: los huevos hilados, el mate de cabecitas de negros (ahí va la sociedad de castas), y lo que no podía faltar: la torta del cielo. El gobierno de Jalisco ha encargado labrar una estatua de bulto de Sor Juana, como obra votiva en este caso a la religiosa, que no a la mujer víctima del machismo; hasta se propuso cambiarle el nombre a un antiguo exconvento de monjes carmelitas para imponerle el de Sor Juana, pero hubo protestas y no se hizo. Si todo eso (y algo más que no me sé) se ha hecho a favor de una hija pródiga de Amecameca, es la demostración de que fuera de México no todo es Cuautitlán… 

La mera verdad es que, situada a medio camino entre la Malinche (piénsenlo bien) y la Virgen de Guadalupe, de la que fue muy devota, Sor Juana ha sido elevada al panteón patriótico mexicano en pocos años. Llama la atención el que allí ya menudeaban eclesiásticos: el jesuita Clavijero, los curas Hidalgo y Morelos, Fray Servando Teresa de Mier… y algunos más de segunda categoría. Con todo, hay que reconocer que la inmensa mayoría de los próceres nacionales fueron bigotudos con sendos sables a la cintura (de “sendo” que, en castellano, quiere decir uno para cada uno). De manera que no deja de ser sorprendente el que una monja inspirada haya amanecido en este fin de siglo XX, nada menos que figura emblemática de la mujer mexicana en lucha por su liberación social y cultural, y hasta algo como la madre del pueblo, ya “la Madre Juana”. El hecho es que este pueblo huérfano, como lo ha llamado Octavio Paz, se beneficia de un enjambre de madres míticas y ambiguas: la Malinche, la Guadalupe y la Sor Juana. Todavía están esperando en los limbos una eventual resurrección la monja Alférez, Sor María Agreda, la Corregidora… y por cierto Catalina de San Juan, princesa de la India y misionera de Puebla, más conocida con el nombre popular de “la China poblana”, que por no ser realmente ni china ni poblana, no carece de sobrados méritos para ser mexicana. 

El gran panteon de los generalotes

Toda nación de la América Latina, por muy exiguo que sea su territorio, tiene a su propio Libertador o cuando menos a su protomártir de la Independencia, Túpac Amaru, Tirano Banderas, José Martí, etc. … Hay naciones pobres, como Colombia y Venezuela que, a la fuerza, han de compartir al mismo libertador, en este caso al Libertador por antonomasia, el mismísimo Simón Bolívar. Una obsesión bolivariana se ha hecho dueña de la conciencia de ambas naciones, las cuales han multiplicado como infinitamente las estatuas de Bolívar, hasta en el mínimo pueblo por donde se ha llegado a suponer que lo habían pisado sus augustas plantas. Los argentinos, pueblo que, como se sabe, es superior con mucho a todos los demás de América del Sur, gozan de un libertador nacional caballero en un caballo, así al menos lo dejan suponer las estatuas del general San Martín, principal adorno de todas las plazas del país. Para mí que en esta población nacida de La Boca o, según dicen otros, “descendientes de los barcos”, el caballo de San Martín tendrá algo que ver con Martín Fierro y don Segundo Sombra, lejanos primos suyos. (Aunque, entre usted y yo, aunque suena feo decirlo, este libertador argentino sólo lo fue con minúscula si se le compara con el flamante amante de doña Manuela, el mantuano Simón Bolívar.) 

En medio de aquella parada militar de bronce inmortal, ¿qué papel pudo hacer México, nación tan favorecida por la Virgen María? (No sólo la de Guadalupe, sino la de San Juan de los Lagos, la de Zapopan, la del Patrocinio… y muchas otras más o menos celebradas.) Con tantas imágenes de paz, México se quedaría descalificada en esta carrera bélica retrospectiva, van ustedes a pensar. Pues todo lo contrario. Según reza el himno nacional: 

De mil héroes la patria aquí fue.

Hidalgo y Morelos, extraña pareja de curas pueblerinos, como modernos Dioscuros, son el modelo permanente del sacrificio a la patria. Parece sin importancia el que no hayan liberado a ésta de las cadenas gachupinas. Le tocó romperlas al primer generalote megalómano, que después de traicionar al rey de España, traicionó a la República mexicana naciente. Iturbide fue el Tezcatlipoca de los Libertadores, pero la memoria colectiva, que está hecha de olvido, le ha brindado calles y plazas, hasta teatros, lo cual es una gran injusticia para con Santa Anna. 

Como bien se sabe, las guerras mexicanas, con excepción de una sola, todas fueron guerras intestinas en las cuales una kiriela de generales se han ilustrado con sangrientas matanzas y destrucción de templos, palacios, haciendas y un sin fin de jacales. Desde un general de zarzuela como fue Santa Anna, con sus repetidos pronunciamientos y sus repentinas caídas, hasta un general reformador y pacifista como Cárdenas, toda la vida política mexicana, de la Independencia a la Revolución, ha sido dominada por generales, militares de carrera unos, improvisados otros. No hay poblacho que no tenga su famoso general oriundo del mismo pueblo, con su estatua en la plaza. Todo el bronce junto de los cañones de la Independencia no fuera bastante para tantas estatuas de libertadores. Esto es tan cierto que, al acceder Argelia a la independencia, no faltó alguna que otra ciudad pobre latinoamericana que se compró una estatua de libertador rebajada; es así como, por la magia de la descolonización de Africa, unos conquistadores franceses del siglo pasado se tornaron libertadores criollos de América, de bronce. No importa ya si se enfrentaron unos con otros en su tiempo los generales que protagonizaron luchas fratricidas, ahora todos se hermanan en la gloria del panteón patriótico, así un Carranza de bronce frente a un Madero de bronce (este último pacifista por cierto y víctima de ello), cara a cara en una de las mayores arterias de una de las ciudades más grandes de este país. Algunos de los principales actores del gran teatro de la historia nacional llevan nombres predestinados, como el general Degollado, cuyo nombre lleva con toda justicia un teatro. 

Muchos rasgos de la cultura y la mitología del México moderno arrancan de la Nueva España; sorprendentemente éste es el caso de la fascinación por los generales. Al llegar como virrey, en 1785, un joven y ya glorioso militar (se había ilustrado en la guerra contra Inglaterra), Bernardo de Gálvez, los desfiles militares ya empezaron a disputarles a las procesiones religiosas el favor popular. A partir de la Independencia el poder va a ser de quien tenga la osadía y la fuerza de apoderarse de él. La fuerza militar fue la decisiva en política, tanto en el triunfo de la Reforma (que don Benito Juárez también fue jefe de guerra) como en el de don Porfirio, el General Padre de la Patria, y lo mismo en este drama de episodios que posteriormente se ha dado en llamar “La Revolución Mexicana” con mayúsculas, que más bien fue una serie de pronunciamientos, luchas de clanes políticos y regionales, y sobre todo enfrentamientos de jefes. 

Hay que reconocer que el gran arte de birlibirloque de los licenciados que ascendieron al poder por votación a partir del licenciado prototípico Miguel Alemán, fue el fundir en bronce las sombras todavía amenazantes de los caudillos de la Revolución y edificar en el centro de la capital el Elefante que guarda bajo sus pesadas patas de concreto las ascuas todavía tibias que pudieran encender nuevas rebeliones. Los generales de hoy ya no son aventureros políticos, son empleados del Estado. Si se compara la historia de México en este siglo con la de casi todas las demás naciones latinoamericanas (con la sempiterna excepción de Costa Rica), forzoso es reconocer que la pax priísta, con más de medio siglo, ha sido un completo éxito político, si bien no fue ninguna hazaña de esas heroicas que les gustan a tantos mexicanos. 

Los tres ensayos que aquí publicamos nos remiten a un país donde los mitos históricos renacen y se transforman pero nunca mueren. Del macho a los generales revolucionarios, pasando por Sor Juana y la Virgen de Guadalupe, ofrecen una imagen de México que parece empeñada en proteger a sus ídolos. Los tres forman parte de un libro que la editorial Cal y arena pondrá en circulación próximamente.