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Rafael Pérez Gay. Escritor. Acaba de aparecer su Antología.  Manuel Gutiérrez Najera (“Los imprescindibles”, Cal y arena).

En todas las fiestas en las que he estado recuerdo personas que se quejan con amargura porque las fiestas no son como las de antes. Al parecer hubo una edad dorada de fiestas, que yo no viví, donde la gente era feliz por unas horas y salía en la madrugada convencida de que había puesto un pie en el paraíso.

Seguro esas fiestas fueron los saraos virreinales porque nunca me he topado con nadie que haya vivido esa época, aunque todo mundo lamente con nostalgia ese tiempo perdido, esa age de fetes dorées.

-¿Cómo te fue en la fiesta de Sutano?

-¿Fiesta? Un verdadero velorio. Estuvimos a punto de llorar después de comer lasaña cruda.

El principio de las fiestas es una explosión de expectativas que, desde luego, nunca se cumplen en ninguno de los aspectos que interesa a la gente: el social, el sexual y el psicomotor. Todos van llegando con sus discos compactos, regalo ideal porque es el compacto repetido que a uno le regalaron en su último cumpleaños y que a su vez el festejado regalará la próxima vez que lo inviten a una fiesta. No sería raro que el compacto que regalamos hace tiempo fuera nuestro siguiente obsequio, de vuelta a nuestras manos, después de acumular el cariño de tres o cuatro onomásticos.

Inmediatamente después del regalo los invitados se amotinan frente a la cantina y alguien comenta:

-¿Ya viste? Nada más hay cuatro  botellas de whisky. Nos tomamos una cada quien y nos vamos.

Es fácil reconocer el esplendor de una fiesta porque a donde uno voltée alguien está diciendo una mentira. Cómo se miente en las fiestas. Nunca falta quien diga que la cena estuvo deliciosa, que Ramiro, marido de la anfitriona trabaja como bestia de carga; que Chela, a quien no hemos visto en cinco años, manda saludos; que el país se repone, poco a poco, del colapso cuando todo mundo sabe que 1. La cena fue un fracaso, 2. Ramiro es un haragán a quien lo envenena el trabajo, 3. Chela no manda saludar a nadie porque vive bajo la servidumbre del alcohol y 4. El país no se repone de ningún colapso y se hunde, como la ciudad de México, unos centímetros cada año.

La mentira frenética  es producto de la cortesía, umbral por el que atraviesan los grandes mentirosos; se empieza por un qué gusto verte, ¿cuando nos vemos? y se termina contando mentiras colosales. Ni modo que la gente se sincere de golpe y diga cosas como:

-Yo de plano me llevo el arroz. El otro día mi hijo no tenía engrudo para un trabajo de la escuela y este arroz está mejor que diez pegamentos.

-A Ramiro lo despidieron porque nunca iba a trabajar. Yo creo que no vuelve a hacer una de estas reuniones en años.

-¿Supieron lo de Chela?: vive en el último peldaño de la degradación humana.

Estas cosas no se oyen en las fiestas porque entonces no serían fiestas sino cataclismos morales de donde la gente saldría sin autoestima, a un paso de la desintegración mental.

No puedo decir que haya estado en muchas casas, pero sí en muchas cocinas, templos de revelaciones. He estado en fiestas despobladas y, al mismo tiempo, en cocinas de bote en bote donde se toman determinaciones tremendas, se relatan sueños desmesurados y se destruyen reputaciones de un plumazo. De la idea de la cocina como secreto de las fiestas se desprende el personaje que bañado en su propio vomito abre sus entrañas al prójimo sin razón aparente. Sólo por el borracho las fiestas perseveran en la memoria.

-Sutano se lo bebió todo, luego chapoteo en su propio vómito y se dedicó a llorar toda la noche. 

Uno de los protagonistas infaltables de las fiestas siempre se llama Pepe Valderrama. Aligerado de inhibiciones por el trago,  Valderrama entra partiendo plaza a la reunión, se presenta a todos los invitados siguiendo las más estrictas leyes de la cortesía, se sienta en una silla y acto seguido ronca el resto de la noche mientras a su alrededor los demás bailan danzas africanas. El problema es que Valderrama tiene el sueño pesado, cuando se despiden los últimos invitados, aquél sigue roncando en la silla y no hay poder humano que lo despierte. Como bien a bien nadie conoce a Pepe Valderrama, entonces hay que velarle el sueño hasta la mañana, a menos que uno corra el riesgo de tener en la sala a un asesino serial que sembrará la casa de cadáveres cuando despierte. 

A la mañana siguiente de la fiesta aparecen otros cadáveres: alguien apagó su cigarró en un sillón, el piso de la cocina está tapizado de colillas,  los olores desprendidos del baño crean vapores insufribles y algo se perdió para siempre. Son pérdidas absurdas que tienen que ver menos con el robo que con la locura de la noche. De la última reunión que hicimos en la casa de usted, el saldo de las desapariciones sigue siendo un misterio: dos tenedores, un destapador, un salero, un plato hondo con flores. Así termina lo que empezó con nostalgia y optimismo:

-Va a ser una fiesta como las de antes. Con baile y todo.

¿En las fiestas de antaño desaparecían tenedores, saleros y platos? No importa: no dejen de venir.