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Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM

En medio de la quietud de la selva amazónica, un orador aguaruna se erguía frente a un grupo de hombres de su tribu y se aprestaba a contar su cuento. El padre Manuel García Rendueles, un misionero jesuita que se ocupaba de grabar y coleccionar las tradiciones orales del pueblo aguaruna, estaba presente. El río Cenepa fluía en silencio. Todos callaron. El orador solicitó a la concurrencia la autorización para comenzar. 

Kame nihaa, dijo el orador. Fíjense. Aquellos que iban a ser los Quistián, los blancos, pudieron haber sido como nosotros. Y nosotros pudimos haber sido iguales a los Quistián. 

Pero como cruzaron el río, ellos son como son. Nosotros no lo cruzamos con la canoa, la canoa. Nosotros los ahuajún [los aguarunas] no pudimos. Tuvimos miedo. El Quistián sí lo hizo. Cruzó el río en balsa. 

Ahora el Quistián ya no usa balsa, el Quistián no baja en balsa. Canoa, lancha a motor sí, como las que usan ahora, sin problema; pues así cruzaron entonces. 

Nosotros íbamos a ser Quistián. En vez, nos convertimos en aguarunas. 

Así sucedió en los viejos tiempos. Así fue como se hicieron Quistián. 

El orador calló. La nación aguaruna, la más importante de entre los pueblos jíbaros que habitan la zona fronteriza entre Ecuador y Perú, sobrevive a duras penas en la selva amazónica. Sus oradores o mu’ ún son los depositarios de su historia y de sus tradiciones. 

El padre García pensó que era inusitada la historia que acababa de escuchar. No se parecía a ninguno de los cuentos que había grabado anteriormente. Como si el orador se hubiera dado cuenta de su extrañeza, se apresuró a contar un chiste acerca de los órganos genitales de las mujeres Quistián, para que el buen misionero creyera que se trataba de una misma historia. La treta tuvo éxito: “Significado posiblemente erótico”, anotó ingenuamente el padre. 

El misionero preguntó posteriormente al orador qué significaba aquello de cruzar el río, y le informaron que el dios tribal Etsa había organizado un concurso para ver quién podía cruzar un gran río, y que quienes lo lograban se transformaron en cristianos. 

¿Por qué mentirle de esta manera al misionero? ¿Qué pretendía disimular el orador, y cuál era el significado real de su historia? 

Un cruce de muchos rios

Los misioneros de hoy, llámense antropólogos o expertos de organismos internacionales, generosamente pretenden ayudarnos a superar nuestros rezagos y a acceder a la etapa de desarrollo que ellos representan. Desde luego, ello significa que presumen la inferioridad de los pueblos que estudian, asesoran o pretenden convertir. No creen en Etsa ni en otros dioses tutelares indígenas. Ninguno sospecha que los nativos puedan defender racionalmente sus propios valores, o que hubieran logrado construir una interpretación crítica de su propia historia. Así, cualquier orador nativo fácilmente convence al visitante de que se trata de bromas más o menos inocentes, o de historias mitológicas sin trascendencia, como lo hizo el orador aguaruna. 

¿Por qué lo hacen? Ante todo, porque el humor y la mistificación cultural son de los pocos gustos que le quedan al aguaruna. Se ríe, y el misionero no sabe bien de qué, aunque debe sospechar que es de él. Así, todos los oprimidos hacen bromas a costa de sus opresores. 

Además, los aguarunas saben que la opresión es relativa. El Quistián que hace el papel de conquistador se convierte en un pobre “latino” y “moreno” cuando cruza la frontera con Estados Unidos. Los papeles históricos son intercambiables: ellos pueden ser como nosotros y nosotros pudimos haber sido como ellos, porque fundamentalmente somos iguales. 

Queda el hecho decisivo de cruzar el río. Se trata evidentemente de una poderosa metáfora. ¿Qué significa? No podemos estar seguros, pero hay algunos antecedentes. Julio César atravesó el Rubicón y dijo: “La suerte está echada”. Moisés atravesó el Mar Rojo. Aníbal franqueó los Pirineos y Colón el mar océano. Los astronautas plantaron su bandera en la Luna. Todas estas travesías heroicas fueron significativas en la vida de los pueblos respectivos. Equivalen a otras tantas decisiones cruciales. 

Me temo que los aguarunas tienen razón en atribuir su actual inferioridad política a su falta de decisión y de valor. Tal apreciación podrá parecer injusta si pensamos que no era su culpa el que los Quistián llegaran un día a someterlos. El río antes era de ellos. Pero una vez que hubieran llegado, y que hubieran demostrado su voluntad de cruzar el río, era necesario imitar a los Quistián y hacer otro tanto. Había que ser como ellos, adoptar o superar sus hazañas, su ciencia y su tecnología. Al no intentarlo, cambiaron las relaciones de poder: “nos convertimos en aguaruna.”. 

Rector habemus

Para estas fechas ya habrá rendido su fallo la Junta de Gobierno. Felicito al nuevo Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Le deseo muchos éxitos, fuerza y valor. Sin duda, el momento histórico es crucial para nuestra universidad. 

En su mensaje de despedida, José Saru-khán dijo que la UNAM debe ser ante todo y siempre “académica”. No cabe duda que esto es así. Pero corresponderá al nuevo Rector resolver un pequeño acertijo. Según mi diccionario, la voz “académico” tiene tres acepciones principales: 1. “atributo de lo que se enseña o se estudia en escuelas, colegios, etc.”, lo que me parece correcto. Nuestra universidad debe ser antes que nada una institución docente. 2. “Erudito, no técnico ni práctico”; bueno, ahí tengo mis dudas… 3. “De interés puramente teórico”, pues no, de plano no. 

La OCDE, en su reciente crítica al sistema mexicano de educación superior, ha concluido que nuestras universidades se encuentran desvinculadas de los “usuarios económicos”, es decir, de quienes van a emplear a nuestros egresados. Normalmente no consultamos a la industria ni a los prestadores de servicios para que nos ayuden a estructurar los planes de estudio o para diseñar las carreras. Es que somos autónomos. 

Hace medio siglo se pensaba que la UNAM debía ceñirse exclusivamente a las funciones de docencia, investigación y extensión, “únicos fines que importan” (Caso). Eso era la autonomía: independencia del Estado, de la industria y de la economía. Hoy ya es tiempo de renovar conceptos y de enmendar rumbos. 

¿Qué debe ser la autonomía en este fin de siglo? ¿Una actitud de independencia política? Pero tal independencia debe apoyarse en un liderato real y positivo. De lo contrario, nuestro preciado academicismo ciertamente sería “de interés puramente teórico”, y lo que hagamos o dejemos de hacer sería irrelevante en términos del futuro del país. 

La solución que propone la OCDE consiste en crear un Sistema Nacional de Educación Superior y obligar a la UNAM a acordar anualmente con la Secretaría de Educación sobre el papel específico que le corresponda dentro del Plan Nacional de Educación. No me parece necesariamente recomendable esta solución; sin embargo, sería ilusorio negar o desconocer que la vinculación de la UNAM con la industria y con la sociedad mexicana en general es y será la cuestión esencial que decida sobre la gestión del próximo rector. 

Este es el río que tenemos que atravesar. Ya nos encontramos en la orilla, señor rector. 

…Y una vez mas, sobre evaluacion

Ya mencioné otras veces que las instituciones norteamericanas se alejaron decididamente del modelo de evaluación por números de publicaciones y de citas, que aún se utiliza en nuestro país. 

Pero resulta que ahora acaba de surgir una voz inesperada a favor de la numerología. La evaluación anual del Consejo Nacional de la Investigación de Estados Unidos ha publicado el ranking de los mejores departamentos de física, como lo hace todos los años, y la lista es encabezada por Harvard, Princeton, Berkeley, MIT y Caltech. Hasta aquí no hay sorpresas. Resulta, sin embargo, que la universidad que ocupa el tercer lugar en número de citas por investigador es nada menos que la pequeña Universidad de Tulane, en New Orleans, que posee apenas doce investigadores y que ocupa el número 115 de la lista del Consejo Nacional de la Investigación. 

Los de Tulane están furiosos. Dicen que no se vale evaluar así. Prefieren regresar al sistema numérico anterior, que según ellos era más objetivo. “Defendamos al personal y a los estudiantes graduados de todos los departamentos pequeños y de alta calidad”, dicen, “contra la arrogancia de las grandes escuelas que han sido sobreestimadas en detrimento de la mayor calidad de las escuelas de menor tamaño”. Dicen que actualmente las evaluaciones se basan nada más en la “reputación”, lo que naturalmente favorece a las universidades más grandes. Afirman que están de acuerdo en que no hay que basar las evaluaciones exclusivamente en numerología, pero que tampoco deberían hacerle tanto caso al consenso de “personas poco informadas”. Usted, ¿qué opina?

En esta ocasión, Cinna Lomnitz reflexiona sobre las relaciones entre el humor y la política, el nuevo rector de la UNAM y los criterios para evaluar el trabajo científico.