Serían las tres de la mañana. Insomne, me revolvía entre las sábanas sin poder conciliar el sueño. Junto a mí, Helena mi esposa dormía un adormecer agitado, denotaba un semblante adusto. Mi vida, nuestra vida, naufragaba. Ya nada era lo mismo. Helena esquiva, distante, sólo pensando en la peluquería. ¿Los niños? Bah. Los niños sólo pensando en aventarse cucharadas de Corn-Flakes. ¿El trabajo? Rutina, rutina y más rutina. Al borde del grito y la desesperación, prendí la luz para aplacar mis convulsos pensamientos.

Entonces vi la mosca. ¿La mosca?, dirá el lector. ¿Una simple, insignificante, acaso sucia, inepta mosca? Sí. Una mosca. Una mosca que parecía presa de algunas paredes invisibles, que en su angustioso revolotear semejaba ser mi mismo sentimiento detenido en mi caja toráxica, tac, tac, zigzagueante, golpeándose de un lado a otro, sin visos de encontrar la salida anhelada.

“Aggghhh”, se escapó de mí un gorgoritmo angustiante, que de suyo, o de mío, o de mío suyo, despertó a mi esposa Helena. Me preguntó qué me ocurría de suyo. Digo, de mío. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo explicarle la angustia que me roía? ¿Cómo decirle que hacía tiempo no teníamos ambos una experiencia sencilla y profunda: una puesta de sol, contemplar una grácil mariposa, oír el murmullo de otras aguas que no fueran las del excusado, ver la tez experimentada de un anciano, la sonrisa de un niño, el amanecer que nos promete un nuevo día, la toma de agua Evian, el vuelo de una avecilla, el pago del predial? Por eso, le dije: “Nada. Puras agruras. Voy por un Alka Seltzer”. Luego vería que esta simple idea me abrió el camino de la vida.

Estaba a punto de creerme lo del Alka Seltzer cuando en eso una voz interior que salía de mí, o de suyo de mí, o de mí de suyo, me dijo: “Escríbelo. ¿Por qué no compartir esta experiencia tan profunda? ¿Acaso no eres humano? ¿Acaso no hay humanos que sean como tú y comprendan tus sentimientos?”.

Fui de inmediato a mi estudio, impelido por una imperiosa necesidad de impenetrarme en mis impenetrables sentimientos. Y la voz me dictó las siguientes verdades.

CAPITULO I

—¿Qué vale más? —le preguntó el Viejo Sabio al Niño Destinado—. ¿Un barco o un diamante?

—Un diamante —dijo el Niño Destinado.

—No, Niño Destinado —dijo el Viejo Sabio—. ¿Acaso podemos navegar con un diamante? Ahora: ¿qué vale más, un barco o un costal de naranjas?

—Un barco —dijo el Niño Destinado—. Ni modos de navegar en un costal de naranjas.

—No, Niño Destinado —dijo el Viejo Sabio—. ¿Acaso puedes hacer jugo de naranja con un barco? Ahora: ¿qué vale más, un vaso de jugo de naranja o un diamante?

—El jugo de naranja —dijo el Niño destinado

—Que no, imbécil —dijo el Viejo Sabio—. ¿No sabes cuántas naranjas te puedes comprar con un diamante?

PENSAMIENTO: Así es. El jugo de naranja es fundamental para revisar por la mañana nuestros estados de cuenta; si nuestros estados de cuenta van bien, compraremos un barco; en el aniversario del barco, compraremos un diamante. Así, todo se lo debemos al jugo de naranja, pero sin perder de vista que el objetivo es el diamante para poder comprar más naranjas que nos den jugo para revisar nuestros estados de cuenta.

CAPITULO II

Laura y Juan querían subir a la montaña, pero la sola idea les daba mareos. Pensaron en tomar Dramamines, pero creían que los Dramamines eran para el mareo de la carretera, no para el mareo de montaña. Por fin tomaron Dramamines y subieron a la montaña. ¿Acaso no es así la vida? ¿Acaso no nos ponemos obstáculos absurdos por tener ideas preconcebidas? Juan y Laura no se marearon, aunque echaron el bofe a los cien metros del Popo. Pero esto les sirvió para poner una farmacia.

PENSAMIENTO: El mundo es una montaña; si no la subes, pon una farmacia que sea tu propia montaña. Bautízala, incluso: “Farmacia Mi Montaña”. Y no te importe subirte en el mostrador, como un gran farmacéutico himalayo, si las Aspirinas están en la cumbre y tu cliente te lo pide. Recuerda: Las Aspirinas son también Cumbres Alpinas.

INTERMEDIO

“La fama es el perfume de los hechos heroicos”. —PLATON

“La fama se logra con varios meses de anticipación”. —OG MANDINO

“La fama tiene tres piezas”. —GIORGIO ARMANI

“La fama siempre cumple lo que ofrece. ¿Qué le has ofrecido tú para que se te ofrezca?”. —EL AUTOR.

CAPITULO III

La pareja González peleaba a cada instante. Juan González, mi amigo, me lo vino a decir. Ella ni siquiera le hablaba ya. Lo miré fijamente y le dije: “Ponte a leer el periódico en la mesa. Y ella empezará a hablarte de inmediato”. Así lo hizo. Ahora ella le habla. Son un matrimonio feliz.

PENSAMIENTO: Las buenas empresas son PAN… y promesas.

CAPITULO IV

Pedro Bautista tomó su celular y marcó y marcó sin poder comunicarse. Marcó entonces su VIP y recibió esta información: “Le hablaron de parte de Dios. Que usted ha puesto mucho END terrenal en lugar de poner mucho SEND celestial. Que lo medite y vuelva a hablar cuando esté preparado”. Yo reí animosamente ante esta broma del Señor. Desde entonces, cuando me preguntan si uso teléfono celular, digo: “No. Teléfono celestial. Mi TEL-CIELO”. Jo jo.

EPILOGO

Después de escribir estas páginas, volví a mi alcoba. Todo había cambiado. Los pequeñuelos respiraban acompasadamente en su cuarto de suyo. Mi esposa Helena denotaba placidez de suyo, o de mía, en el semblante. ¿Y la mosca? Ahora no estaba apresada entre los muros férreos de las paredes. Ahora su zigzagueante aletear era un símbolo claro de la libertad: ella iba de un cristal cristalino o otro cristal no menos cristalino. Y mi sentimiento liberado oía el tin-tin-tin, cada vez que ella pegaba en sus paredes como mi sentimiento en mi amplia caja toráxica, henchida de oxígeno espiritual. Y así yo creía oír, en ese tin-tin de mi caja toráxica, el otro tin-tin mágico de las cajas registradoras en todos los establecimientos de prestigio.

 

Luis Miguel Aguilar
Escritor. Entre sus libros, La democracia de los muertos y Suerte con las mujeres.

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