A veces, casi siempre, recordamos como al azar. Ahora que se me olvida lo que hice ayer, de pronto, como si viniera al caso, durante una larga travesía en coche, les conté a unos amigos que no me vieron vivir a los 20 años algo que en algún momento me pasó como al vuelo y esa tarde recordé igual que si acabara de verlo.
Era yo —o me creía— periodista. De repente hice reportajes y a diario una columna recontaba mis ocurrencias y las del mundo. Entre todo eso, una noche cualquiera tuve la peregrina idea de irme, sola, a visitar los bailaderos de una avenida por entonces aún llamada Niño Perdido. Era larga y se escondía hasta Bellas Artes, pero antes se dejaba llenar por lugares de encuentros casuales para personas cuyas carteras reverdecían en la quincena, aunque en general daban sólo para el pan diario.
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