En 1991 Dzhokhar Dudáyev proclamó la independencia de Chechenia. La opinión internacional aplaudió porque la independencia de las naciones que habían vivido bajo el yugo ruso-soviético anunciaba el feliz entierro del imperialismo ruso, junto con la URSS, y había que festejarlo. Sólo los chechenos tenían sus dudas.
Dudáyev quería restaurar la grandeza del pueblo checheno, recuperar sus tradiciones, aspiraba de hecho a fundar una Gran Chechenia que incluiría partes de Georgia y Daguestán. En la riada de discursos, artículos, libros, cobró forma la imagen de una Chechenia heroica y mártir, de tradiciones ancestrales, enemiga siempre de Rusia; una Chechenia cuya historia se confundía con la historia sagrada en el fondo de los tiempos, cuando el arca de Noé encalló allí y no en el monte Ararat. Dudáyev, por su parte, sabía que el islam no podía haber surgido en el desierto, entre tribus de nómadas incultos, sino en el Paraíso Terrenal, es decir, en las montañas de Chechenia: la nación más antigua, predestinada para la gloria.
Este artículo está disponible sólo para suscriptores
Si ya tienes una suscripción puedes iniciar sesión aquí.
Suscríbete
Suscripción plus
(impresa y digital)
1 año por $ 799 MXN
Entrega de la edición impresa*
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
*Para envíos internacionales aplica un cargo extra, la tarifa se actualizará al seleccionar la dirección de envío
Suscripción digital
1 año por $ 399 MXN
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
¿Eres suscriptor de la revista y aún no tienes tu nuevo registro?
Para obtenerlo, sólo tienes que validar tus datos o escribe a soporte@nexos.com.mx.