Entre las catástrofes naturales más comunes, las inundaciones por tormentas, desbordamientos de ríos o lluvia incesante han sido, al parecer, un tema de inquietud en todas las épocas: la diosa Tyché de Antioquia, protectora de la ciudad, puede verse en una escultura de Eutiquides pisando al río Orontes, que solía desbordarse y poner en peligro a los habitantes. Maquiavelo comparaba a la Fortuna con un río caudaloso que se desbordaba en época de lluvias amenazando a la ciudad; nuestra Ciudad de México lodosa, pantanosa y anegada siempre fue una de las obsesivas preocupaciones de virreyes, científicos, intelectuales y poetas. En el gobierno de don Luis de Velasco, el segundo, se comenzó un desagüe que ya se había proyectado en tiempos del marqués de Montes Claros; se juntó dinero de los vecinos de la ciudad y de los conventos de religiosos y se encargó la obra a Enrico Martínez, y al menos lograron encaminar las aguas a través de una gran zanja. Sigüenza y Góngora elaboró un “Mapa de las aguas que por el círculo de 90 leguas vienen a la laguna de Tescuco y de la extensión que ésta y la de Chalco tienen”, que se siguió consultando hasta fines del XVIII. Sor Juana Inés de la Cruz demuestra su preocupación en el Neptuno alegórico por “aquella anegada ciudad nuestra” “sobre las ondas fabricada”, por cuyas inundaciones pide ayuda al virrey conde de Paredes y marqués de la Laguna:
Y no menos, señor, de vuestra mano,
la cabeza del reino americano,
que por su fundamento
a las iras del líquido elemento
expuesta vive, espera asegurada
preservación de la invención salada.
El poeta Diego de Ribera se lamentaba también:
Qué de vezes, patria mia,
repitiendo inundaciones,
las lloraste en tus pasiones,
sin remedio a tu porfia.
El criollo Juan Suárez de Peralta, que sigue a Motolinía y a Sahagún en los pronósticos antes de la llegada de los españoles a Tenochtitlán, recuerda como uno de los presagios que asustó a Moctezuma el que la laguna creciera tanto sin haber llovido y sin que el viento moviera sus aguas; se derribaron y anegaron muchas casas. Pero la primera inundación la recrea fray Diego Durán en su Historia, cuando el rey Ahuizotl quiso ennoblecer la ciudad y regar los frutos de los camellones e hizo traer el agua para el tiempo de secas desde la fuente de Acuecuexco, en Coyoacán, cuyo señor, Tzutzumatzin, le previno que las fuentes eran muy copiosas y podía anegarse la laguna, que no tendría por donde desaguar; por tan sabio consejo recibió una orden de muerte; y la diosa de las aguas, Chalchiuhtlicue, anegó la ciudad, los camellones, las sementeras, y la población tuvo que refugiarse en otros pueblos; una vez cegados los manantiales y aplacadas las aguas con ofrendas de piedras preciosas y sacrificios de niños, se mandó reedificar la ciudad.

El agua proporcionó mucho material a los cronistas. Hay magníficas descripciones de manantiales y ríos que descienden por laderas, la forma de llenado de las lagunas, los ríos que como venas las nutren, el agua dulce que nace en Santa Fe y es conducida desde Chapultepec por arcos hasta el Salto del Agua. Hay también terribles relatos de sequías e inundaciones, semejantes al Diluvio, atribuidos a castigos que Dios envía a las ciudades. Torquemada cuenta sobre los siete ríos que nutrían a la laguna y cómo iban cortando sus caudales para regar las tierras; el aspecto que presentaba la laguna era como de grandes playas “secas y enjutas”. Los problemas que suponía la laguna daban para rellenar muchos memoriales y eran varias las opiniones para que se agostara, aunque, a juicio de Torquemada, esto sería nefasto por las enfermedades que supondrían los polvos de salitre difundidos por el viento, y el olor a marisco insoportable provocaría tales pestilencias que mataría a sus habitantes. Otros prefieren magnificar las ingentes obras para construir albarradas y diques, reparar puentes de madera y de calicanto y limpiar las acequias desembarazándolas del lodo que sacaban en carretones. Una ciudad sobre el agua en eterna reconstrucción.
María José Rodilla
Profesora investigadora de la UAM-Iztapalapa. Su último libro es De belleza y misoginia. Los afeites en las literaturas medieval, áurea y virreinal (2021).