Dos cuartos

El cuarto de Gabriela. Casi nunca entré en el cuarto de mi hermana Gabriela. Era color de rosa; en el techo había una pequeña gotera. Y una alfombra descolorida cubría el suelo.

El cuarto de Magdalena. Era rotundo como la presencia de ella misma. Ese cuarto estaba tapizado con papel de un azul adusto. Los muebles eran sobrios. Cada cosa estaba en su sitio y lo único inamovible era el espejo del ropero […].

Pero yo entraba poco al cuarto de Magdalena. El que entraba sin reticencias era el aire del jardín, pues a ella le encantaba tener la ventana abierta de par en par.

Yo nunca vi a mis otros hermanos ni a mi madre en el cuarto de Magdalena. A ella sí la vi muchas veces en la biblioteca; y la vi entrar y salir de la casa; y la vi hablar profundamente con mi madre. A veces me daba miedo su voz […].

Magdalena pasaba tiempo muy amplio encerrada en su cuarto y no le agradaba que la interrumpiesen cuando se hundía en sus lecturas.

Sus ojos no parecían dañarse con tanto ejercicio del entendimiento. Frecuentemente, la luz de su habitación era la última que se apagaba en toda la casa.

Desde mi cama yo me hacía pensamientos de cómo Magdalena podría leer en cuarto tan hermético para los otros; y con paredes tan llenas de desconsuelo, en donde la mariposa negra hubiera podido adherirse, incrustarse, untarse sin que nadie se percatara de su presencia.

Yo no entro en el cuarto de mi hermana Magdalena. Yo la dejo sola. Yo no entro.

Fuente: Guadalupe Amor, Yo soy mi casa. Prólogo de Michael K. Schuessler. FCE, 1957; 1.a reimpresión, 2023.

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Publicado en: 2024 Julio, Cabos sueltos