Hay una especie de alien en mí. Y al mismo tiempo, soy yo.
Emmanuel Carrère
Mantén los ojos en el camino, las manos en el volante. Siente el ronroneo del motor, el ruido leve y sostenido que por momentos te parece el suspiro de la máquina y a veces se te antoja una extensión de ti mismo. De tu cuerpo y del cuerpo de Alma. Ella también lo siente, también lo escucha. Ante ustedes no hay paisaje, sólo penumbra. Lo único distinguible es la banda de concreto, la línea amarilla que, desde tu asiento, parece el filo de una espada que entra sin parar en el vientre de la noche. La tracción uniforme de la máquina te relaja, casi podrías decir que se conduce sola. Te esparces en el asiento, te pones cómodo. Alma luce confiada, observa el camino sin pestañear. El GPS indica que aún les faltan algunas millas. El panorama es demasiado propicio, demasiado irreal. Tanto, que por un segundo dudas. Te preguntas si se trata de un simulacro, si de hecho todo es un teatro orquestado por un travieso dios que se divierte a sus expensas; te preguntas si en realidad no se encuentran más bien en tu cama, medio borrachos, medio fumados, si ella no ronca a tu lado mientras el mundo alrededor te da vueltas y no puedes ni abrir los ojos ni cerrarlos del todo, porque lo uno es peor que lo otro, porque lo otro es peor que lo uno y lo único que sucede es caída. No, no es un simulacro. El titubeo del carro es breve pero perceptible. Lo sabes porque Alma gira el cuello unos grados hacia ti como preguntándose si te estás quedando dormido, pero crees que sólo alcanza a pensarlo porque vuelves a estar presente en ella, en ti, en la carretera recta y sus confines. Respiras.
Mantén los ojos en el camino, las manos en el volante.
Vuelve al relato de la radio, déjate enrollar por la madeja en espiral, por los sonidos. Redondo redondo barril sin fondo, así te decía tu mamá que cantaba mientras cortaba cebollas. Redondo redondo barril sin fondo, que así se concentraba mejor. Sí, eso te repitió varias veces. Pero en ti no parece funcionar, enseguida piensas en un anillo distinto, en la extraña canción de ronda. Ring around the Rosie, A pocket full of posies, Ashes, ashes, We all fall down, murmuras sin pensar.
—Wait, baby. This is getting interesting —dice Alma y le sube dos líneas a la radio.
Siempre tiene razón. Ella sabe lo que es mejor para ti. Y esta vez no es la excepción. Te das cuenta. Debes poner atención para empezar el nuevo artículo que te pidió el editor. Y esta vez oyen la entrevista de una pareja. De una como ustedes dos, excepto que ellos, a diferencia de ustedes, llevan años juntos. Se trata de Barney y Betty Hill, tal vez las únicas personas que han sido abducidas en realidad, las únicas que han tenido un encuentro del tercer tipo. Los demás testimonios tienen fisuras, flotan entre la oscuridad y la fe, están sujetos a las ambigüedades de cualquier mente errática o aturdida. Pero este no. En las palabras de Betty hay verdadero horror, de ellas aflora la agonía. Alma y tú pueden sentirlo. Su jadeo es imposible de fingir, sus sollozos sólo pueden ser fruto del espanto. “Era una estrella fugaz que cae hacia arriba”, dice Betty. “Sí, una estrella fugaz”, repite Barney a regañadientes. Lo de él es frustración, supones. Rabia. Siendo un escéptico le enoja darle la razón a su esposa, ser incapaz de explicar lo que padecieron. Y no ha de ser fácil, no. Reconocer que iban de noche por la carretera, como ustedes dos, al final de un viaje vacacional, como ustedes dos, y que de pronto los interrumpe un brillo, una luciérnaga intensa que no se despega del parabrisas y los persigue durante horas, cada tanto escondida entre los cerros, cada tanto fluctuando con la luna, de arriba abajo, de abajo arriba como una pelota en llamas.
Imaginas lo que debe ser eso, que una luz en el cielo te persiga. Y no como bendición, más bien como karma. Que de un momento a otro se ponga en medio de la avenida y te obligue a frenar. Que desde adentro de su luz incandescente adviertas unas siluetas y varios ojos. Que te quedes quieto, hechizado por las miradas. Que a través de tus ojos y los suyos empiecen a fluir las voces, los rumores, los visos de una comunicación arcana. Que te ordenen, que te obliguen a obedecer. Ha de ser difícil, piensas. Dejar de lado los prejuicios, las amarras mentales. “Saqué la pistola de la guantera porque podía haber osos”, dice Barney tratando de guardar compostura. “Somos una pareja interracial”, aclara. Un poco como Alma y tú, supones, pero cambias de opinión enseguida; tú apenas si pasas por árabe o latino, ellos en cambio están en 1961 y en este país el odio contra la gente como Barney es aberrante y no conoce límites. Te preguntas si es por eso que parece tan irritado durante la entrevista, si por eso respira aceleradamente. Tal vez le enfurece reconocerse incapaz, tú sabes lo horrendo que es eso, varias veces en tu vida te has sentido así. Pero sobre todo le debe molestar haberlo olvidado, no recordar nada después del colapso que llama “zumbido de microondas” y luego, de pronto, verse de camino a casa, cansado, manejando en línea recta como tú manejas ahora, por una carretera sin rumbo aparente, cuando Alma señala el anuncio con una agitación inusual. Welcome to Roswell.
—We made it, baby.

§
Esa noche, ya instalado en la habitación de la casa de huéspedes, vuelves a tu cuaderno. Intentas avanzar rápido pero estás cansado. Esbozas un manojo de notas, el esqueleto de algo que no podrías llamar ni crónica ni ensayo. Alma sigue abajo, en la terraza, bebiendo vino con la casera y su esposo. Se ríe con ganas, la pasa bien. Pero tú no. Tú tuviste que rechazar la sobremesa porque la fecha límite que te dio el editor se cumple en tres días, porque tu trabajo siempre interfiere con su vida juntos. Incluso en vacaciones. Sobre todo en vacaciones. Recapitulas los seis meses que llevan juntos y concluyes que casi nunca han compartido tiempo de calidad, experiencias libres de impuestos. Es tu culpa y lo sabes. Pero no te conviene pensar en eso ahora, es el tipo de pensamientos que debes evadir. Ya lo has comentado con tu psicóloga en terapia, esos son los pensamientos intrusivos que te bloquean y te impiden ganar el tiempo que podrías entregrarle a Alma. Te remueves en el pequeño escritorio, la madera chilla. Miras las máscaras africanas, los lienzos paisajistas que adornan la habitación, las fotografías de la casera y su esposo en Egipto, en Machu Pichu, en la Isla de Pascua. Debe ser horrible ser tu pareja, piensas. Respiras. Esos son los pensamientos que debes evadir. La amplitud de la cama queen size, el espesor del cubrelecho te reconforta. Sacudes la cabeza y retomas el lápiz.
• Los relatos sobre el contacto extraterrestre han sido siempre receptáculos de ficción e ideología. Que nadie haya probado su presencia o inexistencia explica el gran interés que despiertan todavía y la extensa producción literaria de ciencia-ficción. El choque entre el método científico y otras formas de conocimiento le añade capas a la controversia. • Barney Hill declaró que al llegar a casa se sintió compelido a ir al baño para examinar sus genitales •Betty se percató de que había un polvo rosa sobre su abrigo y en el capot del Chevrolet bel air. • Quienes alegan haber sido abducidos hablan de una amnesia que llaman “Tiempo perdido” • Varios testimonios describen el momento anterior al contacto de la misma forma: es como el miedo de verse al espejo, el nerviosismo de observarse a los ojos y ser capaz de sostener la mirada… • Al principio no vio nada inusual, pero al cabo de una semana le apareció un círculo de pequeñas verrugas en la ingle. • Por eso acudían a sesiones de hipnosis, para revivir la experiencia y ser capaces de contar lo que vieron. • De todo el viaje por Nuevo México, fue el contacto con los nativos de Taos lo que más me marcó. Su lideresa, la única tiwa que hablaba inglés, dijo que se habían establecido en el Pueblo desde hace más de mil años y sostenía que seguían viviendo ahí… Sin embargo, la forma minúscula de las casas, la ausencia de fuentes de electricidad y agua potable me hicieron sospechar. No me extrañaría que fueran puros inventos para atraer turistas a ese pueblo fantasma. Por eso tenía sentido que nuestro viaje terminara en Roswell. • En 1967 Carl Sagan y Harold Morowitz publicaron en Nature un profuso artículo sobre la existencia de microbios en las nubes de Venus. • Tal cantidad de historias sobre contacto alienígena y avistamientos sólo es posible en una sociedad como la Eestadounidense, tierra de conspiranóicos y racistas, tierra de la fe anglicana, del Destino Manifiesto y del puritanismo. • Xenomorfia: 1) Forma de lo diferente. 2) Dicho de un ser; antropomorfo, extraterrestre y parasitoide.
Te despierta el vientecillo frío del cuerpo de Alma cuando se acerca. Oyes sus pasos bordeando la pared. Probablemente ha visto las fotos y analiza los detalles urbanos. Abres los ojos antes de sentir su mano entre tus cabellos, sus uñas rascan tu cabeza como si fueras uno de sus gatos. Huele a licor. Trae esa sonrisita en la cara.
—Did you have fun, sweetie?
—They’re so hilarious. They told me a bunch of stories of crazy people who came to this town.
—Oh, I guess we’re ready for bed now —dices, sintiéndote tonto de haberte dormido sobre la mesa.
Te pones la piyama y vas al baño. Cepillas tus muelas en círculos, una y otra vez, pasas las cerdas entre los dientes, te enjuagas la boca. La siesta te ha despertado un poco. Alma está entre las cobijas, desnuda, esperándote. Lo sabes porque conoces esa sonrisita. Te quitas el suéter, bebes un trago de agua y apagas la lámpara. Compruebas que el espesor de la cama y la textura de las sábanas son perfectas. Pero al arrimarte a ella, dispuesto, percibes un silbido. Está roncando. Cayó rendida, la pobre. Te preguntas cuánto tiempo llevan sin hacer el amor. Casi una semana, recuerdas. Con los ojos abiertos en medio de la oscuridad, te giras. Es tu culpa. Las parejas normales lo hacen al menos dos veces cada semana. Y la masturbación te roba la libido. Nada que hacer. Tratas de conciliar el sueño, respiras. Empiezas a contar ovejas: las imaginas con forma de nube, son copitos de nieve que corren a pasos cortos y se detienen ante un cerco para tomar impulso y saltar al otro lado. Cuentas varias decenas. De pronto cambian, sus siluetas negras les delatan, lucen más bien como hormigas o enanos, y luego te resulta evidente que son personas, migrantes cruzando el paso fronterizo. Desconcertado, entiendes que ya no puedes dormir y te deslizas de vuelta al escritorio.
Te instalas sin problema e incluso con más agrado que antes. Abajo oyes nada. Ni tampoco afuera, apenas si percibes el rumor del viento. El mutismo de la madrugada teje una atmósfera ideal, un espacio de tregua. Te concentras, escribes casi sin pensar; no tienes que buscar las palabras, ellas vienen a ti, aparecen una tras otra. Enuncias las falacias de las distintas teorías sobre la presencia extraterrestre. Las refutas. Mencionas la de las pirámides y los aliens; la de los antiguos astronautas que supuestamente habrían contactado a los sumerios, egipcios y otras civilizaciones milenarias para otorgarles la ciencia de las matemáticas, la astronomía y la escritura. Insistes en los límites de la interpretación y la necesidad humana de imaginar fantasías, mitos, ficciones alrededor de las cuales convivir y asociarse. También dices algo sobre la tendencia de algunas mentes a forzar los signos, a abusar de la dimensión simbólica, a ver conspiraciones donde sólo hay hechos aislados, coincidencias sin relación. Recopilas las estupideces que se han dicho en torno a las pinturas rupestres, a los petroglifos indígenas y los grabados en la tumba de Pakal e Intiwatana. Repasas la forma del alien, te haces preguntas. ¿Por qué es tan parecido a nosotros? ¿por qué tiene atributos de reptil, de insecto y de parásito? ¿No son fobias demasiado humanas? ¿Por qué los hombrecillos uniformados y distantes de las historias de contacto alienígena se ven como miembros del KKK o de las Fuerzas Militares? ¿Por qué les dicen aliens a los extranjeros? ¿No será esa ficción una forma de expresar la xenofobia y el racismo? Y agregas un dato curioso, porque en un artículo de divulgación no puede faltar un fun fact, te dices, así que cuentas el del asco de los seres humanos a las cucarachas; un asco primitivo, en apariencia irracional. El asco es una de las formas evolutivas del miedo, sostienes, y esta repugnancia milenaria es una reacción contra las cucarachas porque ellas son genéticamente superiores, no sólo aguantan la radiación o las condiciones atmosféricas más adversas, sino que también son capaces de soportar hasta seiscientas veces su propio peso y pueden comer casi cualquier material, e incluso pueden comerse entre ellas si la ocasión lo apremia. Igual a nosotros, piensas. No han aparecido las primeras luces del alba cuando cierras tu cuaderno y aterrizas al lado de Alma, exhausto.
§
En algún momento de la mañana te paras como un sonámbulo y caminas a ciegas hacia el baño. Trastabillas. Sientes los párpados hinchados. No sabes si has dormido mucho o poco, tu modorra podría ser síntoma de cualquiera de las dos circunstancias. Ni el frío del mosaico en la planta de los pies, ni el agua de la ducha en la espalda, y ni siquiera, ya vestido, el toque de perfume en las mejillas, terminan por espabilarte. Necesitas un café y un cigarrillo. Piensas que Alma tiene sus American Spirit en la bolsa, pero al buscar entre sus cosas no sólo no encuentras nada sino que notas que ya están hechas las maletas. No alcanzas a decir nada, su grito desde abajo se anticipa.
—We should’ve been on our way back home two hours ago, Raúl. The check-out was at 9 am.
—Sorry, baby —respondes automáticamente y te preguntas cuándo fue la última vez que te llamó por tu nombre.
Miras la hora en tu teléfono, te sorprendes. Tratas de ponerte manos a la obra pero el equipaje es pesado, parece que tuviera yunques adentro. Tus brazos no ayudan. Sientes un escozor en la parte baja del abdomen. Oyes a Alma abajo, murmurando con la casera. Secretean. El material de las casas aquí es de pésima calidad, se oye todo a través de las paredes. Debe estar disculpándose en tu nombre, por tu ineptitud y tus olvidos, como otras veces. Y la cosa empeora porque debes pedir ayuda. Detestas hacerlo pero no tienes otra opción. Pides ayuda. La sensación de incapacidad y vergüenza te invaden de nuevo. La puñalada, el miedo sutil y cortante en el pecho.
El marido de la casera y tú cargan las maletas al carro. Al cerrar la cajuela lo observas. Es calvo y alto, pero anda encorvado y eso le quita unos centímetros. Adviertes las manchas en la piel, los labios arrugados. No te habías fijado en que se viera tan enfermo. Te interroga: que si te ha gustado Roswell, pregunta; que si fueron al diner, que si probaron la cerveza de nueces y la hamburguesa de estofado. Hasta ahora te gusta pero necesitas pasar más días para saber; y no, no recuerdas que hayan hecho nada de eso, piensas o dices, dices o piensas, no estás seguro. El hombre te mira con sus ojos grandes inyectados de verde. Un verdor profundo. Que si te sientes bien, pregunta. Su voz es tan extraña como su aspecto. Te contienes, apenas si logras asentir. Le pides un cigarrillo que por supuesto te niega: le diagnosticaron cáncer hace unos meses, se disculpa. Su aspecto te provoca repulsión y eso te avergüenza. Debe ser la enfermedad, piensas. El silencio se instala entre ustedes hasta que Alma atraviesa la puerta con un termo de café en la mano. Está enojada, se nota.
—I’ll drive —dice cortante, estirando la palma para recibir el manojo de llaves.
La casera y su esposo se juntan en el porche. Sonríen. Abanican la mano derecha al unísono y dicen adiós. Conforman una tarjeta postal pero en movimientol. Otra vez te impresiona que los cuatro ojos luzcan grandes y verdes. A la luz del mediodía se te antojan limones. Cuatro limones brillantes. Te dispones en mencionárselo a Alma pero sabes que es un pésimo momento.
§
Alma acelera a fondo, tú cabeceas. Han dejado atrás el pueblo. Mientras suben la colina los museos, el Taco Bell y los hoteles de paso quedan desperdigados por la autopista. En unas ocho horas deberían estar de vuelta en San Antonio, según el GPS. Admiras el panorama llano y desértico, los tonos rojizos que da la roca en un lugar del planeta que probablemente fue un asentamiento prehistórico. El cuero del asiento es suave y acolchado. La velocidad sostenida de la máquina te drena la energía, te tira abajo. No hay mucho que hacer, cuando no conduces te quedas dormido, siempre te ha pasado. Pero en la oscuridad te empieza a poseer un hormigueo, un escozor, unas pulsaciones eléctricas que te libran de la necesidad de respirar, que te permiten saltar y sumergirte en el agujero sideral, redondo redondo barril sin fondo, un agujero que de repente te rodea y te arroja a la noche, al borde de una autopista, Ring around the Rosie, A pocket full of posies, Ashes, ashes, We all fall down. Entonces están Alma y tú viendo el heptágono metálico levantar su tapa. Alma y tú caminando por el Downtown de Roswell, cruzando una avenida, paseando por un parque cuyo olor a jazmín te alegra. Alma y tú avanzando a pasos cortos hacia el rayo de luz lunar que los absorbe como un imán. Alma y tú risueños, en la puerta del International UFO Museum and Research Center, bromeando sobre la estúpida fotografía de la entrada. Alma y tú sintiendo el ardor, la desintegración y la reintegración de la carne. Alma y tú clavando los dientes en unas suculentas hamburguesas, brindando con una cerveza perfumada y empalagosa mientras decenas de personas se esfuerzan por hablar encima de la música de los Talking Heads. Alma y tú sintiendo los tentáculos membranosos que sostienen sus quijadas abiertas sin forzarlos, casi con su propia complicidad y beneplácito. Alma y tú sintiendo que les rasca la entrepierna, entrando con torpeza a los respectivos baños. Alma y tú recibiendo la sonda, asimilando cómo el cuerpo y las entrañas se defienden torpemente ante lo inevitable. Alma y tú regresando a la casa de huéspedes en la noche, ya en la habitación, ella te dice que deben salir temprano, antes de las nueve. Alma y tú semi-inconscientes mientras las sombras revisan sus recuerdos, mientras les implantan nuevas vivencias. Alma y tú avanzando de nuevo por la carretera en medio de la noche, oyendo resonar en sus mentes una voz que no es suya pero que los dirige. Alma y tú volviendo a una especie de útero, a un tiempo en que se superponen otros tiempos, todos los tiempos, Alma y tú intentando gritar y viendo cómo se ahogan sus gritos en el vacío, en un espacio sideral donde no existe el aire, donde las palabras se espiran. El silbido de la alarma te devuelve, te hace respirar. No entiendes por qué, desde el asiento del copiloto y con un esfuerzo sobrehumano te liberas al fin de la voz y entreabres los ojos para ver a Alma. Las lágrimas bajan por sus mejillas. Quieres decirle, hacerla reaccionar, pero ella habla primero.
—Raúl, can you feel it? Something is wrong with us.
Camilo Rodríguez
Escritor y traductor