Tal vez la defensa más hermosa del secreto la ha escrito un gran autor barroco italiano, Torquato Accetto, en su obra maestra La disimulación honesta. Si fingir comunica lo falso, disimular puede ser un modo de no falsificar la verdad, sino de respetar su pudor. No abre cajones que podrían explotar de forma destructiva sino que deja que su potencial explosivo se desactive poco a poco, sin conducir al desastre precipitadamente. En especial, las relaciones de dos —y las de la convivencia amorosa por excelencia— necesitan tal vez, en los momentos de incomprensión y de desencuentro, una dosis no excesiva de disimulo más que los hirientes desahogos a los que nos ha acostumbrado mucha literatura sobre los conflictos conyugales, en los que la verdad anidada en el corazón —o, mejor dicho, ese rencoroso alejamiento que se cree definitivo y que en ocasiones, en cambio, es sólo provisional— se distorsiona y se falsea en la declaración del resentimiento, quizá inconsistente pero, una vez esgrimido, ya irreparable.

Fuente: Claudio Magris, El secreto y no. Traducción de Pilar González Rodríguez. Anagrama, Barcelona, 2017.