Cuando por fin se terminó de construir el Teatro del Festival de Bayreuth dedicado a Richard Wagner, y abrió en 1876 con la primera representación de El anillo, la sociedad europea debió admitir que Wagner era “un éxito”. Personajes de la realeza, que detestaban su música, no asistían a las representaciones en la hilera de palcos reservados a príncipes. Todos lo felicitaron por el sorprendente “empuje” con el que, pese a todos los obstáculos, él había convertido un proyecto fabuloso y visionario en una concreta realidad comercial, patrocinado por el público de a libra por cabeza. Conviene saber que estas felicitaciones no tenían otro efecto sobre Wagner que el de abrirle los ojos al hecho de que el experimento de Bayreuth, como un intento de evadir las condiciones sociales y comerciales comunes a la empresa teatral, era un fracaso. Su propio recuento de eso contrasta la realidad con sus intenciones en una vena que sería amarga de no ser tan humorística. Las precauciones tomadas para mantener los asientos fuera de las manos del público frívolo y en las manos de discípulos serios, unidos en pequeñas Sociedades Wagnerianas por toda Europa, habían terminado en que los especuladores de boletos se anticipaban y su venta era justo al tipo de ociosos turistas trotamundos contra los que el templo iba a cerrar sus puertas estrictamente. El dinero, que supuestamente aportarían los fieles, era recabado por activas damas a la caza de suscripciones de gente que debió tener las ideas más grotescas y equivocadas de los objetivos del compositor: ¡el Jedive de Egipto y el Sultán de Turquía!
Fuente: George Bernard Shaw, The Perfect Wagnerite (1898; 1901; 1913; 1922. Dover, NY, 1967; 2018).
