Una ley cubana de 2011 sobre diversidad biológica prohíbe capturar aves canoras a menos que el objetivo sea la investigación científica. Las competencias con apuestas sobre qué ave canta por más tiempo o de manera más melodiosa también son ilegales. Aun así la gente comparte sin reparos imágenes de los concursos y, en algunas publicaciones de Facebook en las que se ofrecen aves canoras a la venta, se indica de manera explícita aquellas que se obtuvieron por “captura” (extraídas de la naturaleza). Para algunos cubanos, las aves canoras también son un negocio. La reciente escasez alimentaria y la presión económica por las políticas estadunidenses han aumentado la desesperación por dinero, y el trampeo ilegal de especies silvestres es más barato y sencillo que criarlas en casa. “La cantidad de dinero que se puede hacer del tráfico de aves canoras es muy limitado”, asegura Lilian Guerra, profesora de Historia de Cuba y el Caribe en la Universidad de Florida. En Facebook algunas aves se anuncian por no más de 20 dólares. Las apuestas en las competencias varían mucho, con hasta miles de dólares.
Sin embargo, el trampeo de aves canoras silvestres tiene un costo. “Hoy día” —declara Alayón, de 75 años— “en algunos lugares es casi imposible encontrar un tomeguín del pinar, aunque eran muy comunes cuando yo era niño”. Alayón [antiguo presidente de la Sociedad Cubana de Zoología] recuerda que su padre solía tener tomeguines del pinar, pero al final él los persuadió para que los dejara en libertad. “No cabe duda —se lamenta Aylón— “de que el tomeguín del pinar ahora está en peligro por las actividades de captura”. Entre otros, los azulillos pintados también corren peligro de extinción.
Eran poco más de las seis de la tarde y ya empezaba a oscurecer. Joaquín miró hacia la fortaleza de la Cabaña. Nada, el cielo vacío. Eran las seis y cuarto y los totíes seguían sin aparecer. Esos pájaros negros eran puntuales como un reloj suizo. Desde que tenía uso de razón, él siempre los veía sobrevolar su azotea a las seis en punto de la tarde. Salían en bandadas detrás de las almenas de la Cabaña. Venían siguiendo el rastro del sol. Cruzaban el canal de la bahía, pasaban por encima de los solares de la Loma del Ángel y no paraban hasta llegar al Paseo del Prado y al Parque Central, en cuyas arboledas se posaban cagándolo todo, graznando, revoloteando.
Pero desde que regresó de la alfabetización Joaquín no había vuelto a ver a los mayitos. Desde hacía más de un mes subía a la azotea todas las tardes para verlos pasar. Pero ya no pasaban, ni uno solo. Ni a las seis de la tarde ni a ninguna otra hora del día. Ni de este a oeste, ni al revés. ¿Dónde se habrían metido los totíes? ¿Se habrían ido para Miami también? Imaginó aquella saeta negra surcando el cielo, desviándose hacia el norte.
De todas las transformaciones y desapariciones que habían tenido lugar en su barrio natal, ésta era la que más le intrigaba, la única que al parecer no tenía explicación. Ya le había preguntado a varias personas por los mayitos. Nadie le contestaba. Se encogían de hombros. Nunca miraban al cielo. Estaban todos demasiado atareados buscando comida con la jaba y la Libreta. A todos les importaba un pito la extinción de los totíes […] ¿Se habrían comido los habaneros a los totíes convertidos en fritas igual que hicieron el año pasado con las auras tiñosas y las palomas de su azotea?
Fuentes: 1. National Geographic. “El trinar de Cuba. El tráfico de aves silencia a la isla” (abril, 2022). 2. Manuel Pereira, Insolación (Diana, México, 2006).
