A veces el azar intuye. Una mañana de estas, del auto que me lleva y me trae por dondequiera, el piloto Alejandro y yo bajamos por el bosque hasta la callecita lateral al panteón de Dolores. Tuve un impulso feliz. Le pedí a Alejandro que se estacionara porque iba a enseñarle uno de los grandes tesoros escondidos de la ciudad.
Caminamos entre la vendimia hacia el portal. Cruzamos la reja de tamaño humano, tras ella una rara intervención gigante alberga ahora unas oficinas. Ni de lejos había quedado tan horrenda como la imaginé. Difícil entender por qué la hicieron ahí, con tanto espacio adentro.
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