CUADERNO NEXOS

Ricardo Becerra. Analista político. Colaborador del semanario etcétera.

Es un error que nos ha resultado demasiado caro el que la izquierda imagine que tan pronto surge una crisis política… no tiene mas que lanzar la consigna de la insurgencia del pueblo o de la salvación del país para que las masas la sigan… por esa vía a lo más que hemos llegado es… a exhibir nuestra debilidad.

J. Dimitrov (1935)

I. La prensa y los comentaristas políticos le han dado una importancia mucho menor a la que merecía; los críticos sistemáticos del PRD han regateado valoraciones y han reaccionado con lentitud ante la fuerte rectificación; mientras, el gobierno no puede -y el PAN no quiere- reconocer la oportunidad que se abre para la transición tantas veces convocada. A pesar de ello, el hecho es que el resultado del III Congreso del PRD, objetivamente, acorta las distancias entre los actores políticos principales. A no dudarlo, los resultados del Congreso de Oaxtepec significan uno de los avances democráticos más importantes de los últimos años, por tres razones: 1) es la oportunidad de que el gobierno y el PRD trasciendan su “pleito de callejón” que tanto ha contribuido a confundir y complicar la política de los últimos años y los coloca ante la posibilidad de un acuerdo que, al menos, “normalice” el clima de la vida pública mexicana; 2) puede resituar a la izquierda en la perspectiva de las reformas, porque empieza a cobrar conciencia de que su proyecto trata de un camino largo en el cual la transferencia de poder es sólo un episodio y, 3) demuestra que los políticos del PRD pueden debatir sin fracturarse, porque pueden aún aspirar a la madurez de un partido orgánico, y porque -lo que es más importante- son capaces de aprender de sus derrotas.

II. Todo eso y más produjo el III Congreso del perredismo. En el arranque nadie puede apostar por un desenlace, mucho menos tal y como se produjo finalmente. De hecho, la percepción previa más difundida entre los delegados de todas las posiciones y corrientes, es que el III Congreso no tiene posibilidad para generar una definición unívoca. Se esperaba una discusión superficial, treguas zurcidas en corto, exposición sí, pero con posposición de las definiciones y paso veloz hacia la siguiente fase en la que, al elegir cargos y nueva dirección, entonces sí, habría confrontación y línea triunfadora.

Pero además, para el 23 de agosto, en el arranque del Congreso, sigue flotando en el ambiente una certeza que ha acompañado al perredismo aun antes de su fundación: la presencia -a veces apabullante- del ingeniero Cárdenas. Los ideólogos y voceros de la “Salvación Nacional” calculan que ése sería, por sí solo, el factor equilibrante y la rienda de última instancia, que evitaría cualquier rectificación a la línea típica del PRD. El diseño del Congreso expresa el equilibrio previo: discurso inaugural de Cuauhtémoc Cárdenas (excandidato presidencial) y la presentación del documento e informe de Porfirio Muñoz Ledo (presidente del partido), darían el banderazo de salida y la pauta de los debates. Las diferencias son claras aunque el interés unitario parece funcionar.

Ocurre entonces la primera e inevitable verificación de fuerzas: Amalia García es elegida como presidenta de la mesa de debate más importante (acerca de la línea política) con una amplia mayoría sobre Rosa Albina Garavito; a la larga este hecho sería sintomático -y determinante- del ánimo político en el Congreso: las posiciones “dialoguistas” exhibían por primera vez una clara ventaja en la arena decisiva del PRD.

Gobierno de salvación nacional” es la tesis central que reitera el ingeniero Cárdenas y un influyente núcleo del PRD (Rosa Albina Garavito, Samuel del Villar, R. Bejarano, Adolfo Gilly, etc.); se trata de una propuesta para lograr un presidente interino, que convoque a nuevas elecciones, con nueva legislación electoral, auxiliado por un gabinete plural y un cuerpo de asesores provenientes de los tres principales partidos, con el objeto de rescatar soberanía y Estado. El tono de la exposición no es el mismo que el 22 de junio pero sí su sentido general: el gobierno de Zedillo -sencillamente- está incapacitado para gobernar y se trata de una “Salvación” por la índole urgente del momento y la gravedad de los hechos.

A contrapelo, Muñoz Ledo sostiene una visión que recoge dos elementos totalmente ausentes en el razonamiento salvacionista: el PAN como único beneficiario de la crisis y los errores propios del PRD. Muñoz Ledo se queja del “sistema implícito de cuotas”, del régimen de “fracciones y enfrentamientos” que no permitieron sostener “una campaña política de gran ambición y envergadura”; subraya la dualidad y las contradicciones prácticas de dirección del partido y sus representantes. Y, más importante (en ese medio que por tradición se ha concebido a sí mismo como una grey condenada a la victoria), Muñoz Ledo reconoce: “somos la tercera fuerza electoral del país… los últimos resultados electorales hablan de un estancamiento, de muy ligeros progresos y de algunos lamentables retrocesos… La debilidad del gobierno no se traduce necesariamente en el incremento de nuestra fuerza, el desafío es… la reconstrucción democrática [del Estado] y no su demolición irresponsable”. El recurso del cambio -desmenuza el presidente del PRI es el diálogo, el acuerdo para el cambio democrático. Más que “otro método de lucha”, el diálogo es una exigencia de los actores sociales y políticos, un modo de procesar las diferencias puesto en acto; en consecuencia, “es importante deslindar al partido de toda forma de violencia”. Se conversa, reforzaría luego Rincón Gallardo, “porque la sociedad lo exige, y porque la naturaleza del cambio a la democracia lo requiere”.

El III Congreso empieza a ser distinto a los dos experimentos anteriores: el nivel del discurso promedio de los militantes es superior. Se reclama autocrítica, una revisión más cuidadosa de lo que el PRD es y puede ofrecer; entre los representantes de provincia hay conciencia del retroceso electoral y el diálogo con el gobierno es ya, al menos, una posibilidad sujeta a examen. Marco Rascón percibe este clima y como antídoto presenta un discurso sin fisuras: “Se ha intentado establecer una dirección política que no disguste a clases medias y a los ricos… pero este es un país de pobres… con una línea que mire primero a los pobres tenemos cualquier elección ganada… queremos un partido popular, de lucha más que de acuerdos, movilizado y radicalmente nacionalista”. René Bejarano coincide y teoriza: “se equivocan quienes piensan que perdemos votos por nuestra radicalidad” y defiende a la “radicalidad democrática” no por sus méritos sino por denegación: “también la política socialdemócrata ha entrado en crisis en todo el mundo”. De su lado, Camilo Valenzuela prefiere no hablar del problema electoral y traslada su intervención hacia la denuncia de la política económica neoliberal; enfrentarla exige todos los esfuerzos, y lo que es más, “precisa entender que el sujeto del cambio somos todos, los afectados por el neoliberalismo… es un sujeto colectivo, en el que se admiten todas las formas de lucha”.

En las intervenciones de Cárdenas y de su alianza, se insiste en disponer “la correlación de fuerzas en favor del cambio”, pero su fórmula no es electoral porque es “urgente salvar al país”. Una nueva coalición perredista enfrenta el ímpetu de los radicalizados y la elementalidad de sus discursos. Amalia García, Heberto Castillo, Martínez Verdugo, Alejandro Encinas, intervienen con ventaja contextual: la mayoría de delegados conocen, viven, los retrocesos electorales, y la línea radical no sabe ofrecer explicaciones ni rectificaciones. Rincón Gallardo ofrece la suya: mientras el PRD sea visto como nesgo para la estabilidad difícilmente podrá avanzar electoralmente”. Insiste Rincón: “ni apoyo a todas las formas de lucha ni apresuramiento a la conquista de la Presidencia”, y toma un elemento vivo del auditorio: “la derecha está avanzando, el bipartidismo se ajusta a la concepción neoliberal de transición… el PRD corre el riesgo de regresar a la marginalidad”. Jesús Ortega, el coordinador parlamentario del partido, recurre a la pedagogía mínima de la transición, y fustiga a Del Villar porque la obviedad “no puede ser fundamento de la política”, la discusión práctica no es la de demostrar la maldad del enemigo, sino “¿qué hacemos para una transición pactada, constitucional y con estabilidad?”.

III. Luego de un debate excepcionalmente franco y largo (más de 130 oradores), el turno es de la mesa y de su capacidad de síntesis. En ese momento, y a pesar del debate, todo apuntaba a la redacción de un documento promedio en el que cupieran todas las tendencias para que luego cada una pudiera usarlo como justificación de su propia acción. De hecho en plena mesa de redacción, Muñoz Ledo y Cárdenas habían llegado a un acuerdo explícito en el que cada uno abandonaba sus conceptos centrales: “salvación nacional” y “transición pactada”. Así, el documento puede ser trasladado y es leído ante la sesión para evitar su votación; se genera desconcierto en el ala radical que para entonces tenía ya preparado un plan de acción para impulsar la “salvación nacional”. Cabildeos e insatisfacciones, la de Gilly es más visible. Otros voceros de la salvación no aceptan la exclusión del concepto maestro y la consideran sesión inadmisible. Cárdenas revira en corto y argumenta haber entendido mal el acuerdo.

Varios oradores intentan definir campos y ubicar el centro del debate. Varios delegados reiteran sus argumentos y aun la mesa de debates es escenario de disputa. Heberto Castillo sugiere entonces que Muñoz Ledo y Cárdenas regresen a la redacción para buscar un documento común: hay consenso. Pero inmediatamente López Obrador, en uno de sus peores cálculos, sugiere que antes de proceder a esa redacción conjunta, “el ingeniero Cárdenas nos explique su posición y planteamiento”. La suposición del tabasqueño era extraordinariamente simple: una vez que Cárdenas dictara su postura ante los delegados no habría más discusión y la estrategia de la “salvación” hallaría su impulso definitivo. Mala apuesta, pues como se sabe, la discusión no es terreno del ingeniero, Muñoz Ledo no iba a quedarse en la inacción, pero además no daba cuenta del verdadero ánimo de los delegados. En esa arena, personalizada y pública, devino el momento clave del Congreso.

Luego de escuchar a un Cárdenas más bien reiterativo y sin convicción, Muñoz Ledo pide la palabra y pronuncia -y actúa- uno de sus mejores discursos: “la disputa no es por palabras, salvación o pacto son conceptos que describen toda una línea política… de diferente manera traducen un diagnóstico… estamos obligados a recapitular, a replantear, a repensar… La palabra salvación siendo fuerte, es equivocada…”. Los aplausos refrendan una clara superioridad inesperada y aunque algunos medios -excesivamente militantes- se cuidaron de no difundirlo, el Congreso de más de 1,500 delegados no podía engañarse: el presidente del partido había ganado el debate al excandidato presidencial.

IV. Como se sabe, la resolución final es aún abundante en catastrofismos y excesos retóricos: detritus de la negociación posterior y de esa cultura izquierdista compartida que sigue pesando como loza sobre la cabeza de estos vivos. Pero lo más importante del III Congreso no son sus documentos, sino la imagen pública que logró irradiar su debate: el cambio de una línea política, un dirigente nacional liberado de candados para ofrecer y propiciar una “transición pactada” con el gobierno, y sin rupturas internas.

Es cierto que la imprecisión de los documentos permiten demasiada discrecionalidad a Muñoz Ledo; es cierto que el PRD no cuenta más que con nociones generales para la transformación de las instituciones que hagan posible el “estado social de derecho”; y es cierto, en fin, que la línea de la radicalidad no permanecerá en la inacción, no dejará de cuestionar y de profetizar el fracaso de la aventura legitimada en el III Congreso. Con todo eso, la oportunidad que se abre y los logros internos son relevantes. Su manutención dependerá del éxito en la relación con el gobierno y, sobre todo, deberá pasar con handicap la prueba de las elecciones michoacanas en noviembre próximo.

Luego de la resoluciones sobre línea política, cada votación en el Congreso ratificaba y profundizaba más y más la hegemonía de la línea negociadora. Comenzó entonces la búsqueda de las explicaciones y hubo incluso quien suponía una “infiltración del gobierno” para favorecer a los “dialoguistas”. Pero en verdad ese triunfo se vertebró, creo, en cuatro hechos relevantes: el desempeño de Muñoz Ledo y su alianza, la forma nueva de elegir delegados (en relación al número de habitantes por municipio y no por clientelas empadronadas que siempre distorsionan la presencia real de las posturas), el trabajo organizativo de la vieja maquinaria proveniente del PSUM, y sobre todo, la evidencia de la derrota, un cierto ánimo colectivo que se hacía cargo de los resultados electorales de 1994 y las contiendas posteriores. Este balance perredista no era explícito en los discursos, no tenía una traducción clara ni plenamente organizada, pero está vivo en muchos de sus grupos, de sus dirigentes y de sus cuadros medios.

Un duro experimento de aprendizaje colectivo al que le quedan muchas cosas por definir, especialmente, la propia alianza dialoguista. Muchos de sus integrantes eran ayer partidarios de la intransigencia, y sin más discusión, reelaboración y compromisos públicos, es difícil contentarse con las garantías que da la coyuntura. No obstante y por lo pronto, su triunfo nos ha dado la buena noticia, la esperanza, de contar con una izquierda en la transición.