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CUADERNO NEXOS

Carlos Martínez-Ulloa. Economista. Consultor financiero.

Acordes con los tiempos que transcurren, y dentro del cuadro de la globalización, con todo lo que ello implica, parecería que a los dos últimos presidentes de México les ha encantado especular con el país. Así, Carlos Salinas le apostó todo a que la moneda no se devaluaría y que el TLC sería razón suficiente para garantizar un México postsalinista estable y cada vez más moderno. Lamentablemente falló en su predicción y ahora todos estamos pagando las consecuencias.

Ernesto Zedillo no se ha quedado atrás: en público y privadamente ha cantado su apuesta de que durante 1996, México será la economía latinoamericana más dinámica. Siendo justos, habría que calificar que fue al principio de la crisis y de su administración cuando el presidente Zedillo buscaba casar su apuesta, seguramente presionado por el panorama tan negro que entonces imperaba y buscando ganar tiempo y credibilidad para aplicar su programa de choque. Desconozco si aun ahora, con vista a los resultados del primer semestre, todavía esté dispuesto a sostenerla. Ignoro también si la base de la comparación serán las cifras del PIB diciembre 1995-diciembre de 1996, o bien la diferencia entre tasas para ambos años.

En el primer caso, la economía seguramente tendría que crecer a una tasa superior al 7% para poder superar a otros países de la región. En el segundo, un escaso crecimiento del 2% anual en el PIB durante 1996, equivaldría a pasar de -5% durante 1995 a +2% en el año siguiente, dando un diferencial total de +7%. Quisiera suponer, por el bien de todos, que la apuesta del presidente se refiere a la primera interpretación. De lo contrario, se estaría incurriendo en un grave problema de comunicación y credibilidad.

No se puede negar que las principales variables macroeconómicas se han logrado estabilizar y por ello mejorar en estos primeros siete meses del año. Aunque como dijera Miguel Mancera, la reversión en el déficit comercial no puede contabilizarse como un triunfo de nadie. Sin embargo, es claro que los principales indicadores de la economía en su conjunto, se han dejado de deteriorar. Y aquí simplemente habría que recordar que el combate a la crisis tiene dos etapas distintas y perfectamente delimitadas: la estabilización y la recuperación. En lo que a la estabilización se refiere, desde 1976 hemos incurrido en tantas crisis, que a estas alturas deberíamos haber perfeccionado la metodología para salir de ellas y neutralizar sus efectos nocivos con el menor tiempo y costo posibles. En lo que compete a la recuperación, habría que confesar que no sólo no hemos aprendido cómo alcanzarla sino que cada vez que lo intentamos, tenemos recaídas mayores. No obstante, estabilizar la economía ha sido una tarea notoriamente más sencilla que lograr la recuperación. Prueba de ello es que desde 1982 no hemos podido alcanzar tasas de crecimiento que igualen a aquellas que nos caracterizaron en la etapa del milagro mexicano (1940-1970): superiores al 6% anual.

Para acotar el deterioro económico, simplemente hay que dejar de crecer, lo cual tiende a nivelar las cuentas externas, mal crónico de las economías en desarrollo. Y es precisamente esta etapa la que caracterizó al último semestre: se desincentivó la inversión para bajar con ello las importaciones industriales; se dejó que el tipo de cambio encontrara su nivel de equilibrio, con lo cual también bajaron las importaciones de bienes de consumo, y se promovieron las exportaciones, apoyadas a su vez en el consecuente achicamiento del mercado interno; se permitieron altas tasas de interés para incentivar el ahorro doméstico y las entradas de capital del exterior; y se actualizaron los ingresos del sector público, los cuales nivelaron las finanzas gubernamentales.

Así la medicina fue de corte clásico tal y como lo enseñan los cánones y como del exterior nos lo han impuesto los gobiernos de los países que son nuestros principales acreedores (especialmente los Estados Unidos) y las agencias multinacionales (FMI y Banco Mundial), quienes también son acreedores del país y reclaman para sí el paternalismo de esta tecnología de la estabilización.

Por lo que a las técnicas de programación económica se refiere, cabe la afirmación de que diferencias de decimales de puntos porcentuales en los pronósticos de los índices de crecimiento del PIB, nivel de inflación o tasas de interés en los países industrializados, pueden llegar a tener impactos de miles de millones de dólares a través de decisiones de inversión que se posponen o aceleran, por variaciones en los tipos de cambio y/o los índices bursátiles en los mercados globales. Inclusive, podrían llegar a afectar la permanencia de partidos políticos en el poder. De ahí el cuidado y la seriedad con la que se deben emprender estas tareas.

En México, la predicción económica no ha sido, cuando menos en la etapa reciente, una habilidad especial de los economistas en el poder. Parecería que reviste mayor importancia el prometer lo imposible que el convencer con lo factible. Derivado de ello son los errores en el sobredimensionamiento de las medidas con las que se está tratando la crisis, mismos que quedaron evidenciados en el porcentaje de retraimiento del PIB en el segundo semestre, del orden del -10.5% anualizado, que a todos sorprendió.

Mientras más draconianas fueron las medidas económicas aplicadas, mayor ha sido la contracción económica y menor el tiempo para nivelar las cuentas externas, a la vez que más abultada resultará la relación de bajas entre los agentes económicos y difícil y más tardía se encontrará la etapa en la que se alcance un crecimiento homogéneo, aceptable y sostenido.

Es indudable que este gobierno necesita incrementar rápidamente el nivel de su credibilidad tanto entre la población que lo eligió, como en el exterior. Por la naturaleza de los slogans de su campaña hacia Los Pinos: «El sabe cómo» y «Bienestar para la familia», el propio Zedillo requiere legitimizar ambas proposiciones. De ahí la prisa que ha tenido para apostarle desde enero, no sólo a que saldremos bien librados una vez más de los errores del pasado, sino que en el muy corto plazo la economía será nuevamente, como en la etapa de nuestros abuelos, un modelo de crecimiento, aunque esta vez, en base a la dinámica de las exportaciones.

Contrario a la creencia popular, el éxito de la estrategia económica debe buscarse no en la celeridad con la que se le cambió de signo al déficit comercial, se estabilizaron el tipo de cambio y los índices bursátiles, sino en la salud del enfermo: qué tan sano, fuerte y animoso quedará el aparato productivo para intentar nuevos y mejores niveles de producción y productividad.

De escuchar los datos y pronunciamientos contenidos en el Primer Informe a la Nación, derivo que el presidente Zedillo está razonablemente confiado en que las metas de la estabilización están suficientemente logradas. No me queda claro cómo es que vamos a pasar no sólo a la recuperación sino a ser la economía latinoamericana más dinámica de 1996 (en su acepción ya comentada). Sobre todo, si las endebles finanzas nacionales, el insuficiente acceso a los mercados voluntarios de capital y la falta de imaginación y voluntad para solventar problemas estructurales, siguen impidiendo que la mano invisible que encauza y dirige el destino de las naciones, se haga aquí, aunque sea por esta última vez, visible.

Por eso, me gustaría tomarle la apuesta a Zedillo. Me encantaría, sin embargo, que a finales de 1996 fuera yo, públicamente y por este medio, quien tuviera que reconocer mi error.