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Octavio Paz

Vislumbres de la India 

Seix Barral

México, 1995

239 pp.

Noé Cardenas. Escritor. Secretario de redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

La fascinación que la India despertó en Octavio Paz «continúa cifrada en Ladera este y en El Mono Gramático de los que Vislumbres de la India es una derivación intelectual».

¿Escribirá alguna vez Octavio Paz sus memorias o una autobiografía que no se límite a puntualizar itinerarios de sus ideas políticas o a establecer el «contexto intelectual» de ciertos libros de poesía, como ocurre con vislumbres de la India, según explica él mismo en las páginas introductorias? La pregunta surge porque Paz comienza su libro con una crónica de su primer deslumbramiento al desembarcar en Bombay; describe también sus paseos iniciales y evoca conversaciones con sus amistades de aquel tiempo y aquel entorno; antes había recontado las circunstancias que lo llevaron de París a la India. Sin embargo, cuando el relato va cobrando cierta intensidad narrativa, el escritor se detiene en seco y se reconviene: «Pero no escribo unas memorias: estas páginas, aunque rozan la autobiografía, son una introducción a mis tentativas por responder a la pregunta que hace la India a todo aquel que la visita». Insiste en que este ensayo es la respuesta intelectual, a través de atisbos en modo alguno dirigidos a especialistas, a una pregunta que rebasa las anécdotas personales -para decepción de quienes desearíamos leer francas memorias: «¿cómo ve un escritor mexicano, a fines del siglo XX, la inmensa realidad de la India?». Claro, sería injusto olvidar que Ladera este y El Mono Gramático conforman la puesta en poesía de los momentos vitales y los sentimientos que experimentó Paz durante los seis años que vivió en la India.

La coexistencia del Islam y del hinduísmo, así como la institución de las castas, constituyen dos temas que le sirven al ensayista como punto de partida de su análisis, que sigue el orden de un resumen histórico que tiene por objeto dar una idea de la peculiar «herida profunda» de la India que a lo largo de los siglos ha operado de manera paradójica: la historia de la convivencia entre el monoteísmo y el politeísmo también es la historia de una larga rivalidad. Ardua tarea la que se ha propuesto Paz con este ensayo «que no es hijo del saber sino del amor», pues el fin es atrapar la diversidad y los contrastes de aquella enormidad cultural sin caer en generalizaciones estériles. El lector encuentra claridad, sin embargo, en las partes de este libro en las cuales el ensayista procede por comparación, sobre todo cuando entabla correspondencias con cosas que nos competen a los mexicanos. Por este camino, el lector se entera, por ejemplo, de curiosas semejanzas entre la comida de la India y la nuestra: el mole y el curry se parecen -ilustra Paz- en la combinación de lo dulce y lo picante, además de que los indios tienen una tortilla llamada chapati que también funge como cuchara comestible. Acerca de cuestiones culinarias, el ensayista va más allá y, basándose en una observación de Lévi-Strauss, señala la conjunción de sabores y de tiempos en sincronía que distingue a la comida de la India con respecto a la europea, que es diacrónica, con el objeto de ejemplificar la fusión de los contrastes y la diversidad indios.

Son muchos los textos en los que Octavio Paz hace hincapié en la necesidad de ciertos estudios que enriquecerían a la cultura mexicana. Vislumbres de la India no es la excepción: hace falta -dice- que se estudie la vida y obra de Catarina de San Juan, «la visionaria religiosa más notable del periodo virreinal», quien, hindú de nacimiento, vivió en Puebla a partir de 1621, una auténtica «china» poblana.

Paz señala que una amenaza permanente de la India es la escisión. Esto se debe en gran medida a que el nacionalismo -ferviente de modo especial a partir de la dominación inglesa, no por reacción sino por influencia del pensamiento occidental- es incompatible con las «antiguas divisiones religiosas, étnicas y culturales», las cuales dieron lugar a que el subcontinente quedara dividido, en tiempos recientes, en India, Paquistán y Bangladesh. En un gran apartado, el ensayista se refiere a la historia política de la India durante el siglo XX. Gandhi, el santo «de la camisa de algodón manchada de sangre», así como su heredero (no discípulo ni continuador, aclara Paz): Nehru, ocupan esperablemente la atención del ensayista. Así queda fijado Nehru: «Fue el fundador de la República y su legado puede comprenderse en tres palabras: nacionalismo, secularismo y democracia»; sin embargo, Paz no deja de señalar los errores y los puntos débiles de su política. Si nuestro nacionalismo ha alcanzado extremos negativos como el slogan «íComo México no hay dos!», ya podemos imaginar lo que ocurre con los varios nacionalismos de la India combatiendo entre ellos, tomando en cuenta, además, que la resurrección de los nacionalismos y de los fanatismos amenaza en la actualidad la paz internacional. Después de extender su reflexión acerca de las ventajas -que no la perfección- de la democracia y del secularismo (el cual exige dos condiciones: la división de poderes y la prudencia del gobernante), el ensayista lamenta que para que las culturas indias puedan un día conversar en paz, tuvo que derramarse la sangre de Mahatma Gandhi, de Indira y de su hijo Rajiv, entre otras tantas víctimas inocentes.

Más adelante, el ensayista se refiere al arte escultórico y arquitectónico y al pensamiento hindú; dice que hay una absoluta correspondencia entre ambos, mientras que la lógica, la gramática, la estética y la erótica, así como la poesía sánscrita se inclinan por los catálogos y las clasificaciones. El continuo ir y venir entre unidad y vacuidad es lo que distingue, según Paz, a la poesía, a la música y al pensamiento de la India. También distingue las connotaciones que tienen el erotismo y ascetismo en el pensamiento hindú. En éste, no hay ni dios creador ni pecado original; «lo divino se manifiesta en la pluralidad de dioses» con una fuerte sexualidad; el cuerpo, condenado por el cristianismo, sirve como instrumento de liberación, una liberación con carácter insolidario, un desinterés sin filantropía».

«Hinduismo y budismo son una crítica radical del tiempo», señala el ensayista, su único sentido es extinguirse, de ahí que en la India no haya conciencia histórica. Paz compara esta concepción del tiempo con la de los chinos, musulmanes, cristianos hasta llegar al tiempo como lo concebimos hoy: «El futuro ha dejado de ser una promesa radiante y se ha vuelto una interrogación sombría». Partir de la realidad concreta de cada día, tender puentes hacia el presente, es la recomendación con la que suele concluir Paz varias de sus reflexiones recientes: «Creo que la reforma de nuestra civilización deberá comenzar con una reflexión sobre el tiempo».

Vislumbres de la India cierra con una colección de epigramas sánscritos traducidos (del inglés o del francés) y comentados por el poeta. ¿Logra transmitir este libro la fascinación que despertó en Octavio Paz la India? Esta transmisión continúa cifrada en Ladera este y en El Mono Gramático, de los que Vislumbres de la India es una derivación intelectual.