A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Jesús Gardea

Difícil de atrapar

Joaquín Mortiz

México, 1995

126 pp.

Los más recientes cuentos de Jesús Gardea no son una manifestación de la llamada literatura del desierto sino un ejemplo consumado del afán por trascender la literalidad misma del género.

El capricho y las barbaridades críticas han contribuido a que los libros de Jesús Gardea se lean como expresión de la llamada literatura del desierto. También han contribuido a inventarle un estilo literario a ese desierto arquetípico, el de Gardea por ejemplo, que en término llanos estaría determinado por la sonoridad y cierta lengua reseca. Es posible leer a puñetazos, buscando ablandar más al libro entre manos que la comprensión. ¿Hará falta prevenir entonces al lector para que no se vaya con la primera impresión? De esto se trata: las recompensas por leer a Gardea no le serán dadas a nadie por añadidura. En otras palabras: Gardea nos exige un esfuerzo similar al que necesita para escribir un libro. No suena suena muy divertido. No, al menos, para quienes dan vuelta a la página sin emplearse en nada.

Mucho más importante que el desierto es la mirada con la que Gardea intuye y atrapa su verdadera consistencia. Se sabe que en el desierto el tiempo móvil carece de importancia, se sabe que ahí la memoria inmediata es extraordinaria y que no se admite alentar esperanzas de ninguna especie. La narrativa del desierto le ha dado demasiadas vueltas a todas estas cosas. Se sabe, también, que en el desierto hace calor, mucho calor. Gardea se sobrepone fácilmente a estas convenciones cuya obvia y pobre naturalidad sólo refuerza la persistencia de una literatura con auténtico sabor local, compuesta de gente de sombrero y tristeza, de gambusinos y viejas locas, de arena y sol y muchachas abanicándose. Lo que a Gardea le importa del desierto es la luz que proyecta, que violenta el ojo y sorprende al iluminar el mundo que todos dabamos por conocido.

Así que debemos sorprendernos. Los ocho cuentos de Difícil de atrapar son capaces de contar la historia de la luz y sus accidentes, no sólo porque dibujan verdaderas formas plásticas sino porque a partir del instante en que son leídos pueden advertirnos al fin de la existencia de la luz. Lo digo sin rodeos: Gardea encontró una de las maneras más significativas de transformar a la literatura en un objeto para contemplarse, sin que por eso abandone sus deseos de ser leída.

De modo que los lectores nos volvemos observadores. Leemos, por supuesto, pero la lectura se dirige no al discurso mismo sino igualmente a la imagen que éste proyecta. ¿Qué vemos? Un Juego de luz y sombra, dos líneas que se tocan en un punto en el que la plasticidad y las sugerencias visuales son la materia primordial del relato, un mundo en el que el ojo percibe por igual la imagen y la palabra que la proyecta.

¿Y qué leemos? Ocho historias de cámara, ocho historias cuya riqueza de significado radica justamente en que apenas requieren de unos cuantos elementos. Esos elementos son un hombre y una mujer, las sombras que proyectan y la luz que es la causa de la felicidad o la infelicidad sólo por la fuerza erótica y mortal que promueve en cada cosa. La luz irrumpe queda o violentamente, tal como siempre es apagada por la reclusión o la noche, o avivada por una ventana abierta. En el mundo inhóspito de Gardea, los hombres y mujeres cumplen con minuciosa exactitud los rituales que dependen de la presencia o la ausencia de luz. Existen el espacio cerrado y el negro, pero como homenajes inversos al espacio abierto y al blanco. Y lo más importante: los hombres y las mujeres de Gardea parecen sufrir de un exceso de luminosidad, el mismo en el que se asienta su deseo, que es a la vez un exceso de orden, que es a la vez el enemigo de su deseo.

Suele creerse que la literatura es demasiado insustancial para ser vista. Es una opinión aburrida. Si algo proyectan los cuentos de Gardea es no tanto la literalidad como la plasticidad del género. No hay nada más aburrido, más desértico, que la obra cristalina, que cumple todos los requisitos, escrita por un experto: ese tipo de ejemplares están bien para ser leídos, sólo para eso. Lo fascinante es tropezar con algo que nos proponga un pequeño más allá. Una visión, por ejemplo.