A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Una entrevista con María Novaro

César G. Romero. Editor de la revista Playboy.

Pareciera que ha sido la excelente acogida en el extranjero más que la factura decorosa la búsqueda artística o el disfrutable manejo del drama lo que les ha abierto las puertas de la exhibición comercial digna a las películas de María Novaro en México. Y esto resulta aún más paradójico para cintas que han logrado trascender la etiqueta de sólo para mujeres.

¿Hay alguna de tus impresiones en la frontera que no haya quedado plasmada en El jardín del Edén?

Muchas. Yo quisiera hacer otras varias películas de la frontera pues lo que uno diga de ella es poco. Es la locura total. Tengo muchísimas ganas y, de hecho, he estado más en contacto con la cultura chicana; ahora mismo estoy tratando de armar la adaptación de una novela chicana. Me interesa muchísimo, como mexicana, reflexionar sobre la cultura chicana. Hay algo roto entre los chicanos y nosotros, es una herida que tienen los chicanos y una pérdida que tenemos nosotros. Estamos llenos de prejuicios, de estereotipos, de tonterías, de cosas muy simplistas como «íqué mal hablan el español!». Dice Monsiváis que pensar a los chicanos es reflexionar sobre nosotros mismos en el futuro, que lo que le sucede a ellos tiene que ver con lo que nos está sucediendo a nosotros y que ni cuenta nos damos, nos estamos chicanizando y no lo sabemos. Eso me interesa mucho, reflexionar sobre la experiencia chicana en función de qué va a pasar con este país y cómo vamos a acomodar nuestra alma. Ese tema me apasiona y lo toqué apenitas con una pincelada. Creo que hay material para armar muchas historias en el futuro.

Por ahí Jaime López decía que México entero es una frontera. ¿Tiene sentido esta afirmación?

Creo que sí. Creo que es lo que está en el fondo de que la neguemos tanto. O de que la conozcamos tan poco. Por ejemplo, yo pensaba: ¿qué hay en el fondo de que tantísimos mexicanos creamos que los mexicanos de la frontera lo son menos? Eso es, simple y llanamente, una tontería, pero debe haber alguna razón para creernos eso, y debe ser el miedo que nos da agringarnos, y el miedo que nos da perdernos. Por eso se lo atribuimos a otros. ¿A quienes? Pues, por ejemplo, a los de Tijuana.

Alguna vez dijiste que los mexicanos habíamos dejado de sentirnos fuertes y guapos. ¿Cómo propones recuperar ese placer?, ¿es posible esto en la «aldea global?

Es una batalla no muy compartida, con pocas perspectivas y poco apoyo, pero es necesaria para la sobrevivencia, porque esta aldea global va a adquirir un rostro que no es el nuestro, y una forma de ser que no es la nuestra. Y es en este sentido que me interesa reflexionar más y más la condición chicana. Cuando uno deja de ser lo que es, uno no se convierte en otra cosa; se convierte en nadie. Somos lo que somos: tenemos rasgos maravillosos y cosas horrendas, una mezcla de cosas, pero que es nuestra; dentro de ellas podemos hacer una serie de cambios y esfuerzos, correcciones, hacernos más democráticos, etc., pero no perdernos en la nada. Lo que ha pasado con la globalización es que se ha emitido una sentencia de muerte. Es como si nos dijeran «a ustedes son a los que les tocó morirse»; hablo en un sentido profundo de nuestra manera de ser. «A los que les tocó vivir es a estos otros». Está muy difícil pelearse con «estos otros», pero está más difícil aceptar morirse, y creo que tenemos que seguir dando la batalla. Tenemos que pelear nuestro espacio en esa aldea global y decir «somos esto, ¿cómo la ven?»

¿Qué piensas de que algunos críticos europeos te consideren como la heredera de Robert Altman?

Me dio mucho gusto, pero me queda muy grande la camisa. Creo que se refieren a que en El jardín del Edén, y antes de que saliera la película de Altman, propuse una narrativa de vidas entrecruzadas. Ojalá que las gentes con las que trabajé antes de hacer El jardín… hubieran visto la película de Altman. Yo necesitaba más tiempo para contar esta historia, y si me hubieran permitido contarla en dos horas y cuarto hubiera quedado menos presionada. Lo peleé mucho y no lo conseguí. Efectivamente, cuando uno va a contar historias muy complicadas -El callejón de los milagros, por ejemplo, dura dos horas y media- se necesita un poco más de tiempo para narrar y eso no se comprendió cuando hice la película y se apretó demasiado. Me gusta mucho que se considere como posible el usar el lenguaje y la forma cinematográficos para contar historias no convencionales, historias cruzadas, como las de Altman, o historias más basadas en imágenes porque hay una tendencia pavorosa en el mundo a contar las historias de una sola manera y a creer que las películas se tienen que contar siempre de esa manera. íQué agobio!, ¿no?

¿Cómo hacer un cine que recapture al público mexicano y que al mismo tiempo reciba el reconocimiento necesario en el extranjero?

Por una serie de razones -pero también conscientemente y como una opción- yo he ido armando mi corta carrera y mis tres largometrajes como coproducciones con dinero extranjero. Siempre ha habido dinero mexicano implicado, pero buena parte de la producción se ha hecho con dinero europeo en los dos primeros casos, y canadiense y francés en el caso de El jardín del Edén. Otra opción que otras gentes están explorando es exportarse e irse a trabajar a Los Angeles. Por mis aficiones, por lo que quiero contar, por lo que me interesa, prefiero traer el dinero de fuera para filmar aquí. Ojalá lo siga logrando. Creo que más que el asunto de las mujeres, lo que yo he tratado en mis tres películas es una reflexión sobre algún México. En cada película he reflexionado sobre uno de los muchos Méxicos posibles. En la medida en que tengo que conseguir dinero de fuera, tengo también que buscar la manera de que sean atractivas en el exterior -aunque sea sobre temas mexicanos. Ahora tengo alguna idea al respecto; antes sólo lo suponía y ahora me he dado cuenta de que pueden ser perfectamente asimilables e incluso atractivas, si lo hago con inteligencia, con cuidado, con sinceridad. He ido encontrando mi modo de contar cosas muy mexicanas y que sean atractivas para ellos. Se me da. Una cosa de la que estoy consciente es que Danzón fue muy exitosa pero era muy llevadera y muy fácil, que enganchaba a la gente y la llevaba por un viaje muy placentero, no era una película que exigiera del espectador una cierta actitud y un cierto esfuerzo; El jardín del Edén sí. Eso me interesa, conocer qué tanto el público mexicano puede encontrar placer en una película que le requiera otro tipo de relación como ésta, que es una película dificilona.