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Bernardo Ruiz. Escritor. Su más reciente libro es Memorial de la erinia.

Desde el espacio cuasi infinito de la electrónica, un relato de ficción cibernética, el diario de uno de los elementos más flexibles de la computadora.

Bueno, para ser más preciso diré que soy el disco duro de la máquina de Juan, una computadora que fue hace tres años la avanzada de su tipo, como una modelo de Cosmopolitan. Juan se ufana aún de la marca y de la pantalla, una buena vga y se debería sentir también orgulloso de mis 80 megas, que para mis tiempos, en una notebook, era todo el poder que un clasemediero como es él podía requerir.

Con un poco más de atención a lo que ve en los puestos de periódicos, Juan sabría que entre manos lleva el equivalente a un Rolls Royce.

Si he de ser sincero, yo sí me siento satisfecho conmigo mismo; ya he perdido la cuenta de los giros que he dado, y los miles de archivos que se han registrado en mis sectores. Y pese a un fuerte par de infecciones, y una reformateada, estoy nuevo, con unos cuantos miles de kilobytes inútiles, apenas. En suma, si Juan se ve como yo a los 80 años, pensarán que no excede la cincuentena.

Hace unos tres meses pensé que dejaría de ser el disco duro de Juan. Miraba la computadora con desdén, como si estuviera harto de nosotros, del servicio que le prestamos. Presumía en los bares de que nunca había abierto la carcasa, que todo era original hasta el hueco para el fax-módem. El mouse ha corrido como de costumbre, los puertos nunca han dado problemas, y para el trabajo fino conecta a otro teclado y a un monitor grande, de color, la tarjeta madre.

Sin embargo, teníamos problemas. Uno le echa siempre al bios o al procesador la culpa de una falla, o al nuevo programa que más parece una red de remiendos que una serie de razonamientos precisos ensamblados con habilidad; en fin, con tres o cuatro de los nuevos paquetes hubo problemas. Y Juan se ponía a oir el murmullo de los sectores al respaldar un archivo, como azorado por el tiempo que tardaba el proceso.

No era una cuestión de pánico, esas cosas siempre suceden. Pero pronto nos dimos cuenta de la infidelidad: andaba con otra o con otras, quizá más jóvenes y con más recursos; mas ninguna tan segura como nosotros. Esas nuevas siempre hacen locuras o están mal configuradas.

Por suerte Juan consultó a un buen especialista, un hombre sensato. La entrevista fue larga; sufrimos con paciencia los manoseos del doctor Norton y de un tal Check it; total, tras mil pruebas o más, un estado de salud envidiable, lo que decía yo al principio.

Aquí no hay manera de ocultar la verdad. Uno puede ponerse lento si están todos los archivos fragmentados, y hay que buscar -entonces- cada dato por un laberinto de miles y miles de sectores. Tan fácil que es un compress o un speedisk… Tras el ordenamiento, vuelven la velocidad y la precisión.

Atrás de todo este juego de suspicacias se descubrió el pastel: Juan quiere modernizarse: estar en Internet, no sacrificar sus programas en dos. Y, evidentemente, poner al día su oficina portátil. Eso si, con la crisis, tiene menos dinero que antes. Lo que también significa que continuaré siendo el disco duro de Juan durante otros dos años, por lo menos.

El especialista recomendó entonces que borrara toda la basura almacenada en mis sectores. Juan creía que mucha de ella era información. La solución media fue enviarla a discos flexibles. Muchos programas que no fueron usados en meses, desaparecieron. «A la tiniebla cibernética», llegó la orden, y allá fueron.

Bueno, hasta el Windows 3.0 murió por la ciencia. Junto con algunos juegos. Esto se quedó casi desierto.

No por mucho tiempo. Con tanto espacio, cupo el Windows 3.11 para trabajo en grupo, que ha resultado fácil de instalar, estable y eficiente. Aunque trae un programa para manejo de fax, Juan insistía en el Winfax 4.0 de Delrina, que había recomendado nexos; pero el especialista le sugirió que no, que utilizara Quicklink II para Windows, que sin grandes aspavientos ofrece a Juan una gran compatibilidad para envío y recepción de facsimiles. Y se ahorró los 500 dólares del WinWord 6.0. (Juan usa Word 5.5, salva su archivo y lo llama a través del Write de Windows, que utiliza como impresora el fax).

Por si las moscas (es decir, el posible despegue de la economía), se compró un fax-módem externo de 800 pesos, que corre a 28 mil baudios por segundo. En escasas líneas telefónicas mexicanas podrá usar su Motorola, pero con el tiempo le será útil -y más caro si el nuevo peso le quiere hacer competencia a los viejos.

Con asombro, también, Juan ha descubierto que programas pequeños y de precio accesible, no muy famosos, le permiten trabajar con sus recursos, sin aspavientos y sin necesidad de gastar como quienes van con la moda. Usa sólo programas gratuitos o de shareware para conectarse con Internet, y nos mira con más cariño que antes. La paz y el equilibrio han regresado al sistema, y en otra ocasión daré oportunidad a otras piezas de la computadora de Juan de narrar sus experiencias; por lo pronto, el tiempo de esta transmisión ha terminado.