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Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

DESDE HIPONA, CON AMOR

Agustín, para los católicos santo, norafricano converso por obra y acierto de los sermones milaneses de Ambrosio el obispo de Milán, vivió a caballo entre los siglos IV y V de nuestra era. En el año 395 fue consagrado pastor de los fieles de Hipona y murió ahí mismo, cuando las tropas bárbaras asediaban a la ciudad, el 28 de agosto del 430. Nadie duda que se trata de uno de los pensadores cristianos más importantes. Estoy convencido de que lo es. Lo habría sido con sólo haber puesto por escrito sus reflexiones sobre el tiempo que lo llevaron a plantear el instante actual como presente de presentes, presente de pasados y presente de futuros y, a partir de esto, su definición de las facultades humanas: la atención, la memoria y la previsión, cada una para cada uno de esos presentes, respectivamente. Nunca agradeceré lo suficiente a Etienne Gilson y a Ramón Xirau los esfuerzos que -traducidos a libros- hicieron para acercarnos a la comprensión del pensamiento agustiniano, ni a mi maestro dominico Louis-Bertrand Geiger las horas que dedicó a conducirnos por los textos del filósofo y latinista más destacado del continente africano.

DESMEMORIADOS

Según Jean-François Revel, cada quien se acuerda de lo que le conviene o al menos de lo que les es menos incómodo. Es el caso de los deberes, siempre menos socorridos que los derechos a la hora de las reclamaciones, los documentos, los homenajes y las conmemoraciones. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de que el 22 de agosto de 1795 -5 Fructidor, año III, en la revolucionaria y francesa cronología- los constituyentes galos elaboraron y decretaron la Carta de los Deberes del Hombre y del Ciudadano? ¿Alguien ha traducido, editado y difundido en español esa carta? Parece que no. La razón es, para Revel, obvia según el artículo suyo que publica Le Point: los derechos son míos, son para mí; los deberes son deberes de los otros, de los demás. El autor se pregunta si es sustentable -así se dice ahora y hasta se entiende- una sociedad en la que cada quien exige cada vez más derechos y ve en cada exigencia de cumplimiento de un deber un atentado contra su libertad. ¿Puede haber genuina política sólo a base de exigir derechos? ¿Por qué tantos recuerdos a la formulación de los derechos del hombre y del ciudadano, y tan poca o nula memoria en relación con los deberes?

REVISAR LOS RECUERDOS

Se atribuye a algún pensador bolchevique la expresión con que, al triunfo de la revolución rusa de 1917, respondió a quienes le exigían inventar el futuro. «No -aclaró-. De lo que se trata es de inventar el pasado». Hannah Arendt recuerda que en los tiempos de Stalin, en algunas localidades en que la represión llegó al grado de matanza genocida, junto con los cadáveres se incineraban las actas de nacimiento: lo que no había visto la luz ¿cómo podía haber sido asesinado?

Lo hemos visto también aquí, en México. La historia oficial es la invención del ayer que se necesita para justificar el hoy. ¿Recuerda el lector cómo le fue al doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, a la sazón titular de Educación Pública, cuando se atrevió a promover una limpieza general de aquella historia de Estado, obligatoria para los niños de primaria?

Todo este prólogo brotó en el teclado después de leer, en Le Nouvel Observateur, la recensión de un libro de Alain Boureau a cargo de André Burguiere. La obra se llama, en francés, Le Droit de cuissage; la fabrication d ‘un mythe, XIII-XIX siecle, lo que en castellano sería «El derecho de pernada; la fabricación de un mito, siglos XIII al XIX».

Como se sabe, tal derecho (otra vez los derechos) era una especie de impuesto en especie que permitía al señor feudal regodearse en la carne virgen de sus súbditas antes que cualquier otro varón. Y con tal derecho, afirma Burguiere, pasa lo mismo que con el tema del cinturón de castidad: se construye un fantasma tenebroso y malévolo al que se le pega la etiqueta de Edad-Media-Oscura.

Es aquí donde aparece Boureau -un historiador positivista, nada católico- con la escoba: todos los cinturones de castidad que se exhiben en los museos fueron hechos íen el siglo XIX!, y no hay documento o testimonio acerca de la pernada que permita ir más allá de rumores o creencias en relación con tal materia. Barrido este espacio de la memoria, acota Burguiere, la Edad Media y su pensamiento aparecen por lo que tienen de esencial y fundante: «una filosofía de la persona y de la autonomía que fue el verdadero crisol de la modernidad».

SIEMPRE COCA COLA

De 1945 a 1949, es decir, del término de la Segunda Guerra mundial al inicio en firme de la reconstrucción europea, las cosas fueron cuando menos curiosas en la Europa que quedó del lado llamado libre. Así lo muestra una obra de Anthony Beevor y Artemis Cooper -Paris after the Liberation- recientemente editada por Penguin Books, basada en documentos de las embajadas norteamericana y británica ante el gobierno del general De Gaulle.

Entre el sentimiento de inferioridad de los franceses, los afanes snob de los ingleses y el mercantilismo obsesivamente anticomunista de los estadunidenses, todo era posible. Así, un senador yanqui podía exclamar al ver un retrato de Maurice Thorez: «Un hombre tan saludable no puede ser comunista». Y Hemingway le dice -para homenajearlo- a Sartre: «En el orden del pensamiento usted es general y yo sólo capitán».

Al calor de los tiempos, la Coca Cola pretendió ubicar su roja insignia nada menos que en la Torre Eiffel. ¿Cómo se logró que el sacrilegio no llegara a consumarse? Muy sencillo, un norteamericano consiguió desalentar a los promotores del proyecto aduciendo que la ofensa multiplicaría por cinco las adhesiones al Partido Comunista Francés entre los vitivinicultores. Por primera vez -tal vez la única, visto lo que hoy sucede en China-, lo bueno para el mundo libre lo fue también para una empresa estadunidense.

EL FUTURO POR ENCONTRAR

Ahí están los hechos, las cifras y los resultados, Los socialistas tuvieron que salir, a impulso de votos, del gobierno francés; están a punto de alejarse, por la misma vía, de las responsabilidades gubernamentales en España; su líder italiano anda prófugo; sus competidores democristianos mandan en Alemania. Sólo hay una esperanza socialista europea: la que abanderan los laboristas británicos.

Vale la pena preguntarse qué están haciendo los flemáticos políticos de la isla para encontrar futuro. Lo intenta en L’Express el editorialista Jean-Claude Casanova. He aquí su conclusión: Tony Blair, la estrella laborista ascendente y, al parecer, la estrella única del socialismo europeo con miras al siglo XXI, debe su buen éxito al recentramiento completo de la doctrina y las propuestas de su partido, emprendido sin espíritu faccioso ni rémoras envejecidas.

Casanova escribe que, «creados como las contra-iglesias de una religión secular, los partidos socialistas se convirtieron en máquinas electorales destinadas a movilizar a la fracción menos favorecida del electorado, sin poderle aportar en la actualidad el consuelo de una ciudad futura y prometiéndole tan sólo defender sus derechos e intereses». De allí su fracaso. Eran el rostro humano de algo que ya no existe: el llamado socialismo real.

El editorialista francés añade una reflexión no menos atendible: «Tony Blair ha declarado que el laborismo debía más al metodismo (protestante), al despertar religioso de la Inglaterra del siglo XVIII, que a Marx o al culto al Estado. Añade que su tarea principal, en los días que corren, consiste en volver a dar cohesión moral a la sociedad, frente a la declinación de la familia y al aumento de la criminalidad».

No está de más tomar en cuenta al único socialista exitoso del momento, especialmente ahora que, con base en las exigencias libertarias, se empuja a la sociedad y al Estado a dejar de lado todo planteamiento y todo esfuerzo morales, así como toda referencia religiosa.

VIDAS PERPENDICULARES

Se ha estudiado bastante el conjunto de intersecciones entre los caminos intelectuales de Albert Camus y Jean-Paul Sartre. Nadie, empero, había hecho el esfuerzo de analizar los itinerarios del profeta del existencialismo y de Raymond Aron. Ahora lo hace Jean-François Sirinelli, en un libro que edita Fayard y anuncia -sin dar el titulo- una entrevista de Michel Winock en L’Evenement du Jeudi. Lo que el periodista y el intelectual -historiador, por cierto- nos entregan es fascinante y avisa de que habrá pronto a la disposición del lector un libro relevante.

«Se reconocían mutuamente, con admiración pero sin verdadera amistad», afirma Sirinelli. Aron y Sartre venían, hay que recordarlo, de la misma generación y de la misma escuela -la célebre Normal Superior, la de Filosofía-, así como de la misma revista Les Temps Modernes. Luego el primero se fue con Camus a Combat y comenzó entre los dos lo que el autor llama «la guerra de treinta años». Sartre fue idolatrado por sus discípulos y por quienes vieron en él un compañero de viaje filocomunista. Aron fue aborrecido y su lucidez sólo cosechó aplausos generalizados hacia los años setenta. La hecatombe comunista dio a Aron el papel que el auge rojo había dado a Sartre. Al final, la convergencia en favor de los boatpeople del sudeste asiático. íAh, el tiempo!