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Quién sabe para qué escribe uno, siempre el que escribe se lo pregunta y sigue escribiendo e inventándose, si necesita, las razones, y en inventarlas se le va el escribir. En todo caso, uno escribe con signos y por signos y cuando éstos son cambiados la escritura se pierde, aunque las palabras queden. 

Estaba yo en Buenos Aires en mayo de este año, allá es otoño cuando en el norte es primavera. Leí una mañana en el diario Clarín la noticia del suicidio extraño de una niña de veintitrés años, Carolina Pullisaar, pintora y artesana, que luego de bailar sobre las ramas más altas de un árbol de un antiguo paseo de la ciudad, la plaza Francia, se había zambullido hacia el césped y hacia la muerte. La vio caer una amiga que la estaba dibujando mientras la niña, luego suicida, posaba para ella desnuda sobre la alta rama contra el cielo.

La vieron también, con asombro o con indiferencia, pasantes, curiosos y hasta un señor que andaba por allí con su video-grabadora y registró la danza y la caída. (Cada vez menos se puede hacer algo en este mundo sin que algún video lo esté registrando, tal vez ahora en mi oficina de College Park alguien graba en videotape estas líneas que escribo, hasta que la acumulación de videos vírgenes sobrepase a la cantidad de realidad registrable y haya que inventar un medio de enriquecer o dilatar la realidad para poder seguir grabándola sin que estalle una crisis por capacidad ociosa de videotapes o no correspondencia entre éstos, en su detrimento, y la realidad.)

La niña, entonces, se suicidó en otoño, y recuerdo que era una hermosísima tarde en Buenos Aires.

(Carlos Drummond de Andrade escribió en los cincuentas: «Otoño es la estación en que ocurren tales crisis, / y en mayo, tantas veces, morimos (…) No hay nunca testigos. Hay distraídos. Curiosos, muchos.

¿Quién reconoce el drama, cuando se precipita, sin máscaras?». El poema se llama «Tarde de mayo».)

Llevado por ciertos impulsos, recuerdos o premoniciones que no es el caso de explicar aquí (no sea que nuevos desastres sobrevengan) fui a buscar a uno de mis viejos amores, Alejandra Pizarnik, poeta ilimitada a quien no conocí, apenas unos años menor que yo pero hoy mucho más joven porque se suicidó en 1972, a los treinta y seis años de edad, y esos son los años que tendrá para siempre. En una poesía traslúcida y escueta como árbol de la noche, Alejandra habló siempre de su muerte, con ese recato rioplatense que se revela cuando el que habla parece que dijera de otro.

Por azar o deseo, encontré entre mis libros su Arbol de Diana. Volví a leer sus poemas tan breves. Todos se me ordenaron en torno al árbol y a la niña de plaza Francia. El diario, además de la noticia, traía una imagen en un fotograma registrado por el pasante en su video, la niña en puntas de pie sobre la rama se ve a contraluz, detrás el cielo, como una sombra nítida que repite la silueta de Diana, la mexicana, la de la fuente y la glorieta de Reforma. Arbol de Diana el mensaje era claro.

Después, ese mes de junio pasaron muchas cosas. Recordé a Cecilia, que dos años atrás se había suicidado en México, dejando una tranquila carta a sus hermanas, unas cuantas poesías suyas y casi nada más porque estaba muy sola. Semanas antes la había visto y, sin saber para qué, me regaló un poema de Luis Cernuda que en mis viajes se me había perdido. Fue a parar, así por eso, a mi historia del cardenismo. Así salen los libros y después creen que uno lo ha planeado.

El 2 de julio todo se puso en orden. Pude escribir entonces sobre la niña de plaza Francia y la poesía de Pizarnik un texto donde ésta describe la muerte de aquélla cuando habla de la suya propia. Cuidadosa construcción, unas partes iban en redonda, otras en negra, otras sangradas y algunas palabras en cursiva.

La computadora de nexos, muy lejana de mis viejos tipógrafos, absorbió el diskette. Desaparecieron negras, cursivas, sangrados y quién sabe qué más y todo quedó en redonda uniforme y feliz. Desaparecieron, sobre todo, Cecilia y su dedicatoria. Quien lee el texto, claro, no sospecha nada, como aquellos que desde que existe el cine creen soñar en blanco y negro y no imaginan siquiera los colores de sus sueños.

Apareció, eso sí, la foto de la niña. Pero una nota perdida al pie de página decía que era la poeta Alejandra Pizarnik antes de su suicidio. Esta maravillosa trasposición, con su volátil carga de humor negro, casi me hizo olvidar el estrago sufrido por el texto. Al menos me reí, como supongo lo habían hecho Alejandra, Carolina y, de seguro, Cecilia.

¿Para qué escribo pues todo esto, si lo pasado pasó y nadie se dará cuenta si es que alguien leyó y al final qué importa si las tres están muertas y, en el largo o en el corto plazo, por voluntad de Keynes todos nosotros también lo estaremos?

Ninguna cantidad de aclaraciones que a nadie interesan puede ya recuperar lo escrito ni los impulsos que lo originaron ni los equilibrios que lo sostuvieron ni la grafía que, tanto como las palabras, quería transmitirlo.

Quede entonces dicho que yo no escribí el Arbol de Diana que apareció en Deshoras en agosto pasado.

College Park, Maryland,

15 septiembre 1995.