A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.

La rebelión indígena de Chiapas,(*) encabezada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, apareció como una revelación el 1 de enero de 1994 con la toma de San Cristóbal y otras poblaciones chiapanecas, la declaración de guerra al ejército mexicano y un programa radical de demandas campesinas y nacionales. No se presentó a sí misma como una rebelión, sino como una revolución. Como declaró el subcomandante Marcos ese día a unos turistas azorados: «Perdonen las molestias que les ocasionamos, pero esto es una revolución».

(*) Este artículo fue escrito para la revista checa Listy, hoy legal, ayer clandestina bajo la dominación soviética. Es además un resumen de una ponencia para el XIX Congreso de LASA, septiembre 1995, y de un proyecto de investigación.

Basándose en la identidad anterior de su dirigente más conocido, el subcomandante Marcos, la versión oficial de la rebelión difunde la idea de que se trata de la continuidad de los movimientos guerrilleros urbanos mexicanos de los años 70. Es difícil explicar, en esta visión conspirativa de la historia, la magnitud alcanzada por el movimiento zapatista, que moviliza en Chiapas decenas y decenas de miles de manifestantes indígenas organizados, su repercusión nacional e internacional, las movilizaciones que ha suscitado en México entre los estudiantes, los campesinos, la sociedad urbana y, sobre todo, el cuerpo de sus ideas.

Un estudio cuidadoso de las ideas zapatistas demuestra lo contrario: cómo aquellos elementos iniciales, al entrar en contacto con el complejo, organizado y experimentado mundo de las comunidades indígenas, sus ideas, sus organizaciones sociales preexistentes durante largas décadas y sus dirigentes, sufrieron una transformación, un proceso de «contaminación», en las palabras de Marcos, y juntos se transformaron en algo nuevo, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Este movimiento armado y clandestino de masas inédito (porque clandestino y de masas son condiciones antitéticas, a menos de que se trate de una etnia o una nación negada y oprimida), al entrar en el escenario nacional mexicano en enero de 1994 y ponerse en contacto con la sociedad por un lado y con el Estado por el otro, prosiguió su curso de evolución y transformación de presupuestos e ideas -no de valores y principios- hasta dar lo que es hoy el neozapatismo.

Ubicado en el curso del siglo mexicano, el zapatismo de los años noventa aparece como la combinación entre un retoño tenaz y persistente de la revolución nacional liberal interrumpida; los proyectos socialistas de la intelligentsia urbana; las esperanzas agrarias y milenaristas de comunidades campesinas e indígenas largamente postergadas; y el comunitarismo cristiano. Esta heterogénea combinación estaría regida por la lógica nacional (y más que secular) de la revolución liberal, es decir, de la constitución de una comunidad estatal democrática en México, país de desigualdades sociales abismales, aunque dicha lógica muchas veces no resulte evidente para la conciencia de los protagonistas, dominada por otras ideologías.

La persistencia de esta combinación en estos días obedece, a mi juicio, a la búsqueda imaginaria de una explicación y una respuesta a la extensión creciente de las relaciones de intercambio capitalista y a la incorporación de estos países a la globalización de la economía, la hoy llamada «modernización». Es un intento de oponer a ésta no un retorno al pasado comunitario, sino una variante alterna que permita incorporar las adquisiciones de esa «modernidad» sin destruir las sociabilidades propias de aquellas relaciones comunitarias y sin perder el sentimiento de protección y de seguridad que la comunidad da al individuo. En formas confusas y a veces por demás ideologizadas, esta aspiración retorna sin cesar en textos, actitudes y formas de organización.

La desaparición de la Unión Soviética elimina del campo de análisis un elemento perturbador cuya influencia en movimientos de este tipo era desde hacía ya tiempo mucho más aparente que real y, en todo caso, mucho más nociva que favorable. Ya no es posible que los partidos comunistas den a entender que sus posiciones influyen en el movimiento o, desde el lado opuesto, que el gobierno lo acuse de ser producto de una intervención extranjera.

El zapatismo presenta una serie de rasgos novedosos con relación a los precedentes movimientos guerrilleros latinoamericanos, que lo convierten en un fenómeno cualitativamente diferente, tal vez más revelador de tendencias nuevas que continuador de experiencias pasadas.

Esto al menos por las seis razones siguientes:

a) Esta guerrilla se ha expresado por la palabra escrita mucho más que cualquier otra y ha recurrido mucho más al diálogo y a las convocatorias a la sociedad civil que a las acciones militares, circunscritas a los primeros doce días de la rebelión.

b) Se ha ligado con un movimiento político precedente de la sociedad civil, el cardenismo, y en su evolución ha terminado por coincidir con las demandas principales de éste, más propias de un Estado benefactor democrático que de un proyecto socialista: tierra, salario, empleo, salud, techo, educación, información, justicia, libertad, democracia.

c) Su aparición se ha insertado en un fin de régimen, en una evidente e irreversible crisis de la forma estatal autoritaria vigente desde la Revolución Mexicana, y en el comienzo de la integración económica formal entre Estados Unidos, Canadá y México sancionada en el NAFTA. A su vez, este fin de régimen ha marcado fuertemente la evolución de las ideas y actitudes del EZLN. De la inicial demanda de lucha por el poder, el zapatismo ha pasado a plantear en forma terminante que no busca el poder como movimiento armado, sino el fin del régimen de partido de Estado en México (el PRI gobierna desde 1929 sin interrupción) y la instauración de una república democrática donde sean los votos y los civiles, y no las armas, los que decidan quién y cómo gobierna.

e) Su discurso quiere asumir la modernidad ciudadana conservando al mismo tiempo la tradición indígena comunitaria. Estas aspiraciones contradictorias y convergentes se manifiestan tanto en las propuestas y el lenguaje como en el uso de los medios de comunicación y de sus técnicas.

f) Su mensaje, sus referencias imaginarias, sus símbolos provienen, como su nombre mismo de zapatismo, de la historia nacional mexicana y se insertan, con provecho, en la ambigüedad de la ideología (o las ideologías) de dicha revolución.

Hay además un elemento fundante que permitiría explicar el eco insospechado encontrado por los zapatistas dentro y fuera de México.

En sus principios elementales, en el hecho de poner en relación sus palabras con sus hechos, en el restablecimiento de ciertos componentes relegados del antiguo discurso de las revoluciones: la dignidad, la ética y el mito, los zapatistas han encontrado un lazo de unión con aspiraciones difusas por todas partes, incluso religiosas, que otrora eran patrimonio de las ideas socialistas de diverso tipo. Sus postulados básicos no son en realidad un programa de demandas, sino un conjunto de valores.

Otra explicación del sorprendente eco de este movimiento dentro y fuera de México habrá que buscarla en su discurso nuevo e imaginativo, puesto en directa correlación con sus actos y sus actitudes inéditas en el universo de la política y de los partidos. En un tiempo en el cual la mercantilización sin fronteras de las relaciones humanas eleva al cinismo al rango de ideología dominante, el llamado zapatista, apoyado en actos y en valores, convoca a dar un sentido a la vida en un mundo en apariencia carente de sentido. Los jóvenes se han mostrado particularmente sensibles a esta voz.

La oposición de valores contra cinismo parecería ser, en definitiva, la componente más profunda de la resonancia alcanzada por el movimiento cuando, por otro lado, se extiende un disgusto hacia la política y los partidos. Habrá que dilucidar en qué medida y cómo sería posible, si es que lo es, mantener esa oposición si el movimiento entra al juego político cotidiano de las instituciones.

El zapatismo se presenta, en todo caso, como un revelador de que, contra lo que nos dicen las apariencias mercantiles y económicas dominantes, aquellas aspiraciones continúan vivas y latentes en el espíritu de los seres humanos, pero se niegan a ser expropiadas y cristalizadas por las diversas formas en que la dominación y las relaciones de poder se manifiestan.

Sería posible, además, establecer una afinidad entre el pensamiento de la parte no indígena del grupo dirigente del EZLN y las ideas de Ernesto Che Guevara, manifestadas por éste tanto en sus escritos como en su actividad práctica.

Habrá que buscar también aquí otras de las razones de la sorprendente repercusión internacional del neozapatismo, de sus símbolos, de su retórica y en especial del personaje creado por este movimiento, el subcomandante Marcos, esa especie de Fantomas de Julio Cortázar.

Pues tal vez, si en el universo de la literatura latinoamericana de esta segunda mitad del siglo una afinidad se pudiera buscar para el discurso irreverente y burlón del subcomandante Marcos, sería la que existe con el Cortázar de Montparnasse o con el Monsiváis de la Portales.

San Andrés Totoltepec,

Septiembre 1, 1995.