Los libros, vehículos de nuestra memoria capaces de transformar el futuro, no surgieron de una inspiración repentina, fueron un invento deseado y buscado. Muchas mentes de siglos distintos trabajaron para mejorarlo, explorando ingeniosas posibilidades. El ansiado soporte para la escritura debía ser a la vez pequeño, ligero, flexible, fácil de transportar y —en los mejores sueños— también perdurable. Un artilugio que permitiese la lectura con las manos, que pudiese guardarse en las alforjas, que diese facilidades para viajar y su quieto opuesto: almacenar. Un artefacto robusto, capaz de soportar el desgaste del tiempo y de resistir las trituradoras manos de los niños.
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