Dejo que pase la tarde frente a una taza de café. A mi alrededor, un constante murmullo de voces y de niños que corren por entre las mesas como moscas heridas por la luz. Sin embargo, me siento aislada. Es un alto en mi día. Un regalo del tiempo. Para mí sola. Para recordar la vida. Señalar mis ciclos. El camino andado. Mis años de soledad, sintiéndome un hongo extraño y diferente a cuanta mujer conocía. Ajena por completo a la realidad doméstica de mis excompañeras de escuela, a las ansias matrimoniales y maternales de mis compañeras de trabajo, a las vidas mediocres de mis vecinas. Yo, la rara. La desadaptada en silencio. La que nunca entendió por qué no era como las demás. Qué lejos esa mañana de octubre de 1977 en que oí hablar a las feministas por primera vez y me dije —atontada por la sopresa—, “¡Pero si yo soy feminista, y no lo sabía!”.
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