En prácticamente cualquier lugar, la gente tiene preocupaciones diarias más comunes que los asuntos relevantes para sus círculos rojos: políticos, intelectuales o incluso mediáticos. Es lo normal. Sabemos que cuando hay que pensar en necesidades económicas o en la protección de las familias queda poco tiempo para discutir sobre valores democráticos, pero sin éstos, la seguridad de las personas y sus futuros pueden ser más complicados. Aquellas preocupaciones coinciden cuando unas afectan a las otras y aumentan conforme las sociedades adquieren la conciencia política que amplía los objetos de interés de los individuos. También es normal. La relación entre ambos intereses necesita equilibrio para no divorciarse y encontrar cierta salud política. Dicha condición se logra cuando las estructuras de cada país cuentan con la suficiente solidez para hacerse discretas; es decir: cuando la política se vuelve aburrida. Contrario a lo que más de uno puede pensar.
En todos lados existen interpretaciones diferentes de lo que sucede y en este país ocurren muchas cosas. Versiones dependiendo de afiliaciones o simpatías políticas tienen un dejo de subjetividad natural a su concepción y supervivencia. Sin embargo, deberían coincidir en uno que otro punto de la realidad. México coquetea cada vez más con la idea de una nación que quiere ser irreconciliable.
La política funcional y la democracia son espacios de grises, construidos idealmente con el menor daño posible para, con el tiempo, permitir su habitabilidad. Aquí eso no lo hemos entendido. Nuestra entrada a la democracia apostó por reciclar la mitología viciada de los espíritus revolucionarios sin detenerse a pensar en sus costos. Les dimos a estos espíritus acepciones únicamente virtuosas, olvidando las muchas vocaciones destructoras que se ampararon a su nombre y distanciaron del ejercicio político que exige revisión, prudencia y, sobre todo, valorar qué está dispuesto y qué puede pagar un país como saldos de lo revolucionario. Cada uno de ellos, por definición, detractores de los grises.
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