En su historia de la Ciudad de México (FCE, 2004), Serge Gruzinski resulta especialmente deslumbrado por la movida bohemia e intelectual posrevolucionaria. Entre los años 1920 y 1950, Diego Rivera y Frida Kahlo tenían las llaves de la Ciudad de México y le abrieron la puerta a un interminable desfile de luminarias internacionales. Es la ciudad que en 1932 pintó Emily Edwards en un mapa para las compañías de luz y tranvías. En toda su comprehensiva cobertura temporal de la historia de la capital no encuentro otro momento donde se le lea a Gruzinski tal entusiasmo y, sobre todo, con ese ánimo compensatorio con el que la mirada eurocéntrica local y foránea busca reivindicar el salvaje e inestable mundo: una Ciudad de México que no le pide nada a los grandes epicentros de la ensoñación urbana. El “resplandor”, la “efervescencia creativa”, dice Gruzinski; la vanguardia, la modernidad, el cosmopolitismo. Pero el éxito de la Ciudad de México no estuvo sólo en su capacidad de imitar las artes noratlánticas de su tiempo, sino de colocar en ellas un anhelado y aplaudido discurso de lo mexicano.
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