Un jeroglífico

Por fin me he atrevido a mirar los pasaportes y las entradas aduanales de mi papá. Me los entregó mi hermano Carlos para que yo los guardara junto con un documento de la Secretaría de Relaciones Exteriores en el que se hace constar que nunca renunció a la nacionalidad italiana. Son para mí como un tesoro sin asideros. De antes no hay nada. No tenemos ni un acta de nacimiento ni una partida de bautismo ni un registro en el colegio.

La primera vez que él salió de México, rumbo a Italia, era diciembre de 1929. Tenía 17 años, los ojos casi negros, la expresión de alguien mayor y un pasaporte que lo identificaba como italiano, aunque había nacido en Puebla, hijo, sí, de un italiano y de una mujer mexicana que rezaba con devoción, casi siempre pidiendo lo imposible.

Su papá lo acompañó al barco en Veracruz. Y supongo, eso sí lo supongo, que su barco llegó a Génova después de pasar por algún puerto en Estados Unidos. De ahí fue a Milán y luego a Pavía, en donde estudió para ser ingeniero industrial, hasta 1934. Sus parientes Mastretta vivían en el Piamonte y sus parientes Magnani en Milán. Los Magnani, hermanos de su mamá, son un enigma dentro de mi enigma. Hace unos años supe sólo que vivían en un edificio cerca del Duomo y eran vecinos de una mujer que entonces tenía los diez años de una niña. Los Manstretta tenían una casa en un pueblo pequeño, a la orilla del Po, en donde se sembraban uvas para hacer un vino más parecido al asti que al prosecco. Mi abuelo paterno había estudiado ingeniería y cuenta la leyenda familiar que él fue quien construyó el reloj de la torre que aún está en el centro de la plaza de Stradella. Luego, por ahí de 1900, vino a México, contratado por los ferrocarriles para hacer puentes y terraplenes de piedra que suplieran a los de madera, ya envejecidos por el tiempo.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

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Publicado en: 2023 Mayo, Puerto libre