El viejo rumbo de Manzanares y la casa más vieja

Se nos llena la boca con la palabra “palimpsesto”. Es seductora por precisa y por pretenciosa. Es disruptiva: cuando se dice de algo —sobre todo de elementos urbanos— que son palimpsestos, solemos pensar primero más sobre la palabra misma y su definición que sobre la metáfora para la que se quería crismar. La segunda parte tras su enunciación y reflexión es un enamoramiento con ella: una vez que ha sido invocada, la realidad es la que debe ajustarse a su imagen, queremos que todo sí sea un palimpsesto, ¿cómo no? Ya se volvió un lugar común de intelectuales.

En el caso de la ciudad, yo diría que es una metáfora inútil, obvia y hasta un poco tonta. Si nuestro paso cotidiano va remodelando a fuerza de erosión el sentido, el uso y hasta la forma de las cosas que están allá afuera, entonces sí, todo y a cualquier escala es un palimpsesto. Sobre Tenochtitlán, la Ciudad de México. Sobre el calmecac, un Museo de la Caricatura. Sobre un convento concepcionista, unos murales socialistas y nacionalistas de Rivera. Sobre los pedregales del sur, una colonia arribista y otras de emergencia. Sobre el lago, un aeropuerto. Sobre un viejo barrio rico, uno abandonado, uno empobrecido, uno recuperado, uno hípster, uno rico otra vez. Sobre una taquería, un Starbucks. Sobre la tlapalería, unas hamburguesas de autor. Tantas veces se pueden leer los dos, los tres, los cuatro y hasta más documentos, y otras tantas necesitan de alguien que cuente la historia. El palimpsesto no es, ni debería ser jamás, una metáfora de conclusión tras la exploración de lo urbano, sino que tendría que ser más bien el punto de partida, un presupuesto, una curiosidad requerida sobre el largo relato de las transformaciones del objeto localizado en el espacio. Con suerte y así encontramos los casos donde la metáfora se logra poner en crisis y entonces, ahora sí, tal vez podamos sacar conclusiones más informativas que el enamoramiento con una palabra engreída.

Para estos efectos a mí me gusta detenerme en un caso bien curioso que me encontré en la Merced, por el rumbo de Manzanares. Hasta hace no muchos años te decían que no te metieras por ahí. Sobre todo si eres güerito y no sabías bien a lo que ibas. Si sí le sabes, bueno, pues allá tú. Que ahí estaban los chineros y las pasarelas. Que el ambulantaje amafiado lo tenía todo tomado. Que estaba bien feo. Que eso es lo que luego sale en las películas como de Liam Neeson donde nos ponen como el epítome del caótico tercer mundo. Lo de menos era salir robado después de haber sido asfixiado por una llave china. En fin, esos relatos de terror y exotismo, construidos a partir de una muy buena dosis de verdad, sufridos por las clases medias y bajas y tan diseminados por esas clases altas que se llaman a sí mismas medias porque todavía tienen que tratar con la ciudad sin tanto intermediario como las altas altísimas. En ese rumbo tan cargado, después de pasar por tiendas que ponen uñas y extensiones de pelo o planchan cejas o venden cremas “tipo Nivea” al mayoreo en grandes toneles, por ahí anda la capillita del Señor de la Humildad. Pocos espacios más chulos que ése.

Ilustración: Ricardo Figueroa

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Publicado en: 2023 Mayo, Ensayo