En noviembre de 2022, mientras Cave escribía sobre su tinnitus, la empresa californiana OpenAI dio a conocer un chat bot —o robot conversacional— llamado ChatGPT: un programa de software entrenado para producir textos coherentes en respuesta a las preguntas e instrucciones de usuarios humanos. Cualquier persona que tenga acceso a un correo electrónico puede abrir una cuenta y pedirle al robot que escriba algo. Las posibilidades son tan infinitas como la creatividad del usuario, y aquella de quien programó a la máquina. En los últimos meses le he pedido, entre otros cientos de textos, un poema sobre el momento en que Moctezuma conoció a Hernán Cortés, la receta de un pay de manzana, una carta formal dirigida a empresas interesadas en exportar a México, un resumen de Las batallas en el desierto y el borrador de un discurso que daría si alguna vez me encuentro en la difícil posición de liderar una colonia marciana.
Durante el mismo periodo, he intentado leer (y escuchar, porque a los techies les encantan los podcasts) lo más posible de lo que programadores y entusiastas tienen que decir sobre la IA. He descubierto que ese mundo, como todo campo de especialidad, tiene su propio vocabulario. Palabras y términos como “entrenar”, “aprender”, “neuronas” y “alucinar”, que le imprimen cualidades humanas a los robots y complican la forma en la que hablamos sobre ellos. Me pregunto, por ejemplo, si es justo separar la programación del software de su “entrenamiento”. Uno puede entrenar a un perro o a un niño, ¿pero puede entrenar a una máquina? Sin duda puede programarla, pero no encuentro una relación pedagógica entre ChatGPT y sus creadores sino algo más parecido a la relación del dios griego Hefesto con Talos, el gigante de bronce que creó para proteger a la isla de Creta de piratas e invasores.
Años antes de este boom de los robots, el empresario sudafricano Elon Musk (ahora dueño de Twitter y próximamente de una fábrica de autos eléctricos en Nuevo León) dijo que la IA representa el mayor riesgo existencial para la humanidad y la comparó con “conjurar a un demonio”. Para Musk, quienes programan inteligencia artificial se parecen a los espiritistas que, sentados frente a un pentagrama y un recipiente de agua bendita, no tienen ninguna garantía de control sobre el demonio que desean invocar. Esa imagen me remite a Francisco I. Madero, quien se “comunicaba” con los espíritus de sus parientes muertos en sesiones presididas por él para la Sociedad de Estudios Psíquicos de San Pedro.
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