Mi madre no era digna de ser mi madre, jamás quiso ser madre.
—Testimonio de Sylvie
Hace tiempo, en una conversación en la que yo no participaba, me usaron de ejemplo para convencer a otra mujer —quien expresaba sus dudas sobre querer tener hijos— de que ser mamá y dedicarse primordialmente al hogar era lo que nos esperaba felizmente a todas al final de cualquier camino: “Vas a ver cómo cambias de opinión cuando tengas hijos. Ve a Gabriela”.
Me lo contaron por teléfono mientras lavaba platos y enfurecí. Quería correr a decirles que a mí no me usaran de modelo para la maternidad finalmente asumida y aceptada, que yo consideraba mi situación de mamá de tiempo completo como una catástrofe, un accidente logístico, algo que me frustraba y me avergonzaba. Y pedirles, por favor, que nunca jamás me volvieran a usar de estandarte de la maternidad como destino de toda mujer madura que sabe lo que quiere. Quería aclararles fervientemente que ésa no es mi historia.
La verdad es que, fuera de furias, no es mi historia, pero sí es mi realidad. Una realidad que compartía con millones de mujeres que como yo se habían aventado a ser madres porque sí, porque seguía, porque lo querían sus parejas, por la presión de la edad, pero sobre todo porque no habían podido imaginar una vida diferente.
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