Como lo haría un franciscano con un altruista, la plenitud rehúye la perfección. De ahí que la madurez atraiga a ciertos jóvenes que anhelan ser imperfectos; su droga está compuesta de lo que ellos mismos aún no son pero serán, cuando pasen de adictos a dílers.
Durante años me aterró la llegada de la madurez. Era enternecedor ese muchacho que, rodeado de amigos mayores, se sentía el alma de la fiesta y que, entre los de su generación, fingía ser un adulto. Tengo 43. Una edad que, con los retrasos del mundo contemporáneo, me sabe a los 20 y a los 30 que pasé de noche. Lejos quedaron las dorsalgias, el acné, las migrañas y los ataques de pánico, entre otras penitencias. Cambié mi alimentación y empecé a ejercitarme, entre otras obviedades. He recibido, incluso, alguna mirada indecorosa que agradezco sin exagerar. ¿Signos de ceguera o de candidez voluntaria? Probablemente. Pero ¿qué sucede cuando la juventud —quiero decir, su sensación— es una realidad tardía y no una terquedad? Quizá no nos llegaba porque no había quién la recibiera. O sí: un anfitrión a punto de convertirse en su mismo espectro, al que sólo restaría seguir interpretando.
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