¿Qué tanta importancia le estamos dando a pensar la complejidad de nuestra relación con el mundo? Nuestra relación hacia él. Las múltiples formas de entendimiento sobre esa relación que, en realidad, se deben conjugar en plural y significan su comprensión y el saber.
Nuestra relación con el mundo es interdisciplinaria. No estoy seguro de que en el siglo XXI estemos rescatando el entendimiento correlacionado que nos asomó provechosamente el siglo XX.
El positivismo del XIX insistía en decantarse por los hechos, como única forma de conocimiento válida, tal y como hoy es común hacerlo con los datos para asirnos a una sola vía de interpelación. Desgraciadamente, para esa lógica y sus códigos, los hechos no se interpretan por sí mismos. Requieren de una traducción forzosamente subjetiva, al depender de un emisor. Es una condición axiomática que no puede arrojar como producto un hecho, sino una forma de pensamiento.
Se habla y escribe de economía, sociedad, política, democracia, medioambiente, libertades y derechos. Lo hacemos sobre el Estado, el país, los gobiernos y sus múltiples crisis; la horizontalidad generada por nuestras interacciones tecnológicas ha facilitado la masificación y socialización de ciertas estructuras del pensamiento. En simultáneo, parecemos extraviados en entender de dónde viene el poder de las ideas que conforman las disciplinas. Del pensamiento en sí.
Para la marea de objetos del pensamiento, siempre creciente a raíz del tiempo y el desarrollo, el poder alrededor de cada uno de estos objetos se tiende a leer inherente a su capacidad inmediata sobre la vida de las personas.
La percepción sobre el poder de la economía cae en el lugar común de la dependencia que genera en individuos o en naciones. El de la democracia se llega a entender desde la autodeterminación o su impedimento entre las sociedades; el de la política vista como una generalidad, a partir de su vocación a cambiar realidades. Sólo que ninguno de dichos sujetos es una abstracción como el conocimiento de ellos. Una u otra condición de la vida pública se encontrará frecuentemente con la traducción que intente definir su poder. Nuestra época da la impresión de haber prescindido de entender el paso anterior que explique la ruta de sus consecuencias.
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