Michael Walzer regresó hace poco a sus lecturas sobre el puritanismo político. Volvió a leer los sermones de los teólogos calvinistas que cuidaban la disciplina moral de sus parroquias. Protegían las buenas costumbres haciendo de cada feligrés un policía. La salvación requería la ayuda de vigilantes y censores en la calle, en la escuela, en el trabajo. Los deberes morales eran de tal importancia que no podían dejarse al cuidado de cada individuo. Era necesario contar con una gendarmería que cuidara el compromiso espiritual de la comunidad, que encauzara el comportamiento, que custodiara las palabras y hasta el pensamiento. Para evitar la corrupción era indispensable esa resolución de cada uno de salvar al resto. No era solidaridad ni compasión. Era un eficaz sistema de escarmientos descentralizados. Por eso Rousseau veía en los chismosos la salvaguardia espiritual de una comunidad. Temiendo el comadreo, los pecadores resistían las tentaciones del demonio.
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