Hace unos días supe que la narradora de Arráncame la vida, un libro que yo inventé, sí vivió divertida y casi feliz el resto de sus noches. Ya no tengo que preocuparme por seguir con su historia. Un deber menos entre los que me aprietan el ánimo cuando acepto que estoy perdiendo el candor imprescindible en quienes inventan otros mundos. Sé que tan desatada mujer, aunque la maternidad no fue nunca lo suyo, creció bien a sus hijos y los quiso a su manera, a veces alegre y a veces melancólica, todos los días de su larga, audaz y libertaria existencia. Gran bebedora y cantante de medianoche, caminó en todas las marchas que hubo contra un gobierno y otro cuando la política en el país también era turbia y falta de piedad.
Todo esto me lo contó la otra, la viajera, la que va y regresa según le conviene.
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