Por ahí de la edad que hoy tengo, a mi valerosa madre le dio por leer un libro que se llamaba Del sufrimiento a la paz. Entonces la compadecí porque había necesitado acudir a semejante ayuda. Ahora la entiendo. En esas tardes tenía mi espalda veinticinco años menos que la suya y andaba yo buscando al mundo como un toro al torero. Todo era cosa de cansarse y descansar, de cuidar a los hijos y reírse con ellos, de querer a su papá. Cosa de escribir tanto como él tras una desvelada, de trabajar sin réplicas, montarse en las olas y sentir la desfachatez del enamoramiento como un síntoma de cordura, no como si fuera a volar en la alfombra de Aladino. No pensaba en la muerte más que cuando me topaba con ella de bruces. Como sucedió cuando murieron, casi al mismo tiempo, cinco de mis más queridas amigas. Almas de lujo que indultaron la supremacía de la supervivencia con que les dijimos adiós.
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