Cuando Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia, me sorprendieron los recortes presupuestales a la ciencia y a la cultura y el movimiento de degradación deliberado de las capacidades institucionales en educación superior e investigación. Pero luego se fueron acumulando los hechos como la fundación de cien “universidades” que no podrán nunca ser universidades; o el uso del dinero de los fideicomisos de las instituciones científicas para comprar una refinería en Houston; o los recortes al INAH; o el ataque al CIDE (a cambio de nada); o el subsidio desde el Conacyt a las Fuerzas Armadas; o la entrega de la Conabio a un militante partidista…, y me entregué a un proceso parecido al de las famosas cinco etapas del duelo: pasando de la negación, al enojo, al intento de negociar o reducir mentalmente la realidad de los hechos, a la depresión; hasta llegar, por fin, a la fase final del duelo: la aceptación. La disminución de la capacidad instalada del sistema científico mexicano ha sido la marca de la casa de este gobierno.
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