Tenían dos ventanas. Una cada quien, en la casa de cada una. Por ahí se llamaban.
Sus dos casas eran espejos. Subiendo las escaleras, a la derecha había un vestíbulo breve, ahí dos puertas y una ventana. La puerta del lado izquierdo daba al baño, la vidriera del lado derecho, en la casa de la hermana mayor, daba al aire desde el cual se veía la ventana izquierda de su hermana Alicia, quien para responder a sus llamados tenía que meterse a la tina. Una abría su hoja de cristal para llamar a la otra y ellas podían saludarse antes de que todo empezara. Digo todo porque sus vidas, de apariencia calma, estaban llenas de trajín. Para vencer la tarde, antes de que la tina de Alicia tuviera que albergar a sus hijos, pasaban a decirse un adiós que siempre tenía como propósito compartir algo. Así, con una en la ventana de su derecha y la otra en la ventana de su izquierda llegaron a compartir no sólo la paz de poder llamarse en cualquier momento, sino hasta la dificultad que era resolver todo en busca de las suaves y pertinentes dichas de la vida cotidiana. Entre ellas habrá habido máximo cinco metros. Por ese aire cruzaron sus palabras y la primera infancia de sus hijos.
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