El Teseo, que tiene que llevarme a Creta, todavía no ha atascado en el puerto del Pireo y nadie sabe decirme cuándo llegará. Los vulgares horarios no tienen vigencia en la patria de los mitos, la región donde los relojes marcan milenios. La única solución es armarse de una paciencia campesina o emprender un periplo por las tabernas del puerto.
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