El cuerpo fue su primer maestro. Un profesor cruel le torcía los huesos a Antonio Gramsci para aleccionarlo. No habrá tenido recuerdos de una vida sin sufrimiento. A los 18 meses le detectaron una pequeña bola en la espalda. Los doctores del pueblo, sin saber bien a bien qué mal lo aquejaba, fueron ensayando torturas para enderezarle la columna. Experimentaban con inyecciones y frotes. Lo colgaban del techo durante horas. No servía de mucho. El cuerpo del niño se iba enroscando cada vez más y los suplicios se volvían insoportables. A los 4 años se desmayó por los dolores que sentía. Imaginando el desenlace, la madre de Antonio pidió al carpintero que le fueran preparando una pequeña caja blanca. El ataúd permanecería en una esquina de la casa de los Gramsci durante años.
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