Oponerse a la desmedida edición de libros a través de todos los medios posibles no me parece del todo cuerdo. Y, sin embargo, son en verdad demasiados libros si comparamos el número con el de sus lectores. Si se intenta poner atención a una considerable y, digamos, necesaria porción de las publicaciones electrónicas o impresas, uno no tiene más que aceptar el rotundo fracaso de la empresa. La escasez o casi extinción de una crítica literaria que trate de ser canónica vía su erudición, conocimiento y capacidad especulativa permite y solapa la abundancia confusa y ampulosa de panfletos literarios, diarios melcochosos, novelas remendadas en un taller entusiasta e iletrado. Estoy cada vez más convencido de que, siendo escritor, quisiera que mis libros fueran los únicos publicados sobre la faz de la tierra; es un sentimiento legítimo, como el de alguien que repentinamente queda atrapado dentro de una multitud y sólo busca escapar, correr, aunque sea por una llanura imaginaria.
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