En los últimos meses, evidentemente aún inmersos en los efectos económicos de la pandemia, editoriales en casi todo el mundo han pasado por un instante de preocupación similar. Libros, revistas, periódicos. Menos difundida que otras crisis de insumos con mayor impacto noticioso, bastan un par de llamadas para confirmar que buena parte de la industria de lo publicado adecuó recientemente sus planes editoriales, redujo tirajes, absorbió costos fuera de presupuestos y eliminó o retrasó publicaciones por la falta de papel, o bien gracias a su aumento de precio.
Entre los fenómenos más arrogantes de nuestra comodidad se encuentra la dificultad de imaginar ciertas precariedades. A lo largo de dos años abundó la información acerca de la escasez de materias primas o productos, ya sean agrícolas, componentes electrónicos u otros. En este lapso, y a razón de temporalidades como de latitudes, se han añadido o restado carencias. La lista puede ser más larga de lo que asumimos a primeras. Incluso con la consciencia de dicha escasez, se mantiene la idea de que ciertos elementos no se incluirán en los pronósticos de insuficiencia anteriores al covid. A dichos pronósticos —en gran medida relacionados con la sobre explotación de recursos, cambio climático o transformación de procesos de manufactura y consumo— se le sumaron algunos derivados de la enfermedad.
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