Sobre ciencia, en teoría

En 1891 la Real Sociedad de Horticultura del Reino Unido advertía a los londinenses, con algo de frustración y no poca indignación, sobre la rapidez y aceptación con que se habían propagado ciertos rumores, algo exagerados, sobre los hábitos alimenticios de las plantas carnívoras, de los géneros Droseras y Dionaeas, exhibidas en los Jardines de Kew. Para poner distancia con los curiosos y crédulos visitantes y proteger a las plantas de sus intentos por alimentarlas —no con moscas y otros insectos, sino con pedazos de res y de cordero—, los cuidadores instalaron un barandal. El público agradeció esta medida de seguridad, menos por un genuino interés en las atrapamoscas y más por su creencia en que la barandilla impediría que alguna extremidad de un desprevenido infante abonara a la dieta de tan peligrosas plantas.

Los temores de una parte de la sociedad victoriana no eran del todo infundados de asumir, como así ocurría, que en alguna parte del mundo florecían plantas con preferencias antropofágicas, como el yaveteo, el duñak, el jujuy y el Umdhlebi antaris. A la sombra de estos árboles caníbales tendría que ser tan urgente como vital remediar nuestra hoy muy común ceguera vegetal: esa incompetencia para apreciar las características e importancia de un reino entero del árbol de la vida (poderosa y aún vigente metáfora vegetal), esa inhabilidad para percibir que las plantas son poseedoras de sentidos altamente desarrollados, gracias a los cuales responden activamente a los estímulos del medio en que habitan, como acertadamente reconocieron Erasmus y Charles, los naturalistas más destacados del árbol genealógico (¡gracias de nuevo, plantas, por la metáfora!) de los Darwin.

Ilustración: Oldemar González

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