Escalera

Este cuento pertenece a Los niños volvieron de noche (Nitro Press/UANL, 2021) en el que el joven escritor mexicano se bucea en los oscuros fondos que tanto asombraron a Freud. Lo no dicho convive así con lo cotidiano, en una prosa directa y concentrada. “Quien lea este libro estará más cerca de la tradición del cuento cruel de Villiers de L’Isle-Adam, Francisco Tario o Patricia Highsmith que de la experiencia edificante que es o puede ser todo menos verdadera literatura”, apunta Rosa Beltrán al respecto.


Escalera

Alguien cursi diría que en esta escena se concentra la esencia de la vida. Tiene lugar en la azotea de una casa abandonada, así que el contraste entre el escenario y el hecho atizaría el sentimentalismo. Madre ejemplar, una gata en los huesos yace de lado, con sus dos crías mamando de ella, mientras enfrente, también desde una azotea, una niña de nueve años la mira con pasmo.

Eli se fija en el gesto cansado de la madre, en el pelo costroso y las costillas marcadas. Ha de ser agresiva y por eso nadie la alimenta, piensa la niña, o a lo mejor es muy tonta para buscar comida y… No: ¿qué tal que esté medio ciega? Así se intenta explicar la facha hambrienta de la gata, que además no se ve precisamente joven. Eli nota que con los ojos cerrados, torpe y lenta, la cría más pequeña, cubierta por pelo fino y gris, va de una teta a otra, pero parece que su hermano, el blanco, ya drenó toda la leche.

La niña no pierde ni un detalle de lo que pasa en esta privada. Para paliar el aburrimiento de su encierro por tener un cuadro leve de paperas, hastiada ya de la televisión, desde hace tres días se sienta por las mañanas en la silla metálica que su padre le trajo a la azotea y se dedica a registrar nimiedades: el tiempo que tarda en evaporarse el charco de orín que deja el perro de la casa 14, por ejemplo. El encuentro de hoy con los gatos resulta, pues, casi un milagro.

Podría aventarles comida desde acá, piensa Eli, y no sería difícil atinar porque la privada es tan estrecha que con trabajos cabe el coche novísimo, modelo 99, de su papá, quien se tarda “aaaños”, así dice su mamá, “aaaños” en meterlo al garage. Es más: Eli podría ir y rescatar a todos los gatos y meterlos a su casa y su mamá diría al principio que cómo se le ocurre y luego, ya encariñada, no se negaría a cuidarlos y darles de comer. ¿Cómo le haría Eli para llegar a la otra azotea? Es corto el tramo, sí, pero no para dar un salto…

La gata, que claramente no es ciega, se incorpora y sujeta con la mandíbula a su cría de pelo blanco. Le da la espalda a Eli, camina rumbo a la parte trasera de la casa abandonada y de un salto, hacia abajo, desaparece. El gatito gris, que se ha quedado solo, intenta ponerse de pie y las patas no sostienen su peso. La gata no tarda en venir por él, se dice la niña, que sigue observando, expectante. Pasan varios minutos, una hora, empieza a caer la tarde, y la gata no vuelve. Alguien cursi, a estas alturas, ya habría abandonado la escena.

Llegar a la otra azotea se vuelve una obligación. ¿Y si Eli amarra una cobija tras otra hasta hacer una cuerda larga, y la avienta y la usa como liana? No, ¿cómo se sostendría del otro lado? Eli se da la vuelta y observa su silla, la zona de lavado y, más allá, la larga escalera de metal que no se ha usado desde que pintaron su casa de verde hace unos meses, cuando su familia empezó a rentarla. ¿Y si…?

Para fines prácticos, Eli se ha vuelto una súper heroína: la emoción le bulle en el estómago y la impulsa a sacar la fuerza con la que no sabía que contaba. Arrastra la escalera hasta el filo del alero y una vez aquí la alza con muchos esfuerzos. Así, sostenida de manera vertical, ya puede dejarla caer hacia adelante, hacia la casa de enfrente, y sólo le quedará desear que el gatito no quede estrellado bajo el peso de aquel extremo de la escalera que en estos momentos parece tocar el cielo, el sol que ya empieza a alargar las sombras.

El estruendo es mucho peor que el de las reglas que tiran los compañeros de Eli a mitad de la clase. Su mamá, histriónica, grita desde abajo: “¡¿Qué te pasóóó?!”, porque evidentemente le gusta alargar las vocales, y Eli le explica que su silla se le cayó mientras intentaba cargarla. “¡Con cuidado, hija! ¡Me espantaste!”. Su papá no se inmuta. Un vecino, la cara ensombrecida por los peldaños que cruzan la privada de techo a techo, descorre sus cortinas y al ver que no ha pasado nada vuelve, por suerte, a lo suyo. La niña respira aliviada: el gatito gris sigue ahí.

Eli no se detuvo a pensar que el paso iba a ser complicado, digno de un equilibrista, y lo descubre ahora, cuando agacha la mirada y es capaz de ver el vacío. No hay marcha atrás: sólo le resta fijar la vista, mientras cruza, en las partes metálicas de la escalera, que truena y parece que se va a quebrar. Aunque Eli se pregunta si al caer moriría enseguida, se obliga a ahuyentar estos pensamientos y avanza con sumo cuidado, lentísima, poco a poco, empecinada en alcanzar la otra azotea para salvar al pobre gatito abandonado, y no se fija en nada más que el metal, sólo el metal, sin enfocar el resto, pero ahora empieza a costarle trabajo ver cualquier cosa porque todo ya se está volviendo oscuro y frío y, aunque ella siente miedo porque en cualquier momento sus papás van a subir y le van a dar la regañiza de su vida, no ceja en esta empresa, que se complica aún más porque ahora parece que el sol sale y se oculta, sale y se oculta, sale y se oculta, y ella continúa, está llegando, ya casi…

El aire huele distinto cuando Eli, con las piernas temblando, llega por fin y da media vuelta. Lo que sigue es un montón de preguntas que se le traslapan, se le arremolinan en la mente.

¿Ya es de mañana otra vez?

¿Por qué está vacía la azotea?

¿De cuándo a acá es salmón la fachada de su casa?

¿Quién pegó esa lona de se vende que aun con la escalera que estorba alcanza a verse desde aquí?

¿Cuándo…?

Un maullido interrumpe su cuestionario. Eli vuelve a girarse: una figura gris, torpe y lenta, camina hacia ella en la azotea de la casa abandonada. Es un gato muy viejo, de mirada vidriosa, y a este paso va a tardar muchísimo en alcanzar a Eli.

“Aaaños”, diría su mamá.

 

Eduardo Cerdán

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Publicado en: Literal